Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas del archivo 'Crítica literaria' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
LeysIdeasA.jpg
viernes, 3 de noviembre de 2017

Ideas Ajenas es una recopilación de citas de distintos autores y organizadas por temas que, se dice ya en la portada, están recopiladas idiosincráticamente por Simon Leys.

Tiene, a modo de prólogo, una interesante conferencia del autor, titulada «Sobre la crítica literaria: por qué y cómo», cuyo contenido se apoya en citas contenidas en el interior. Por ejemplo, esta de Rilke: «para acercarse a las obras de arte, no hay nada peor que la crítica. Sólo el amor puede aprehenderlas, hacerlas suyas, ser justo con ellas». O esta otra de Chéjov: «Cuando me dicen lo que es artístico y lo que no es artístico, o realismo, o compromiso, o cualquiera de esas cosas me siendo confundido, divido todas las obras en dos grupos: estas me gustan y estas no me gustan. No tengo otra vara de medir». Habla de dos formas de lectura que le gustan: la de los niños que leen sin ningún ánimo crítico y la de quienes saben leer trascendiendo todas las trampas de la crítica. Habla de que las funciones de una verdadera crítica interpretativa pueden ser la que defendía Chesterton —que la crítica no existe para decir de los autores las cosas que los autores ya saben sino para decir cosas que al mismo autor le sorprenderían— y la que D. H. Lawrence describía diciendo que «la adecuada función de una crítica es salvar a la historia del artista que la creó» —y pone conocidos ejemplos de grandes autores que no sabían bien lo que estaban haciendo o que se engañaron sobre sus verdaderos logros—.

Simon Leys. Ideas Ajenas (Les idées des autres, 2005). Salamanca: Editorial Confluencias, 2015; 141 pp.; trad. de José Miguel Parra y de Teresa Lanero; ISBN: 978-84-943830-5-2. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
sábado, 29 de octubre de 2016

Después de las contenidas en Maneras de leer y en Fundamentalmente frivolidad, una cita más de W. H. Auden acerca de la crítica literaria:

«¿Cuál es la función de un crítico? En lo que a mí respecta, puede prestarme uno o más de los siguientes servicios:

1. Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.

2. Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado.

3. Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y nunca lo sabré.

4. Ofrecerme una “lectura” de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.

5. Arrojar luz sobre el proceso del “hacer” artístico.

6. Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etc.

De estos seis servicios, los tres primeros requieren erudición. Un erudito no es solamente aquel que posee un enorme caudal de conocimientos; ese conocimiento ha de ser valioso para los demás. No se puede llamar erudito a alguien que conoce de memoria la guía telefónica de Manhattan (…). Puesto que la erudición implica una relación entre uno que sabe más y otro que sabe menos, se trata por fuerza de una condición temporal: con respecto del público, cualquier reseñista es temporalmente un erudito, puesto que ha leído el libro que quiere reseñar, y el público no. (…)

En cuanto a los tres últimos servicios, no requieren un conocimiento superior, sino una mayor lucidez. La lucidez de un crítico puede medirse por la novedad e importancia de sus preguntas, más allá de que uno pueda estar en desacuerdo con sus respuestas».

W. H. Auden. «Leer» (en The Dyer’s Hand, 1962), El arte de leer (2013). Barcelona: Lumen, 2013; 463 pp.; trad. de Juan Antonio Montiel; edición de Andreu Jaume; ISBN: 978-84-264-2164-7. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 24 de julio de 2016

Cuando vi el título La conquista de la ironía pensé en Mimesis conflictiva: Ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón, un libro de 1974 de Cesáreo Bandera. En él se comenta cómo Cervantes, al ir escribiendo el Quijote, parece ir dándose cada vez más cuenta de lo que estaba haciendo y de a dónde le llevaban sus descubrimientos, literarios y vitales. Al escribir la primera parte del Quijote Cervantes rompe los moldes literarios pero sigue siendo su prisionero. «Consigue descubrir la ficción de sus personajes pero no la suya propia. El momento de la gran ironía no había llegado aún. Cuando llegue, Cervantes habrá creado su gran obra: la más monumental desmitificación de lo literario, del objeto de la curiosidad, que haya producido la narrativa de Occidente».

