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Notas del archivo 'Ciencia-ficción' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 27 de noviembre de 2015

El marciano, de Andy Weir, es un ejemplo de una novela que triunfa primero en su autoedición en amazon, que luego se publica en papel y tiene un éxito mayor aún, y que después se transforma en una buena película y multiplica más todavía sus ventas. Lo cierto es que, como novela de ciencia-ficción es excelente pues, a diferencia de otras, en ella no hay —o no parece haber— conjeturas científicas que puedan fallar: todo lo que va explicando el narrador resulta verosímil. Además, aunque no a todo el mundo le gustarán tantas explicaciones ingenieriles detalladas, la novela en sí misma va como un tiro: es difícil dejarla.

Debido a que le dan por muerto, el astronauta Mark Watney, ingeniero-botánico, es abandonado en Marte por sus compañeros que, amenazados por una fuerte tormenta de polvo que dura días, deciden volver a la Tierra sin cumplir su misión. Pero Watney se recupera y, aunque no tiene forma de comunicarse con la Tierra ni con su antigua nave, inicia sus planes para sobrevivir. En un ameno diario, él mismo cuenta los pormenores: cómo fue posible su recuperación, qué planes hace y qué pasos va dando, tanto para volver a entrar en contacto con la Tierra como para poder sobrevivir durante cuatro años, hasta que, según los planes previstos, regrese a Marte una nueva misión Ares. Su modo de razonar y de presentar intentos, aciertos y fracasos, es paciente y claro, sin ahorrar pormenores científico-técnicos, pero también optimista y con buenas dosis de autoironía. Cuando han pasado unos meses y ha conseguido comunicarse con la tierra, aunque de una forma un tanto pedestre, la novela tiene algunos tramos en tercera persona para contar qué ocurre mientras tanto en la NASA y en su antigua nave.

Con razón se ha dicho que la novela podría titularse Robinson Crusoe en Marte, aunque habría que apuntar que, más que a Robinson, el héroe se parece al ingeniero Ciro Smith de La isla misteriosa, de Verne. Si una de las claves del éxito de la historia está en que se ciñe sólo a los conocimientos científicos y técnicos que ahora tenemos, otra es que, salvo leves pinceladas, no hay recuerdos de la vida pasada del héroe ni de los demás personajes: todo se desarrolla en el presente y, por tanto, la narración desprende una gran inmediatez. A esto contribuyen algunas referencias de tipo cultural que conectan bien con los lectores, sobre todo norteamericanos: por ejemplo, habla de cómo le ha sacado partido a su «Hab de la pradera» —el Hab es el habitáculo de unos noventa metros cuadrados para los astronautas—, y, dice, «a cambio me ha mantenido vivo durante un año y medio. Es como el árbol generoso».

Además, las disquisiciones de tipo emocional casi no existen, con excepciones bien elegidas: «Es una sensación extraña. Allá donde voy, soy el primero. ¿Salgo del vehículo de superficie? ¡Soy el primer tipo en llegar! ¿Subo a una colina? ¡El primer tipo en subir esa colina! ¿Doy una patada a una roca? ¡Esa roca no se había movido desde hace un millón de años! Soy el primero en recorrer larga distancia en Marte. El primero en cultivar en Marte. El primero, el primero, el primero». Sin duda, el libro contribuirá mucho a la promoción, por parte de la NASA, de los viajes espaciales, aunque no parece que haya sido escrito con esa intención (según las explicaciones que se dan en Wikipedia sobre la historia de la novela).

Andy Weir. El Marciano (The Martian, 2011). Barcelona: Ediciones B, 2014; 408 pp.; col. NB Nova; trad. de Javier Guerrero; ISBN: 978-846665505. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 31 de enero de 2014
 
Los herederos fue la segunda novela de William Golding, que la tenía como su favorita. Se puede considerar de ciencia-ficción, pues sus protagonistas son hombres de Neardental, pero Golding no tenía interés en darle tono científico-histórico a su relato: no pretendió documentarse mucho para él, y sus invenciones acerca de los modos de ser y de comportarse de los hombres del pasado, igual que sus conocimientos de distintos asuntos o sus dotes más o menos telepáticas, están al servicio de sus objetivos narrativos.

