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Notas del archivo 'Educación (excelencia)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 4 de marzo de 2012

Eric Kandel,
premio Nobel en 2000 por sus investigaciones acerca del cerebro, habla de su amistad con John Eccles, que también fuera premio Nobel en 1960 por su trabajo en el mismo campo, y dice: «Cuando nos hicimos amigos, a fines de la década de 1960, me contó que se sentiría eternamente agradecido a [un] estado de abatimiento que le había permitido experimentar un gran cambio intelectual. El cambio se produjo en el club de la universidad [de Dunedin, Nueva Zelanda], al que iba siempre para distraerse después de la jornada de trabajo. Allí, en 1946, conoció a Karl Popper (…). En el curso de esa conversación, Eccles comentó (…) que aparentemente llevaba las de perder en una discusión [acerca de la transmisión sináptica] que venía desde hacía mucho y que para él era fundamental.

Popper quedó fascinado. Le dijo a Eccles que no había motivo para desesperarse y que, por el contrario, debía estar más que contento pues nadie negaba sus descubrimientos sino su teoría, su interpretación de los fenómenos que había encontrado. Por lo tanto, Eccles hacía ciencia de la mejor calidad: las hipótesis opuestas sólo chocan cuando los hechos quedan claros y se pueden contraponer nítidamente interpretaciones contradictorias. Según Popper, estar equivocado en cuanto a la interpretación de un fenómeno carecía de importancia. (…) Eccles describió en estos términos aquella entrevista:

“Aprendí de Popper lo que es, para mí, la esencia de la investigación científica: que hay que permitirse especular e imaginar cuando se plantean hipótesis pero que después hay que verificarlas con el mayor rigor, recurriendo a todo el conocimiento existente e ideando situaciones experimentales sumamente estrictas que las pongan a prueba. De hecho, de él aprendí incluso a alegrarme con la refutación de una hipótesis largamente acariciada porque rebatirla también es una hazaña científica y mucho es lo que se llega a conocer mediante la refutación. Mi contacto con Popper fue una liberación porque me permitió superar las rígidas convenciones en boga con respecto a la investigación científica. (…) Cuando uno se libera de esos dogmas estrechos, la investigación se transforma en una aventura apasionante que abre las puertas a nuevos horizontes”.»

Eric R. Kandel. En busca de la memoria: el nacimiento de una nueva ciencia de la mente (The emergence of a new science of mind, 2006). Buenos Aires: Katz, 2007; 568 pp.; col. Conocimiento; trad. de Elena Marengo; ISBN: 978-987-1283-40-8 (Argentina), 978-84-935432-8-0 (España).

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martes, 1 de enero de 2008

Cuando, según cuenta el primer libro de los Reyes, Dios se aparece a Salomón en sueños y le dice «pide qué quieres que te dé», la petición de Salomón se reduce a un corazón sabio y prudente, un corazón que sepa «escuchar» (1 Re 3, 9), una imagen que parece proceder del antiguo Egipto, cuyos sabios pensaban que el corazón era el órgano que servía al hombre para entender el significado y el orden del universo. «Lo que deseaba el rey, el sabio por antonomasia, no era lo que los modernos entendemos por razón, es decir, una cualidad interna, que dicta sus leyes y dispone soberanamente de las virtualidades inertes de la naturaleza, sino una razón “abierta” a la percepción de la verdad que brota del universo y llega al hombre como interpelación personal. Frente a esa realidad, la actitud de Salomón era de total apertura, de extremada receptividad. Pero eso no quiere decir, en absoluto, que se trate de una postura meramente pasiva, sino que consiste en una actividad tensa hacia la respuesta adecuada y hacia una articulación coherente de los materiales recabados.

Por el contrario, la búsqueda de la verdad, basada en el concepto moderno de razón, produce una sensación de dominio, capacita para disponer de la realidad y no es privilegio de individuos particulares. Nuestra razón está condicionada por el utilitarismo. Se reduce al conocimiento de las posibilidades humanas y, consiguientemente, no sólo se opone a la actitud receptiva propia de la sabiduría, sino que incluso llega a atacar directamente a cualquier clase de predisposición basada en la confianza. A pesar de todo, aún se conserva en nuestro lenguaje actual —por ejemplo, cuando hablamos de un “sabio”— una cierta huella de la concepción que tenían los antiguos sobre este fenómeno de la razón. Llamamos “sabio” al que es capaz de aportar algo más que una suma de conocimientos puramente utilitarios y aplicables al mundo de la técnica».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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sábado, 27 de enero de 2007

Wayne Booth: «Algunas de las mejores investigaciones prueban que una noción que durante mucho tiempo se consideró “actualizada y autorizada” en realidad no es verdadera. Durante décadas, personas de muy diversas áreas citaron el “hecho” de que los Inuit del Ártico tenían docenas de términos para diferentes clases de nieve. Cuando una investigadora intentó confirmarlo, encontró que en realidad sólo tenían tres (o al menos eso es lo que ella afirma)».

Wayne C. Booth, Gregory G. Colomb, Joseph M. Williams. Cómo convertirse en un hábil investigador (The Craft of Research, 1995). Barcelona: Gedisa, 2001; 318 pp.; col. Biblioteca de Educación – Herramientas universitarias; trad. de José A. Álvarez; ISBN: 84-7432-817-9.