Por un lado, es como si Cervantes descubriera «que combatir la ficción es “dar coces contra el aguijón”, como dirá ese castellano desconocido que aparece en las calles de Barcelona y en quien podemos ver un autorretrato cervantino». De modo que, al burlarse de la ficción trasladándola a la realidad, Cervantes parece comprender «que a través de esa burla es la realidad misma la que se ficcionaliza», que su propia novela le está tendiendo una trampa, pues ella misma «perpetúa y esparce la ficción que él pretendía destruir». Por otro, «Cervantes descubre la realidad a través del proceso que la ficcionaliza, que la desvirtúa o desfigura», pues descubre «la ficción de la ficción», es decir, «el modo insidioso e insospechado en que la ficción puede convertirse en realidad, o, lo que es lo mismo, la realidad en ficción».

En la primera parte del Quijote vemos cómo, al introducir la ficción en la realidad, se contamina la realidad y se introduce en ella la discordia. «En el fondo, siempre se trata de lo mismo, de una fascinación que “desrealiza” [hace menos real] la realidad, de una especie de magia diabólica creadora de fantasmas imposibles, de un deseo que necesita convertir la vida en literatura y que inevitablemente destruye su propio objeto». Esa fascinación es el deseo mimético que «puede convertir a cualquiera en un maravilloso Amadís, que a partir de ese momento se convertirá en el árbitro absoluto de lo que es y de lo que no es, de lo que tiene sustancia y de lo que carece de ella».

En la segunda, al introducir la realidad en la ficción, se contamina más la ficción pues en todos los momentos en los que se interrumpe la narración, y se introduce otra perspectiva distinta a la del narrador, se disuelve la objetividad de lo narrado. Tal como se apunta en la biografía de Canavaggio, en esa segunda parte, al reivindicar al «verdadero» don Quijote frente a quienes han usurpado su identidad, o al intentar darle a la verdad la revancha sobre la mentira, se produce una situación de vértigo «que nos hace preguntarnos, como ha observado Borges, si no somos nosotros también seres de ficción».

Por tanto, si en la primera parte veíamos que hay un tipo de literatura que puede facilitar y desarrollar un enfermizo deseo mimético, en la segunda vemos que el origen de tal enfermedad es más profundo: no es la literatura la que crea ese deseo sino que es ese deseo el que crea la literatura. El mundo de la mediación es el de la fascinación, pero no sólo en el sentido de que don Quijote acabe fascinado por los deseos que le inculcan sus lecturas, sino en el de que cuanto más dentro de la ficción estamos —no como don Quijote ya, sino como autores o lectores que participan del juego literario que se propone— más dentro de la mediación nos encontramos, y «la mediación no solo amortigua la fuerza del deseo, sino que, por el contrario, la espolea, la inflama al cubrir el objeto deseado con el aura de la divinidad».

Es decir, Cervantes nos acaba haciendo notar que la tragedia está no solo en una ficcionalización de la realidad como la que sufre don Quijote, sino también en una literaturización de la vida que provoca una trascendencia desviada pues hace inmanente lo trascendente. Ahora bien, «la novela no imita nada que no sea parte de ella misma. El mundo que imita la novela es el mundo que la misma novela crea. Como muy bien sabía Cervantes, el objeto del arte no es la representación del mundo externo (simple representación del mundo como exterioridad, como superficie), sino la verdad. La novela es veraz, artística y éticamente veraz, en la medida en que permanece fiel a sí misma». Por eso se puede decir que «cuando muere don Quijote no es sólo don Quijote quien muere, muere la novela. Ese es el fin, no un fin arbitrario sino engendrado en el seno del quehacer novelístico. Un fin que hace imposible la continuación».

Con otra perspectiva de lo mismo habla, muy bien, este artículo: Quijote o Quijano, esa es la cuestión.

Cesáreo Bandera. Mimesis conflictiva: Ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón (1974). Madrid: Gredos, 1974; 262 pp.; prólogo de René Girard; ISBN: 8424906020.

Enviar Imprimir
viernes, 8 de enero de 2016

Sigo con citas de Samuel Johnson, esta vez a propósito del oficio de crítico:

—«El deber de la crítica no consiste en despreciar, ni en dignificar mediante representaciones parciales, sino en sostener la luz de la razón, donde quiera que se encuentre; y promulgar las determinaciones de la verdad, sea cual sea el tema sobre el que se aplique».

—«La crítica de la sátira puede considerarse útil cuando rectifica los errores y mejora los juicios: quien refina el gusto del lector debe considerarse un benefactor público».

—«Aquello que nos sería indiferente a todos en su estado original puede atraer nuestra atención cuando lo relacionamos con la celebridad de un nombre. Un comentarista siempre está tentado a compensar con algo de crispación la poca dignidad de su oficio, y de ampliar su poca fortuna para que resulte atractivo lo que ningún arte ni esfuerzo consigue vigorizar».