El narrador presenta un grupo de ocho hombres, mujeres y niños de Neardental, cuyo pensamiento es lento y se articula recordando imágenes de algo visto antes. Son personas de inteligencia limitada pero cordiales y solidarios entre sí. El conflicto estalla cuando tropiezan con un grupo de hombres a los que no conocían, distintos y más avanzados en muchos aspectos, pero que reaccionan con un gran temor hacia ellos y esto les termina llevando a comportarse con una gran crueldad. El argumento se apoya, para contradecirla, en una cita inicial de H. G. Wells en la que habla de la fealdad, y por tanto del atraso según la teoría de la evolución, de los hombres de Neardental. Es una novela lenta, que puede resultar algo deprimente, por más que las descripciones sensoriales sean excelentes y por más que el narrador, hábilmente, juega con que los lectores van a deducir que los nuevos seres a los que los neardentales ven son homo sapiens.

En común con El señor de las moscas tiene algunas cosas relativas a la construcción de la trama pero las semejanzas importantes son las que tienen que ver con los contenidos y con que, igual que allí, el relato acaba siendo eficaz porque la misma trama contiene lo que desea transmitir el autor. De modo natural queda claro que progreso intelectual no equivale a progreso moral, o que no son los más inteligentes los que tienen un comportamiento más humano. Queda claro también que los acontecimientos se desarrollan faltamente a consecuencia de un miedo a lo desconocido que, vivido en grupo por los sapiens, dispara los mecanismos de una violencia que termina con vidas inocentes: no es exactamente maldad, viene a decir la historia, tal vez sea una especie de fuerza irresistible (que bien podríamos llamar selección natural o progreso…).

Además, al igual que en El señor de las moscas, Golding usa el recurso de cambiar de foco en el último capítulo: en él vemos las cosas no desde la perspectiva de los neardental, como había ocurrido durante toda la narración, sino desde la de los sapiens. Esto altera las impresiones e incluso los juicios finales del lector, por un lado, y narrativamente sirve para dejar un pequeño resquicio para la esperanza, por otro.

William Golding. Los herederos (The Inheritors, 1955), en Novelas (contiene El señor de las moscas, Los herederos, Martín el atormentado, Caída libre). Madrid: Aguilar, 1986, 2ª ed.; 1002 pp.; col. Biblioteca Premios Nobel; trad. de María Luisa Giner de los Ríos, Enrique López Martín, Juan Martín Ruiz-Werner; prólogo de Juan Martín Ruiz-Werner; ISBN: 84-03-56114-8 y 84-03-56113-X. Edición reciente en Barcelona: Minotauro, 2003; 240 pp.; col. Minotauro Bolsillo Ciencia Ficción; trad. de Luis Echávarri; ISBN: 978-8445074411.

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viernes, 15 de noviembre de 2013

Intento leer siempre las novelas sobre niños que me parecen, a priori, valiosas, y luego, de todas ellas, aquí suelo hablar de aquellas que lo son o que, por alguna razón, las veo rescatables. En este caso, sin embargo, diré algo sobre La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee, un libro del que esperaba que fuera valioso pero que no me lo ha parecido, y en el que, además, tampoco he visto ningún motivo parcial para elogiarlo. Debo decir que no conozco bien a Coetzee: he leído un libro suyo de crítica literaria que me pareció excepcional en sus análisis, y tres novelas que me dejaron una doble sensación: la de que es un escritor serio y la de no tener ningún deseo de seguir leyéndolo. Esta novela, que cabría encuadrar dentro de la ciencia-ficción rara, tiene un rasgo más: resulta enigmática hasta lo incomprensible.

La narración comienza cuando un hombre adulto y un niño, refugiados según parece, llegan en barco a un país de habla española. Allí les ponen nombres, Simón y David, les fijan fechas posibles de nacimiento, y les dan lo necesario para que comiencen otra vida. Su nueva tierra, y la ciudad de Novilla en la que viven, es como un mundo socialista utópico donde hay amabilidad y todas las necesidades están cubiertas pero donde falta calor humano: nadie tiene verdaderos recuerdos. El hilo que tira del relato es que Simón desea encontrar a la madre de David: afirma que, en el barco en el que venían, perdieron una carta donde se hablaba de su madre. A una mujer a la que ve jugar al tenis le pide que sea la madre de David… y ella lo acepta.