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sábado, 25 de noviembre de 2006

Allan Bloom: «La Universidad no necesita preocuparse de suministrar a sus estudiantes experiencias que pueden obtenerse en la sociedad democrática, ya las tendrán en cualquier caso. Antes bien, deben proporcionarles experiencias que no puedan tener en ella. Tocqueville no creía que los escritores antiguos fuesen perfectos, pero creía que podían hacernos conscientes de nuestras imperfecciones, que es lo que realmente nos importa. Las Universidades nunca cumplieron muy bien esta función. Ahora han dejado prácticamente de intentarlo».

Y, en otro momento, el mismo autor afirma: «En los estudiantes selectos de hoy ha descendido tanto el nivel de conocimientos, ha aumentado de tal manera su alejamiento de la tradición y se ha intensificado hasta tal punto su debilidad intelectual que, junto a ellos, sus predecesores parecen prodigios de cultura. El suelo es más delgado, y dudo que ahora pueda sostener las vegetaciones más altas».

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna.

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jueves, 14 de septiembre de 2006

«A mi modo de ver, la educación debería ser democrática en un sentido, y no debería serlo en otro. Debería ser democrática en su accesibilidad —sin distinción alguna de sexo, color, raza o religión—, para todos los que puedan —y quieran— aceptarla diligentemente. Pero una vez que los jóvenes están dentro de la escuela no se debe hacer ningún intento para establecer un igualitarismo fáctico entre los holgazanes y torpes de un lado, y los inteligentes e industriosos del otro. Una nación moderna necesita una clase muy numerosa de gente genuinamente educada, y formarla es la función básica de escuelas y universidades. Bajar el nivel o enmascarar las desigualdades es fatal».

C. S. Lewis. En el Prefacio a El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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domingo, 24 de julio de 2005

Explica George Steiner en Errata la importancia de conducir a los jóvenes al estudio de «aquello que, en un principio, sobrepasa su entendimiento, pero cuya estatura y fascinación les obligan a persistir en el intento. La simplificación, la búsqueda del equilibrio, la moderación hoy predominantes en casi toda la educación privilegiada son mortales. Menoscaban de un modo fatal las capacidades desconocidas en nosotros mismos. Los ataques al así llamado "elitismo" enmascaran una vulgar condescendencia: hacia todos aquellos a priori juzgados incapaces de cosas mejores». Aunque algunos piensen que se trata de una bajada de nivel intolerable creo que de lo mismo trata también esa magnífica película titulada Los increíbles.

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jueves, 14 de abril de 2005

Cuenta Ernst Gombrich: «Hay personas que siempre están en contra de aprender fechas, pero las fechas son los postes más importantes de los que colgar el conocimiento de la historia. Naturalmente, mi padre solía llevarnos a los niños al Museo de Arte Histórico, que estaba muy cerca de donde vivíamos. Los domingos lluviosos solíamos ir allí, aunque cuando yo era muy pequeño hubiera preferido que nos llevase al Museo de Historia Natural, con sus animales disecados. Pero más tarde a mí también me gustaron los cuadros del Museo de Arte Histórico, siendo a la vez que la biblioteca de mis padres, sin duda, una de las mayores influencias de mi vida. No es que contaran con una biblioteca especialmente grande, pero tenían volúmenes de los Klassiker der Kunst. Y las colecciones editadas por Knackfuss —monografías de los principales maestros del Renacimiento italiano y del siglo XVII en Holanda— eran lectura obligada en casa. Mirábamos y comentábamos unos y otras. Así que mientras iba al colegio en el Gymnasium, adquirí un interés creciente, primero en la prehistoria —hachas de piedra y cosas que les interesan a los niños— y más tarde también en el antiguo Egipto y el arte clásico».

Gombrich esencial - Textos escogidos sobre arte y cultura (The Essential Gombrich, 1996). Edición de Richard Woodfield. Madrid: Debate, 1997; 624 pp.; ISBN: 84-8306-066-3.

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miércoles, 9 de febrero de 2005

Cuenta George Steiner que cuando era niño «no quedó un solo museo de París y, más tarde, de Nueva York al que mi padre no me llevara un sábado». Y luego continúa: «Más tarde llegué a comprender la enorme inversión de esperanza contra esperanza, de atenta inventiva, que mi padre realizó en mi educación Y ello durante años de tormento público y privado, cuando la amarga necesidad de construir un futuro para nosotros a medida que el nazismo se aproximaba lo destruyó emocional y físicamente. Todavía me asombra la cariñosa astucia de sus mecanismos. Nunca se me permitía leer un nuevo libro hasta que no hubiese escrito y sometido a la valoración de mi padre un informe detallado del libro de acababa de leer. Si no había comprendido determinado pasaje —después de que mi padre hiciese su propia interpretación y aportase sus sugerencias—, tenía que leérselo en voz alta. En ocasiones, la voz puede aclarar un texto. Si seguía sin entenderlo, me obligaba a copiar el pasaje en cuestión. Y, con ello, aquel filón acababa normalmente por entregarse».

George Steiner. Errata – El examen de una vida (Errata: An Examined Life, 1997). Madrid: Siruela, 2001, 4ª ed.; 218 pp.; col. Libros del tiempo; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 84-7844-411-4.

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viernes, 4 de febrero de 2005

Don Quijote: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo XVIII, 1ª parte.

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