—«Creo que el lector rara vez se alegra de que se anticipen a su opinión: es natural disfrutar más de lo que hacemos o conseguimos nosotros mismos que de lo que recibimos ya hecho. El juicio, como cualquier otra facultad, se incrementa con la práctica y su progreso se ve obstaculizado por las decisiones dictatoriales, igual que la memoria crece entorpecida si se usa una agenda. Sin embargo, cualquier destreza exige una iniciación: una parte debe ser infusa con preceptos, y otra parte obtenida con el hábito; he mostrado al aspirante a lector crítico todo lo que necesita para descubrir el resto por sí mismo».

—«Para valorar correctamente las acciones de un hombre se le debe comparar con la época en la que vivió y las oportunidades de las que dispuso, y aunque para el lector un libro no será peor o mejor según las vicisitudes de quien lo escribió, así como hay siempre una comparación tácita entre las obras de los hombres y sus habilidades, la curiosidad siempre está ocupada tanto en descubrir los instrumentos y en reconocer el trabajo esmerado, como en discernir cuanto puede atribuirse a los poderes originales y cuánto a una ayuda fortuita».

—«Quienes admiran la belleza de un gran poema a veces fuerzan su propio juicio para conseguir una falsa aprobación de sus piezas más pequeñas, obligándose así a creer que las personas admirables lo son sin fisuras».

—«Unos pocos, y son muy pocos, constituyen el gusto del momento; el juicio que ya se ha pronunciado se impone sobre los que son demasiado perezosos para discutirlo y los que son demasiado timoratos para contradecirlo: sin embargo, el poder de la crítica para rebajar una obra es superior al poder de exaltarla, pues la humanidad es más crédula ante la censura que ante el elogio».

Samuel Johnson. Ensayos literarios. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015; 580 pp.; trad. de Gonzalo Torné de la Guardia, Antonio José Rodríguez Soria, Ernesto Castro Córdoba; edición y prólogo de Gonzalo Torné; ISBN: 978-84-15863-87-8. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
sábado, 4 de enero de 2014

Dos comentarios de Borges, que menciona Bioy, sobre arte y ética.

«Oímos a Marlene Dietrich. Borges: “Es música prostibularia. Qué canallesco. Habría que averiguar cuándo comienza en las artes la exaltación de lo canallesco. La picaresca no es eso. Exalta astucias miserables: un robo de morcillas. Pero lo canallesco, lo crapuloso… Bioy: “Tal vez sea una invención de ahora, tal vez esté más en cantos y música que en literatura”».

«Borges: ¿Por qué es tan lindo el poema de Manrique? (Coplas a la muerte de mi padre). No sólo por los versos: por su ética. La ética es importante en todo: también en literatura».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

Enviar Imprimir
sábado, 21 de diciembre de 2013

Dos comentarios de Borges acerca de la construcción de las novelas.

Uno, a propósito de los comienzos que resultan confusos para el lector: «sobre Guerra y paz (Borges) observa que es un error empezar una novela con una gran fiesta, con muchos personajes, que el lector deberá individualizar: “¿Por qué Tolstoi somete al lector a tanto esfuerzo, obligándolo a identificar a cada uno? ¿Por qué, si había un sistema tan admirable como el de Una vez había un hombre, se lo dejó caer?»

Otro, a propósito de una novela de Mújica Lainez, que dice: «Pone lo que se le ocurre en el momento. Después sigue un sistema, habitual en las novelas de ahora, que usó Víctor Hugo: si un personaje tiene que pasar por esta calle, se la describe, se dice alguna greguería sobre ella, y mientras tanto la novela espera».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

Enviar Imprimir
JungerIII.JPG
domingo, 6 de octubre de 2013

Dos ideas de Ernst Jünger de crítica literaria:

—«Una crítica está bien fundada si empieza por las artes del oficio. Por eso no es pedantería que haya primero una valoración del estilo, y después de la gramática. Si está desafinada una sola cuerda, se transmite necesariamente a la melodía. La sintaxis afecta a la vinculación, tanto de las palabras como de los sonidos; la infracción comporta allí una falta de lógica, aquí una falta de armonía. Eso continúa hasta en las ideas».

—«El aplauso no deja percibir la relevancia filosófica de las obras populares. Eso es aplicable tanto a Wilhelm Busch como a Kubin, también podría valer para Nestroy. Como en la pesca, se ve bailar el corcho, pero no el anzuelo que está debajo».