Con ese punto de partida el relato contiene diálogos agudos sobre muchas cuestiones, sobre todo acerca de la importancia de las emociones, o del estorbo que suponen, pero como en plan expositivo. Así, una mujer dice a Simón que «esa insatisfacción constante, ese anhelo de algo que echas en falta, es una forma de pensar de la que, en mi opinión, nos hemos librado. No nos falta nada. Lo que tú crees echar en falta es una ilusión. Vives por una ilusión». Esa misma mujer le dice que «olvidar lleva su tiempo» y que, «una vez hayas olvidado de verdad, desaparecerá tu sensación de inseguridad y todo será mucho más fácil».

El título dirige los pensamientos del lector y, aunque nadie se llama Jesús, se pueden encontrar paralelismos con los Evangelios en algunos nombres o en cosas que pasan. Pero, al fin, todo queda disuelto en una trama confusa que no parece dirigirse a ningún lugar reconocible: o tal vez sea esa la cuestión y se trata de no buscar ninguna explicación (y de sugerir que lo mismo se ha de aplicar a la narración evangélica). Por tanto, al menos para mí, estamos ante un relato que desea ser sugerente... mientras no nos planteemos explicar, ni siquiera mínimamente, qué sugiere. Tal vez tendría que leer el relato de nuevo o tal vez tendría que conocer otras obras del autor pero, por lo menos de momento, no tengo nada claro que compense la inversión de tiempo.

J. M. Coetzee. La infancia de Jesús (The Childhood of Jesus, 2013). Barcelona: Mondadori, 2013; 271 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-397-2727-9.

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viernes, 1 de marzo de 2013

La Nube negra fue la primera novela de Fred Hoyle, un respetado astrónomo. En el prólogo, indica Miquel Barceló que, en esta y en otras novelas suyas, «la parte científica está tan brillantemente expuesta y trabajada que han llegado a ser utilizadas como libros de lectura complementaria en los cursos de astronomía de las universidades anglosajonas».

El relato empieza con que unos astrónomos estadounidenses descubren una misteriosa nube que se aproxima a la Tierra y, días más tarde, unos británicos también deducen que algo está ocurriendo. Se reúnen los dos equipos y averiguan que la enorme nube llegará al cabo de un año y medio y se interpondrá entre el Sol y la Tierra por lo que, al menos durante un mes, la Tierra no recibirá la luz del sol. El astrónomo inglés que lleva la voz cantante, Kingsley, se las arregla para que su gobierno prepare unas instalaciones especiales desde donde un equipo seleccionado por él observará los acontecimientos y les informará.

La historia se desarrolla, paso a paso, por medio de unos diálogos intensos y con unas explicaciones  claras sobre lo que ocurre y lo que, previsiblemente, puede suceder. Toda la primera parte resulta magnífica. La segunda, aun cuando la construcción narrativa y las conversaciones entre los protagonistas tienen igual altura, ya es más difícil de aceptar: el narrador lo sabe ya que, de hecho, «cuando Kingsley expone su hipótesis sobre la nube, un científico dice que es una idea ridícula y otro dice: “Esto pasa por leer ciencia-ficción”». La novela tiene un punto de reinvidicación de la limpieza de los científicos frente a la torpeza de los políticos que resulta poco equilibrada, no por las críticas, que nos las podemos creer sin dificultad, sino por los elogios hacia los colegas del autor.

Son excelentes, además, toques incidentales como, por ejemplo, el momento en el que el Astrónomo Real británico y Kingsley, el protagonista, viajan en avión a Estados Unidos:

«Ambos sacaron libros para leer durante el viaje. Kingsley espió el libro del Astrónomo Real y vio una impresionante cubierta que representaba una pelea a tiros entre desesperados.

“Sólo el cielo sabe lo que va a leer después”, pensó Kingsley.

El Astrónomo real miró el libro de Kingsley y vio que era la Historia de Herodoto.

“Dios mío, después va a leer a Tucídides”, pensó el Astrónomo Real».

Fred Hoyle. La Nube negra (The Black Cloud, 1957). Barcelona: Ediciones B, 1988; 245 pp.; trad. de Gemma Carvajal; prólogo de Miquel Barceló; ISBN: 84-406-0164-6.