Ernst Jünger. 1 de julio de 1981 y 9 de diciembre de 1982, en Pasados los setenta III: radiaciones V. Diarios (1981-1985) (Siebzig Verweht III. Tagebücher VII. Strahlungen V, 1993). Barcelona: Tusquets, 2007; 521 pp.; trad. del alemán de Carmen Gauger; ISBN: 978-84-8383-004-8.

Enviar Imprimir
PearceHobbit.JPG
jueves, 24 de enero de 2013

En El viaje de Bilbo, Joseph Pearce tiene la intención de hacer una lectura cristiana de El Hobbit, algo legítimo puesto que conocemos bien la solidez de la educación y del comportamiento católicos de Tolkien, pero algo que a él tal vez no le hubiera gustado porque, según manifestó, deseaba que sus obras fueran leídas y juzgadas de acuerdo con sus méritos como novelas. Es sabido, también, que él mismo se arrepintió de haber bajado el nivel literario en El hobbit por plantearlo como un relato algo condescendiente con sus primeros oyentes y lectores, que fueron sus hijos. En esa dirección, una de las mejores cosas del libro de Pearce es, precisamente, que va señalando las diferencias de tono y de calidad en algunos momentos y personajes de El hobbit respecto a El Señor de los anillos. A mí me ha gustado e interesado el libro de Pearce, y creo que lo mismo les pasará a muchos lectores de Tolkien, pues Pearce domina el tema y es capaz de dar informaciones y hacer anotaciones jugosas. Ahora bien: es claro que por momentos va más allá de la crítica o glosa literaria y que su principal interés es subrayar cosas como, por ejemplo, que el «viaje espiritual» de Bilbo le hace madurar interiormente y «crecer lo suficiente para darse cuenta de lo pequeño que es».

Joseph Pearce. El viaje de Bilbo. Descubriendo el significado oculto en El Hobbit (Bilbo’s Journey. Discovering the Hidden Meaning of The Hobbit, 2012). Madrid: Palabra, 2012; 147 pp.; trad. de Angel García y Maite Barrera; ISBN: 978-84-9840-792-1.

Enviar Imprimir
SzymbMasLectNoOb.JPG
jueves, 8 de noviembre de 2012

De Más lecturas no obligatorias: prosas, un segundo libro con reseñas o comentarios literarios de Wisława Szymborska de finales de los años sesenta y principios de los setenta, remito a esta reseña y a estas observaciones. A mí me gustan el buen humor ácido y la libertad de criterio con que ataca la escritora muchos asuntos, aunque no sepa con frecuencia quienes son los autores y los libros de los que habla. Pero, además, contiene unas certeras observaciones, a propósito de un libro que analiza la literatura juvenil, que vale la pena recordar:

«Es más sencillo escribir el Ulises que una buena novela juvenil. En el primer caso una es dueña de su propia imaginación, mientras que en el segundo acabas presa de una urdimbre de obligaciones que van más allá de lo artístico. En esa urdimbre revolotean padres problemáticos con hijos aún más problemáticos y maestros que buscan auxilio, puedes oír el persistente quejido de los especialistas en psicología infantil, el gorjeo de los partidarios de uno u otro sistema educativo, y los estridentes vítores de los monitores de las acampadas o de cualquier colectivo bien organizado. Unos piden fantasía, otros cotidianeidad, y otros incluso personajes irreprochablemente ejemplares, pero con un trasfondo realista, o con conflictos ideológicos, pero que no desacrediten a las autoridades. No hay manera humana de satisfacer a todos al mismo tiempo. Quien pretenda escribir un libro para niños, mejor que no sepa nada de todo eso, porque ya antes de escribir la primera frase será víctima de las dudas. Además, la historia nos enseña que la supremacía de las Bellas Letras es un efecto secundario de la literatura juvenil, y no un fruto de la rutina pedagógica». En fin, dice más adelante, «estoy absolutamente convencida de que la lectura de cuentos prepara mejor a los niños para la recepción de la literatura “adulta” que todos esos relatos con alma de pequeño realismo».

Wisława Szymborska. Más lecturas no obligatorias: prosas (Lektury nadobowiązkowe. Nowe lektury nadobowiązkowe). Barcelona: Alfabia, 2012; 196 pp.; col. A; trad. de Manel Bellmunt Serrano; ISBN: 978-84-938909-9-5.

Enviar Imprimir
domingo, 25 de marzo de 2012

Algunas consideraciones de T. S. Eliot acerca de las valoraciones morales de obras literarias:

—«La “grandeza” de la literatura no puede determinarse tan sólo por criterios literarios, aunque debemos recordar que el hecho de que sea literatura sólo pueden determinarlo esos parámetros».