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viernes, 30 de julio de 2010

Una novela de ciencia-ficción de la que tengo un gran recuerdo: Universo de locos, de Fredric Brown. Si no es el primero, es uno de los primeros relatos largos cuyo argumento se apoya sobre la existencia de mundos paralelos. No sé si la edición española que cito en el interior está disponible o no en librerías. A la derecha, la portada de una edición inglesa.

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viernes, 23 de octubre de 2009

Entre las novelas de ciencia-ficción que tratan sobre prácticas eugenésicas y experimentación con seres humanos, esa nueva clase de racismo que hoy muchos aceptan con toda naturalidad, se pueden mencionar las decimonónicas Frankestein o La isla del doctor Moreau, y otras ya citadas como Flores para Algernon, El Dador, Next, Agua de noria.

A ellas se puede añadir Nunca me abandones, un relato bien construido y bien contado por Kazuo Ishiguro, que se sitúa en la Inglaterra de finales de los noventa, y que he recordado al leer hace poco un comentario. La narradora, de 31 años, rememora su niñez en un internado cuyas particulares características irán mostrándose lentamente: los alumnos son clones cuyas vidas fueron programadas para ser futuros donantes de órganos, no tienen padres y nunca tendrán hijos. Uno de los grandes aciertos del autor es situar la novela en un mundo en el que la ciencia-ficción ya no es ficción: nuestro mundo. Otro, como uno espera siempre de un buen escritor, es que deja solo al lector ante su relato para que piense por sí mismo.

Y, al respecto, viene a cuento citar el experimento Milgram, que básicamente consistió en comprobar cómo una mayoría de personas que se presentaron voluntarias para realizar un experimento educativo, en nombre de intereses científicos no tuvieron escrúpulos en causar dolor a personas que les eran desconocidas. Comentándolo, dice Robert Spaemann: «Esta obediencia no era una obediencia al Estado o a la Iglesia, sino una sumisión a la Ciencia. Se les insistía en que el experimento era muy importante para las futuras generaciones. Con esta razón se dejaron convencer e intimidar. Pienso que tendríamos que llegar a un punto en el que no hagamos ya determinadas cosas, pero no porque las pueda prohibir la Ciencia —la ciencia no prohíbe nada— sino porque no las queremos como hombres. Hemos de tener el valor de reiterar que no queremos disponer de determinadas posibilidades».

Kazuo Ishiguro. Nunca me abandones (Never Let Me Go, 2005). Barcelona: Anagrama, 2005; 351 pp.; trad. de Jesús Zulaika Goicoechea; ISBN: ISBN 10: 84-339-7079-8.
Robert Spaeman. Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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jueves, 8 de enero de 2009

Un autor recientemente fallecido: Michael Crichton. De las novelas que he leído suyas —bastantes—, creo que la mejor es, con diferencia, Parque Jurásico.

Hace meses pensé poner una reseña de su novela Next, pero no lo hice porque su calidad literaria es poca, y hay tramos de su argumento demasiado pensados para ser llevados luego al cine: los cazarecompensas que persiguen a una joven abogada y a su hijo de ocho años, las historias cómicas de un niño-mono y de un loro transgénicos, los enredos sexuales de varios personajes... Sin embargo está bien lo que tiene de alerta sobre los comportamientos sin escrúpulos de muchas empresas y muchos científicos que trabajan en investigaciones genéticas; lo que apunta sobre la ignorancia descomunal de políticos y jueces respecto a esa materia, y sobre los sinsentidos jurídicos que amenazan cada vez más a todos. En lo que yo sé, Crichton parece guiarse por los conocimientos y los comportamientos científicos más fiables de los que se dispone y por el sentido común. Esto también se ve porque, en la extensa bibliografía del final, Crichton dice que las opiniones que Chesterton formuló ya en Eugenics and Other Evils (1922) fueron y siguen siendo «de una claridad aterradoramente meridiana», y que sus predicciones de entonces sobre lo que ocurriría fueron exactas.

Michael Crichton. Next (2006). Barcelona: Random House Mondadori, 2007; 507 pp.; trad. de Laura Martín de Dios y Laura Rins Calahorra; ISBN: 978-84-01-33640-9.

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Quien haya conectado ya con el peculiar universo mental y gráfico de Shaun Tan estará interesado en conocer Cuentos de la periferia. Son quince relatos cortos con sugerentes ilustraciones, la mayoría con el formato clásico de un texto y varias ilustraciones, y algunos con otro aspecto más comiquero como Una lluvia lejana o Crea tu propia mascota. Todos ellos pueden ser calificados como surrealistas y se desarrollan en ciudades o lugares cienciaficcionescos. No todos son igual de buenos. A mí me ha gustado especialmente La expedición, un relato con escenas a lo Hooper, que trata de dos hermanos que discuten y apuestan, al ver que la guía de calles de su padre termina en el cuadro 268, si la ciudad termina de golpe allí o no, y deciden comprobarlo por sí mismos. También tiene gracia y hace pensar Alerta pero sin alarmarse: un tiempo futuro en el cual, en el jardín cada casa hay un misil balístico intercontinenal que, con el paso del tiempo, han ido usándose para más cosas.

Shaun Tan. Cuentos de la periferia (Tales from Outer Suburbia, 2008). Cádiz: Barbara Fiore, 2008; 98 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-936185-1-3.

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viernes, 19 de septiembre de 2008

Otro relato para la vuelta del verano de los políticos y, en general, para cualquiera deseoso de comprender en qué clase de mundo vivimos: Flores para Algernon, de Daniel Keyes. El protagonista descubre y sufre que los médicos que intentan aumentar su inteligencia con tratamientos experimentales no son más que «hombres vulgares trabajando a ciegas, pretendiendo poder hacer la luz en las tinieblas».

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jueves, 5 de junio de 2008

Mercaderes del espacio,
de Frederick Pohl y C. M. Kornbluth, es una utopía futurista de los años cincuenta, con problemas de estilo y de estructura, pero valiosa e inteligente.

El narrador es Mitchell Courtenay, el más joven de los jefes de publicidad de la Sociedad Fowler Schocken, una de las dos grandes compañías publicitarias que dominan el mundo. Cuando le nombran jefe de la sección Venus, el encargado de lanzar la campaña que promoverá la explotación de Venus, ve que alguien intenta desplazarle: la competencia o gente de su propia empresa o gente del movimiento conservacionista. Cuando lo consiguen acaba trabajando, bajo una identidad distinta, en una plantación en Costa Rica en la que se fabrican las proteínas Clorela. Allí descubrirá cómo es la vida real y logrará organizarse para volver.

El argumento acaba siendo algo enredado y ni el narrador ni los personajes son del todo convincentes. Además, como pasa con muchas novelas del género, el tiempo ha dejado atrás muchas referencias futuristas de los años en los que se redactó. Sin embargo, es entretenida e inteligente, fue la primera novela que planteó abiertamente la preocupación por la cuestión medioambiental y son certeros sus enfoques sobre la preponderancia de las agencias de publicidad en el mundo y sobre cómo la publicidad, que al principio sólo trataba de vender productos manufacturados, «un trabajo de niños», en el futuro moldea por completo las vidas y costumbres de la gente.

Frederik Pohl y C. M. Kornbluth. Mercaderes del espacio (The Space Merchants, 1955). Barcelona: Minotauro, 2008; 222 pp.; trad. de Luis Domènech; ISBN: 978-84-450-7695-8.

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viernes, 11 de abril de 2008

Una excepción a la regla de que los relatos cortos de ciencia ficción son mejores y duran más que las novelas largas del género es Cántico por Leibowitz, de Walter Miller, «una de las novelas legendarias de la ciencia ficción», afirma el experto prologuista de la edición que cito abajo. Después de haber mencionado, semanas atrás, dos novelas situadas en un futuro postnuclear como La carretera y Mensajero del futuro, puede ser oportuno recordar esta.

Su argumento tiene tres partes: la primera se desarrolla seiscientos años después de la Tercera Guerra Mundial, cuando en el mundo quedan muy pocos documentos que hayan sobrevivido a la Era de la Simplificación; la segunda sucede seiscientos años después, cuando la ciencia ha resurgido y se discute sobre la responsabilidad de los científicos; la tercera, otros seiscientos años adelante, comienza cuando la humanidad está volviendo a fabricar armas nucleares...