—«Es un lugar común decir que lo que turba a una generación será tranquilamente aceptado por la siguiente. Esta adaptabilidad al cambio de los criterios morales es en ocasiones saludado como una evidencia de la perfectibilidad humana, pero no es, en realidad, sino una evidencia de lo débilmente fundamentados que suelen estar los juicios morales de la gente». Esto también indica que muchas «valoraciones morales de las obras literarias sólo tienen en cuenta el código moral aceptado por cada generación y no si ese código se cumple o no».

—«Es asunto nuestro, como lectores de literatura, saber qué es lo que nos gusta. Es asunto nuestro, como cristianos, saber qué cosa debería gustarnos. Es asunto nuestro, como personas honestas, no asumir que cualquier cosa que nos guste es lo que debería gustarnos».

T. S. Eliot. «Religión y literatura» (contribución a Faith That Illuminates, 1935), La aventura sin fin. Barcelona: Lumen, 2011; 583 pp.; col. Palabra en el tiempo; edición de Andreu Jaume; trad. de Juan Antonio Montiel; ISBN: 978-84-264-1920-0. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 27 de noviembre de 2011

P. D. James
enumera unos cuantos consejos «algo presuntuosos», dice, para los que realizan críticas de libros, entre los cuales se incluye a sí misma, que son:

«1. Lee siempre el libro entero antes de escribir la crítica.

2. No te comprometas a criticar un libro incluido en un género que te disgusta particularmente.

3. Critica el libro que el autor ha escrito, no el que piensas que debería haber escrito.

4. Si tienes prejuicios —y cualquiera puede tenerlos— afróntalos con franqueza y, si lo crees necesario, reconócelos en la propia crítica.

5. Haz comentarios ingeniosos si debes y puedes hacerlos, pero nunca seas deliberadamente cruel salvo con esos autores que explotan la crueldad y que, en consecuencia, se arriesgan a ello.

6. Si piensas que no hay por dónde agarrar el libro y no tienes nada ni interesante ni positivo que decir, ¿por qué hacer una crítica? Todas las reseñas proporcionan al libro una publicidad que le viene muy bien y es una pena desperdiciar espacio con un libro pretencioso o deshonesto cuando podrías estar diciendo algo de valor sobre una lectura que lo merece. La excepción a esta regla serían las obras de escritores consagrados que se aguardan con expectación, cuando todo el mundo espera el veredicto de los grandes críticos.

7. Si un amigo íntimo te da un libro para que le hagas la crítica y te parece muy malo, no la hagas. A nadie le gusta herir a sus amigos y la tentación de ser benevolente es demasiado fuerte.

8. No caigas en la tentación de usar una crítica para saldar viejas cuentas pendientes o para dejar bien claro que te desagrada el sexo, la clase social, la tendencia política, la religión o el estilo de vida del autor. Intenta pensar que existe la posibilidad de que personas que desapruebas escriban un buen libro.»

P. D. James. La hora de la verdad (Un año de mi vida) (Time to be in Earnest, 1999). Barcelona: Bruguera, 2008; 347 pp.; col. Bruguera ensayo; trad. de Victoria Simó; ISBN: 978-84-02-42056-5.

Enviar Imprimir
viernes, 20 de agosto de 2010

Comentarios de Ernst Jünger sobre algunos autores y libros que, a mí al menos, me han dado pistas:

—«Maupassant es uno de los autores que aprendo a estimar cada vez más (...). Existe una clase de ligereza que encubre lo difícil y aún inimitable del trabajo, y eso hace que en un primer momento la subestimemos. Sólo el original nos proporciona una idea exacta. En la lectura he visto claramente la perfecta elegancia de una expresión tan sencilla como nous faisons –veía refulgir esa expresión en la frase como un pez que saltara bruscamente del agua. Son insuperables las pointes, las ingeniosas frases finales; arrojan un último destello que vuelve a iluminar el contenido de la narración, proporcionan, por así decirlo, su fórmula».

—Sobre Huracán en Jamaica:  lo leí «hace años con una tensión penosa, como alguien que estuviese contemplando cómo se da a unos niños navajas de afeitar para que jueguen con ellas».

—A propósito de las Memorias de Alejandro Dumas: «lo irritante de tales textos es que su autor no reacciona a las impresiones sutiles y ligeras –percibe únicamente las estridentes, que además acentúa. Uno se pasea así a través de sus libros como a través de prados donde se alzasen flores de tamaño gigantesco, pero faltasen la hierba y el musgo».