Optar por ese fraccionamiento, por narrar a paso lento, por observar periodos de poca duración, por centrar el foco en pocos personajes, por evitar cualquier hondura de tipo tecnológico, son aciertos que dan a esta novela una textura particular que la diferencia de la inmensa mayoría del género. Comparte con esa mayoría, sin embargo, la poca confianza en la sensatez final de los hombres: «¿Está la especie humana congénitamente insana?» se preguntará el abad Zerchi, el personaje que mejor representa el positivo trabajo humanizador de los monjes que Miller desea subrayar.

Que yo sepa, la novela no está en el mercado ahora mismo y es necesario buscarla en bibliotecas públicas (o de un amigo). Hay que reconocer que la cubierta era desanimante.

Walter Miller. Cántico por Leibowitz (A Canticle for Leibowitz, 1955-1959). Barcelona: Ediciones B, 1992; 384 pp.; col. Nova ciencia ficción; prólogo de Miquel Barceló; trad. de I. Peypoch revisada por Pedro Jorge Romero; ISBN: 84-406-3131-6.

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jueves, 10 de abril de 2008

Igual que dije a propósito de Isaac Asimov, en mi opinión lo mejor del recientemente fallecido Arthur C. Clarke son sus relatos cortos, como los Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco.

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miércoles, 12 de marzo de 2008

El núcleo del relato comentado ayer es el mismo de la que muchos consideran la mejor novela de Isaac Asimov: El fin de la Eternidad. En ella La Eternidad es una organización paralela a la historia de la humanidad que nace el siglo 27 y dura hasta el siglo 70.000: sus componentes pueden viajar en el tiempo, saltando de siglo en siglo, para alterar sucesos de modo que todo vaya bien. Es una narración centrada en mundo interior del protagonista, Andrew Harlan, un tipo independiente que provocará cambios inesperados en la realidad.

Esta novela, notable por su claridad narrativa, ejemplifica la gran debilidad de las novelas de ciencia-ficción: que los adelantos tecnológicos que se imaginaron como imposibles en el pasado suenan ahora muy tontos. Por ejemplo, cuando se nos habla de que Harlan maneja «tablas de patrones perforados de intrincado diseño» que traduce al lenguaje «Intemporal Estándar» con un «descodificador de bolsillo», aunque, por supuesto, Harlan «había llegado al nivel en el que podía leer las perforaciones directamente»...

En cambio, los relatos cortos donde la idea básica es lo único importante, sobreviven perfectamente: véanse los de Yo, robot.

Isaac Asimov. El fin de la Eternidad (The End of Eternity, 1955). Arganda del Rey (Madrid): La Factoría de Ideas, 2004; 319 pp.; col. Solaris ficción; trad. de Miguel López Genicio; ISBN: 84-88966-92-X.

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viernes, 7 de diciembre de 2007

Cuando leí La carretera busqué un relato post-nuclear del que me habían hablado bien tiempo atrás: El mensajero del futuro, de David Brin. Es una larga historia, que fue considerada una de las mejores novelas de ciencia-ficción de los ochenta, y que está protagonizada por un tipo que vaga en solitario por Oregón y acaba liderando una especie de nuevo renacer. Leída hoy no tiene mucha pegada, pues ni el protagonista ni el argumento son muy consistentes, pero también porque se alarga demasiado. Al margen, es otro ejemplo de cómo las novelas largas de ciencia-ficción se quedan antiguas pronto pues lo que se cuenta tiene lugar en torno al 2009...

En cualquier caso, la comparación entre la obra de McCarthy y la de Brin es una confirmación más de que, como dijo Chesterton, «la literatura y la ficción son dos cosas completamente diferentes. La literatura es un lujo, la ficción una necesidad. Una obra de arte nunca es demasiado corta, pues su mérito radica en el clímax. Una historia nunca es demasiado larga, pues su conclusión es siempre algo lamentable, como el último penique o la última cerilla. Por eso, mientras el desarrollo de la conciencia artística tiende, en las obras más ambiciosas, a la brevedad y el impresionismo, las obras voluminosas son la marca de fábrica del creador de las auténticas naderías románticas».