—Sobre El Gran Meaulnes: «Es una de las ramas secas con que el Romanticismo se adentra en el siglo XX. Se nota que a cada decenio que pasa resulta más difícil transportar la savia hasta lo alto de las ramas».

Ernst Jünger. Los tres primeros comentarios son de Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0. El cuarto es de Radiaciones II (Strahlungen II: Das zweite Pariser Tagebuch, Kirchhorster Blätter, Die Hütte im Weinberg -Jahre der Okkupation, 1979). Barcelona: Tusquets, 1992; 605 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-480-0.

Enviar Imprimir
domingo, 8 de febrero de 2009

Cuando un libro se presenta como una gran novedad viene bien recordar la explicación de Borges acerca de que la literatura cristaliza en figuras y formas que cualquiera puede usar y que, por tanto, «un escritor no inventa, un escritor está metido en una tradición y trabaja con lo que la tradición le da. Esa tradición puede ser la gran tradición de la literatura escandinava, digamos, o puede ser la tradición de un género menor. Lo que Borges dice es que no seamos tan contemporáneos: no nos entusiasmemos tanto con la idea de que estamos todo el tiempo produciendo cosas nuevas cuando en realidad no hacemos más que repetir».

Ricardo Piglia. Crítica y ficción (1986). Barcelona: Anagrama, 2001; 226 pp.; col. Argumentos; ISBN: 84-339-6158-6.

Enviar Imprimir
domingo, 2 de noviembre de 2008

Algunos ajustados comentarios de Samuel Johnson sobre crítica literaria:

—En una tertulia, cuando alguien indica que ninguno de los presentes tiene derecho a criticar una obra teatral puesto que ninguno sería capaz de escribir otra así de buena, Johnson replica: «En modo alguno, señor; ése no es un razonamiento justo. Bien se puede criticar una tragedia aunque no sea uno capaz de escribir otra. ¿O no se puede regañar a un carpintero que fabrica una mala mesa, aun cuando no sepa uno hacerla? El oficio de usted no consiste en fabricar mesas».

—Las fallas de un escritor de la época, decía, eran que «tiene demasiadas palabras, y las que tiene le vienen bien grandes».

—Boswell le habla de un autor que lo lleva a uno en volandas y Johnson discrepa: «No, señor. A mí no me lleva en volandas, sino que me deja atrás. Más bien me empuja hacia delante, pues me lleva a pasar varias páginas a la vez».

—A un conocido cómico lo retrata como alguien que «posee una gran amplitud de ingenio (y) nunca permite que la verdad se interponga entre él y una buena broma, llegando a ser grosero en demasía».

—Cuando, en una discusión entre varios acerca de dos poetas contemporáneos, le preguntan cuál de los dos le parece mejor, dice: «Señor mío, aún no se ha establecido el orden de prelación entre el piojo y la pulga».

—Afirma Boswell que, «cuando creía que había intención de falsedad en el relato, la expresión de Johnson era ésta: “Miente, y además sabe que miente”».

—En un comentario a una obra teatral dice: «Me siento inclinado a congratular a un escritor que, desafiando los prejuicios y la moda, ha hecho del arzobispo un hombre bueno y ha desdeñado todo aplauso insensato que un eclesiástico malvado le hubiera granjeado».

—Cuando una señora se lamenta de que Milton no hiciese buenos sonetos, Johnson le replica: «Milton, señora, era un genio capaz de tallar un coloso en una roca, pero que no sabía tallar bustos en huesos de cereza».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.

Enviar Imprimir
sábado, 21 de junio de 2008

Northrop Frye: Un crítico «debe suponer, como axioma heurístico esencial, que la obra tal como está producida constituye el registro definitivo de la intención del autor. Tocante a las muchas fallas que un crítico inexperto pueda detectar, basta con la respuesta: “pero corresponde que sea así”. Cualesquiera otras declaraciones de intención, por muy documentadas que estén, despiertan sospecha. El poeta puede cambiar de idea o de humor; puede haber intentado una cosa y hecho otra, y luego haber racionalizado lo que hizo. (Un dibujo en un New Yorker de hace algunos años aludió galanamente a este último problema: mostraba a un escultor en el acto de examinar la estatua que acababa de hacer, mientras le dice a un amigo: “Sí, la cabeza salió demasiado grande. Cuando la exponga le pondré el título de “Mujer con cabeza grande”)».

Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.

Enviar Imprimir
domingo, 18 de mayo de 2008

Erich Auerbach: 
«En la antigüedad el estilo elevado y sublime se llamaba sermo gravis o sublimis; el bajo, sermo remissus o humilis, y ambos debían permanecer estrictamente separados. Por el contrario, en el mundo cristiano ambos están fundidos ya desde un principio, particularmente en la encarnación y la pasión de Cristo, en las cuales tanto la sublimitas como la humilitas cobran inaudita realidad y se funden por completo». La crítica estética que los paganos ilustrados de los primeros siglos hacían a las narraciones evangélicas procedía del asombro que les causaba la pretensión de que un estilo tan bárbaro pudiera contener la verdad. Esa crítica tuvo dos efectos. Uno, que hubo padres de la Iglesia que buscaron mejorar su estilo. Otro, que a ellos mismos les abrió los ojos a la peculiar grandeza de la Escritura, que crea «un género radicalmente nuevo de sublimidad, que no excluye lo cotidiano y bajo, sino que lo incorpora, de suerte que tanto en su estilo como en su contenido se realiza una fusión directa de lo más bajo y de lo más alto».

Erich Auerbach. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (Mimesis: Dargestelle Wirklichkeit in der Abendländischen Literatur, 1942). México: Fondo de Cultura Económica, 1996, 6ª reimpr.; 533 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de de I. Villanueva y E. Ímaz; ISBN: 968-16-0282-X. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
sábado, 19 de abril de 2008

Northrop Frye: «La crítica (literaria), como la religión, es uno de esos campos infraacadémicos donde una gran cantidad de personas siguen disfrutando de libertad para dar rienda suelta a sus ansiedades, en lugar de proceder al estudio del tema. Cualquier mención que se haga de este hecho puede provocar la respuesta: “Por supuesto, usted no entiende lo importantes que son nuestras ansiedades”».

Northrop Frye. El camino crítico: ensayo sobre el contexto social de la crítica literaria (The Critical Path, 1971). Madrid: Taurus, 1986; 149 pp.; col. Persiles, serie Teoría y Crítica literaria; trad. de Miguel Mac-Veigh; ISBN: 8430621660.

Enviar Imprimir
sábado, 29 de septiembre de 2007

Cyril Connolly: «Una de las dificultades de reseñar novelas estriba en “puntuarlas”. El ambicioso fracaso de un artista serio es claramente distinto de un logrado apaño; sin embargo, a la hora de la reseña, la primera es denigrada de todo corazón porque no funciona, la otra, porque es buena en su clase, elogiada más allá de lo debido».

Cyril Connolly. Texto algo modificado tomado de «Nuevas novelas (1929-1935)», en Obra selecta.

Enviar Imprimir
sábado, 8 de septiembre de 2007

Umberto Eco: «La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria (...). No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de la vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de una manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado "la intención del texto"».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

Enviar Imprimir
sábado, 21 de julio de 2007

A la hora de juzgar un libro todos tenemos interiorizadas algunas normas que nos influyen. En relación a eso afirma Wolfang Iser que «resulta enormemente reveladora la gran controversia acerca de Milton entre C. S. Lewis y el crítico F. R. Leavis. El punto decisivo de la confrontación lo ha formulado C. S. Lewis así: “No es que él y yo veamos cosas diferentes cuando miramos al Paraíso Perdido, sino que él ve y no le gusta lo mismo que yo veo y no me gusta”. De aquí se deduce que ambos juzgan como objetivamente existentes las características en que basan su valoración».

Wolfang Iser. El acto de leer: teoría y efecto estético (Der Akt des Lesens. Theorie ästhetischer Wirkung, 1976). Madrid: Taurus, 1987; 357 pp.; col. Persiles. Teoría y crítica literaria; trad. del alemán por J. A. Gimbernat, traducción del inglés por Manuel Barbeito; ISBN: 8430621768.

Enviar Imprimir
sábado, 23 de diciembre de 2006

Andréi Tarkovski:
«En no pocas ocasiones, cuando estoy en algún coloquio con el público, advierto cierta incredulidad si declaro que no hay símbolos en mis filmes. La gente insiste una y otra vez en preguntarme qué significa, por ejemplo, la lluvia en mis películas, por qué aparece en todas ellas, lo mismo que el aire o el fuego. Yo contesto que para mí lo importante es crear un mundo concreto hecho con imágenes concretas, no con símbolos. Nada hay casual en las imágenes que construyo, desde luego; pero esto no significa de modo alguno que los detalles particulares de la película tengan que significar algo en concreto».

José Jiménez Lozano: «A mí me cuesta ver símbolos en la naturaleza, más allá de los símbolos que son universales, como la mañana, la noche serena u oscura, la tempestad, el sol y la luna o las estrellas como candiles, según dice la Biblia, el mar como una lámina de plata, o una sonrisa innumerable, como en Homero, etc.»