David Brin. Mensajero del futuro (The Postman, 1985). Barcelona: Ediciones B, 1998; 379 pp.; col. Nova; trad. de Francisco Jiménez Ardana; ISBN: 84-406-7996-3.
G. K. Chesterton. «En defensa de la novela de quiosco», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en
The Defendant.

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jueves, 6 de diciembre de 2007

De los escritores actuales que conozco, para mí uno de los mejores es Cormac McCarthy. En especial, Todos los hermosos caballos, la primera novela de La trilogía de la frontera, me parece deslumbrante.

De la novela reciente La carretera, lo primero que hay que decir es que no  es un relato popular, aunque haya ganado el premio Pulitzer, ni es una novela de ciencia-ficción al uso, como podría pensar quien supiera su argumento. Es también algo diferente a las demás obras del autor: frente a sus otras historias que tratan de mundos oscuros en los que nadie parece saber a dónde ir, aunque algunas pistas hay, aquí hay un mensaje más neto. En relación a él advierto que, al final, daré una clave que, tal vez, algunos lectores preferirán descubrir por sí mismos. De todos modos, lo hago porque también pienso que, dado el tipo de relato y las características del autor, eso no importa mucho.

En un mundo desolado postnuclear, al comienzo del invierno, un padre y su hijo pequeño, cuyos nombres no se mencionan nunca, viajan hacia el sur y hacia el mar siguiendo la que fue carretera general y llevando sus mochilas en un carrito de supermercado. Han de ir buscando alimentos en casas y ciudades abandonadas y han de ir ocultándose de la poca gente a la que ven por temor a que sean bandas de caníbales. El niño está muy asustado y el padre, a quien a veces vienen a la mente algunas escenas del pasado, desea por encima de todo protegerlo y por eso frecuentemente reacciona con dureza.

Se ve que a McCarthy no le importa mucho la originalidad de las situaciones que presenta, pues hay escenas semejantes en novelas o películas sobre un tema parecido, sino desplegar su peculiar modo de narrar y unas situaciones humanas límite. Como en sus otras novelas, es asombroso tanto su rico estilo descriptivo como la contundencia con la que suenan los pocos diálogos ultra lacónicos que intercambian los personajes. A diferencia de sus historias anteriores, aquí las situaciones de terrible violencia que se nos cuentan han sucedido ya y delante del lector sólo aparecen los resultados: cadáveres y despojos humanos, pero, sobre todo, el mundo gris y ceniciento de alrededor en el que hay una frecuente lluvia de hollín a la deriva.

El relato está envuelto en dos frases que, si se suprimieran, no alterarían en nada la materialidad de lo que se cuenta. Sin embargo, en ellas está toda la potencia de la novela y el modo de actuar de un escritor como McCarthy. En la segunda página del relato se nos dice que el padre «sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca». Y, en la última página, cuando el niño le dice a la mujer que, en vez de rezar a Dios como ella le dice, habla con su padre, la mujer «le dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos».

Cormac McCarthy. La carretera (The Road, 2006). Barcelona: Random House-Mondadori, 2007; 210 pp.; col. Literatura Mondadori; trad de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-397-2077-5.

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miércoles, 18 de julio de 2007

Ray Bradbury
es uno de los autores de los que se habla en Escritores de cine. En ese libro se reproduce su opinión de que la ciencia-ficción gusta sobre todo a un público masculino: «Los hombres leen ciencia-ficción para construir el futuro. Las mujeres no necesitan leerlo. Ellas son el futuro». No sé si es cierto. Tampoco sé si tiene alguna importancia. En cualquier caso, libros como La feria de las tinieblas, Crónicas marcianas, Farenheit 451, El vino del estío son inolvidables, a mí me parece que para cualquiera. Y, en ellos, uno encuentra también comentarios tan sabios como este de Leo Auffmann en El vino del estío: «Lo primero que se aprende en la vida es que uno es tonto. Lo último que se aprende en la vida es que se sigue siéndolo».

Para los interesados en la cuestión, hace poco llegué, a través de barcepundit, a un artículo en el que Bradbury sale al paso de las malas interpretaciones que se han hecho de Farenheit 451: Bradbury no pretendía tanto atacar al estado, al modo de Orwell, como a la mentalidad de rebaño que la televisión fomenta...

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jueves, 2 de febrero de 2006

Tropas del espacio,
de Robert Anson Heinlein, no fue publicada en su momento como literatura juvenil: a sus editores les pareció demasiado violenta. En realidad, el problema es otro: cuando se lleva hasta el extremo la idea de que la propia libertad lo es todo, y esa es la idea nuclear de lo que Heinlein venía defendiendo en sus vendidísimas novelas anteriores, la violencia sólo es un medio necesario al que se puede y se debe recurrir cuando esa libertad parece estar en peligro.

Uno de los instructores del soldado de infantería protagonista defiende sin rubor que la doctrina de que la violencia jamás resuelve nada es históricamente falsa e inmoral, y dice: «La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre ha pagado por ello con su vida y su libertad». No vamos a discutirlo aquí pero sin duda la viejísima ley del más fuerte es una realidad básica y salvaje que se aplica en guerras lejanas y en leyes muy cercanas.

Robert A. Heinlein. Tropas del espacio (Starship Troopers, 1959). Barcelona: Orbis, 1986; 242 pp.; col. Biblioteca de Ciencia Ficción; trad. de Amparo García Burgos; ISBN: 84-7634-036-2.

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jueves, 26 de enero de 2006


En un futuro muy lejano, cuando hombres y otras criaturas extraterrestres conviven en la galaxia, no sin tensiones, Lorenzo Smythe, un actor en paro, es contratado para sustituir a un líder político, jefe de la oposición, en una ineludible ceremonia protocolaria en Marte. Es preparado concienzudamente para ello, pero los acontecimientos se precipitan y deberá sustituirlo más tiempo y en más ocasiones de las previstas. Ese es el argumento básico de Estrella doble, una novela de ciencia-ficción de Robert A. Heinlein.

La historia es amena pero, además, contiene algunas ideas interesantes. El protagonista, al verse obligado a ir más lejos de lo que pensaba en un principio, reflexiona más profundamente sobre los motivos que le hacen aceptar, se pregunta cuáles son sus normas de conducta, y se responde:

«El espectáculo debe continuar. Siempre había creído y vivido en y para eso. Pero, ¿por qué debe continuar el espectáculo?..., sobre todo teniendo en cuenta que algunas de las obras son sencillamente horribles... Pues bien, porque uno había aceptado realizar su trabajo, porque el público espera allí fuera; han pagado su entrada y tienen derecho a lo mejor que se les pueda dar. Uno se lo debe. Se lo debe también a los tramoyistas, al director y al empresario y a todos los demás miembros de la compañía..., y a aquellos que le han enseñado su profesión y a cientos y cientos de artistas que se alinean en el pasado, hasta los teatros al aire libre y graderías de piedra, y hasta los narradores de leyendas en los bazares morunos. Noblesse oblige. Comprendí que la misma idea podía aplicarse a cualquier clase de profesión. Debemos dar tanto como recibimos. Construir con escuadra y nivel. El juramento de Hipócrates. No dejemos perder al equipo. Trabajo honrado para una paga honrada. Tales cosas no necesitan ser probadas; constituyen una parte esencial de la vida..., ciertas por toda la eternidad, verdaderas en los más lejanos límites de la Galaxia».
 

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jueves, 19 de enero de 2006


Si alguien quiere comprobar, y de paso entretenerse un poco, por qué las novelas de ciencia-ficción no son duraderas, puede leer Una puerta al verano, de Robert A. Heinlein. El narrador, un ingeniero muy capaz, inventor de multitud de robots, es engañado por sus socios y decide tomar el «largo sueño» o «sueño frío» para despertar treinta años después, el año 2000; cuando despierta vuelve a regresar atrás en el tiempo para dejar las cosas bien arregladas y, de nuevo, volver a ser las cuentas mucho mejor de lo que se suponía. De las que conozco, no es la mejor de su autor, pero en ella se reúnen muchos elementos típicos del género, deja claro por qué las novelas de ciencia-ficción siempre se quedan desfasadas cuando pasa el tiempo y, además, acaba de ser publicada. Volveré a Heinlein en futuros comentarios.

Robert Anson Heinlein. Una puerta al verano (The door into Summer, 1957). Madrid: La factoría de ideas, 2005; 218 pp.; trad. de F. Hernández; ISBN: 84-96525-34-1.

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