Rafael Llano. Andréi Tarkovski: vida y obra, volumen I.
José Jiménez Lozano. En el prólogo a la recopilación de relatos de Flannery O´Connor, Un encuentro tardío con el enemigo.

Enviar Imprimir
sábado, 14 de octubre de 2006

Un campo de concentración puede ser modélico en su género. Una gran obra de ingeniería puede hacerse con el trabajo de muchos esclavos. Una película estremecedora puede filmarse asesinando gente. La foto de una niña muriéndose de hambre puede ganar un gran premio. Un libro sobre suicidas puede provocar más suicidios. Por eso tiene razón Victor Klemperer cuando dice que «no confío en las consideraciones puramente estéticas en los ámbitos de la historia de las ideas, de la literatura, del arte, de la lengua. Es preciso partir de posturas humanas básicas; los medios de expresión sensibles pueden ser los mismos, aún siendo los objetivos totalmente opuestos».

Victor Klemperer. LTI – La lengua del Tercer Reich – Apuntes de un filólogo (LTI. Notizbuch eines Philologen, 1947). Barcelona: Minúscula, 2004, 3ª reimpr.; 414 pp.; trad. de Adan Kovacsics; ISBN: 84-95587-07-6.

Enviar Imprimir
sábado, 24 de septiembre de 2005

Hay explicaciones que no explican nada. Así, para los que insisten en los traumas de la infancia como causa de algunas características de los libros de un autor, esta cita de Tzvetan Todorov: «E. T. A. Hoffmann, que fue un niño desdichado, describe los miedos de la infancia; pero para que esta comprobación tenga un valor explicativo, habría que demostrar que todos los escritores que tuvieron una infancia desdichada proceden de la misma manera, o bien que todas las descripciones de los temores infantiles provienen de escritores cuya infancia fue desdichada. Al no poder establecer la existencia de una u otra relación, comprobar que Hoffmann fue un niño desdichado equivale a indicar tan solo una coincidencia carente de valor explicativo».

Tzvetan Todorov. Introducción a la literatura fantástica (Introduction a la litterature fantastique, 1970). Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1982; 212 pp.; col. Trabajo crítico; trad. de Silvia Delpy; ISBN: 84-85989-07-4.

Enviar Imprimir
Lewis-Fan.jpg
martes, 24 de mayo de 2005

A quien esté interesado en cuestiones de crítica literaria, y en particular acerca de géneros como los cuentos de hadas y la ciencia-ficción, le gustará conocer la recopilación de artículos y textos de C. S. Lewis titulada De este y otros mundos: ensayos sobre literatura fantástica. Como sucede con todo lo que firma Lewis que conozco, el estilo es claro y las reflexiones son lúcidas y bienhumoradas. Por ejemplo: «Los mejores escritores son a menudo los más anticuados. Nadie es más inconfundiblemente antiguo y aqueo que Homero, más escolástico que Dante, más feudal que Froissart, más isabelino que Shakespeare. (...) Incluso el libro de Isaías revelará a un estudiante atento que no fue compuesto en la corte de Luis XIV ni en la moderna Chicago».

C. S. Lewis. De este y otros mundos: ensayos sobre literatura fantástica (On Stories and Other Essays / Of This and Other Worlds, 1982). Barcelona: Alba, 2004; 213 pp.; col. Trayectos; edición de Walter Hooper; trad. de Amado Diéguez Rodríguez; ISBN: 84-8428-211-2.

Enviar Imprimir
Coetzee.jpg
sábado, 21 de mayo de 2005

Para quienes no conozcan los libros de Joseph Frank, que he citado ya varias veces, merece la pena recordar esto: «Desde el decenio de 1950, Joseph Frank ha estado trabajando en uno de los grandes proyectos bibliográficos de nuestro tiempo: la vida de Fiódor Dostoievski en cinco volúmenes. La lectura de cada uno de ellos, independientes unos de otros, es apasionante. El cuarto volumen, que apareció en 1997, tiene un interés especial y cubre los "años milagrosos" de 1865-1971, los años de los grandes logros ininterrumpidos de Dostoievski, la época en la que escribió Crimen y castigo (1866), El idiota (1868) y Los demonios (1871-1872)». Y volveré a mencionar otros textos de Coetzee tomados de Costas extrañas, ejemplo de críticas literarias brillantes e incisivas.

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999 (Stranger Shores, 2001). Barcelona: Debate, 2004; 363 pp.; col. Referencias; trad. de Pedro Tena; ISBN: 84-8306-593-2.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo