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Notas del archivo 'Lectura' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 15 de octubre de 2016

Pongo unas citas sobre la lectura tomadas de El arte de leer, un libro que reúne dieciséis ensayos de W. H. Auden (varios habían sido publicados en Prólogos y epílogos, libro del que había seleccionado algunos párrafos: El éxito literario, Felicidades a los Franciscos, Profundidad real y Buenos libros).

—«Una señal del valor literario de un libro es que pueda leerse de varias maneras distintas. A la inversa, la prueba de que la pornografía no posee el menor valor literario es que, si intentamos desviar nuestra lectura del estímulo sexual —si, por ejemplo, pretendemos leerla como si fuera un informe psicológico de las fantasías sexuales del autor—, nos aburrimos hasta las lágrimas».

—«Aunque una obra literaria pueda leerse de varias maneras, estas lecturas no son infinitas y pueden ordenarse de un modo jerárquico: algunas lecturas son sin duda más “verdaderas” que otras, algunas resultan improbables, otras falsas, y otras, como empezar por el final e ir avanzando hacia el principio, francamente absurdas».

—«Los niños leen por placer, pero se trata de un placer indiferenciado, incapaz de distinguir, por ejemplo, el placer estético del aprendizaje o la ensoñación».

—«No se educa el paladar de nadie diciéndole que lo que está acostumbrado a comer —una col blanda y demasiado hervida, por ejemplo— es decididamente asqueroso, sino persuadiéndolo de que pruebe un plato de verduras bien prepararas. Es verdad que, en el caso de algunas personas, parece más efectivo decirles: “Sólo a la gente vulgar le gusta la col demasiado hervida: la gente fina la prefiere al estilo chino”, pero los resultados suelen ser menos duraderos».

W. H. Auden. «Leer» (en The Dyer’s Hand, 1962), El arte de leer (2013). Barcelona: Lumen, 2013; 463 pp.; trad. de Juan Antonio Montiel; edición de Andreu Jaume; ISBN: 978-84-264-2164-7. [Vista del libro en amazon.es]

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LibrosNewYorker.JPG
viernes, 6 de febrero de 2015

Los Libros en The New Yorker es una selección de chistes de la revista norteamericana que se presentan agrupados en cuatro secciones: Autores, Editores, Lectores, Libreros.

Como corresponde a su origen, aunque la calidad y la chispa de los dibujos sea mucha, lo que interesa más es la impresión de conjunto de la selección y la idea de cada chiste, que muchas veces sólo tiene sentido en el contexto adecuado. Un ejemplo de cada sección:

—en una reunión social una escritora dice a sus oyentes: «Mi último libro es para niños de 3 a 5 años. Pero quiero creer que hay algo en él para todo el mundo» (Robert Weber);

—en otra reunión social el editor dice a otros: «Últimamente he estado leyendo a Jane Austen, simplemente para desintoxicarme» (Lee Lorenz);

—una mujer dice a su interlocutor «Todavía no lo he leído, pero me lo he bajado de internet» (Robert Mankoff);

—el librero sonríe a sus clientes y les dice: «No lo he leído, pero es excelente» (James Stevenson).

Varios autores. Los Libros en The New Yorker (2014). Barcelona: Libros del Asteroide, 2014; 192 pp.; selección y traducción de Miguel Aguayo; ISBN: 978-84-16213-05-4. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 4 de octubre de 2014

Define John Gardner la metaficción como «la ficción que tanto por su estilo como por su tema se propone indagar en la ficción misma». Y, como «no hay mejor proveedor de modelos de conducta que la ficción», hace tiempo que los escritores han visto que «una de las formas de socavar los efectos perjudiciales de la ficción reside en escribir metaficción: un relato que llame la atención sobre sus métodos y que muestre al lector que es lo que le está ocurriendo a la vez que lee». Es decir: «toda metaficción es una deconstrucción, pero no a la inversa».

Por eso el atractivo de la metaficción puede describirse como «intelectual». «Si nos reímos, no lo haremos tan de todo corazón como cuando nos reímos ante un personaje interesante que es completamente verosímil; nos reímos un poco más entre dientes, con una sensación de leve superioridad, como cuando nos reímos de un chiste ingenioso o del “ingenio” mismo. Si nos apenamos, nos apenamos como los filósofos, no como una persona que haya perdido a un ser querido. Más que nada, en este terreno al leer pensamos. Pensamos en las alusiones del autor, en su empleo de recursos o mecanismos inesperados, en su valentía a la hora de romper todas las reglas que le salgan al paso».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 27 de septiembre de 2014

Dice John Gardner que «leer una obra de ficción que no lleva a ninguna parte, que no genera una victoria o una derrota, que trata la vida como mera rutina, es como descubrir que, después de habernos desvivido corriendo contrarreloj, el encargado de ponerlo en marcha se olvidó de hacerlo. Las únicas emociones que esa clase de ficciones producen, de ordinario, son el hastío y la desesperación: esas emociones, aún siendo válidas y aun estando justificadas (finalmente) por la naturaleza misma del universo, son menos útiles para nuestra vida que las emociones experimentadas gracias a otras clases de ficción. Ni siquiera Aristóteles sostendría que la ficción por fuerza haya de ser catártica; solamente dice que tales ficciones, [las catárticas], son las que más nos satisfacen. Desde luego, es más que el mero placer o el desagrado lo que está en juego».

Una conclusión con una resolución llamémosle clásica suele ser la más satisfactoria. Una conclusión que finaliza con lo que Gardner llama «el agotamiento lógico», «nos puede satisfacer intelectualmente, pero no emocionalmente (o no siempre) pues es más placentero ver un logro o una frustración definitivos que acceder a una demostración de por qué jamás podrán lograrse o frustrarse». Se podría objetar que no hay ley ninguna que exija al arte ser placentero, dice Gardner, pero «el agotamiento lógico», al final, «revela que el ejercicio de la libertad que hemos visto en el personaje era más bien ilusorio» y por eso, «por comparación con el final resolutorio (diría Aristóteles si se le presentara la pregunta), el final que termina con el agotamiento lógico es moralmente repulsivo».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 25 de agosto de 2012

Wayne Booth: «Con las novelas satisfacemos intereses de distinta clase: intelectuales, cualitativos y prácticos. Así, las novelas de Jane Austen desarrollan una amplia gama de intereses dentro de un medio ambiente social estrecho. Nuestro interés emocional en Shakespeare se basa en intereses intelectuales, cualitativos y morales. Otro maestro en la misma clase de riqueza es Dostoievski: en sus obras hay una variedad de atractivos intelectuales; estamos cosquilleados por apetencias cualitativas, hemos visto el crimen y pedimos el castigo…; simpatizamos con los personajes… Pero no todas las obras tienen que satisfacerlos todos. Más aún, con frecuencia son incompatibles».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.

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domingo, 13 de mayo de 2012

Dice Wayne Booth que no hay mejor tema novelesco que el de un hombre bueno enfrentado a decisiones morales importantes. Ahora bien, sigue, «nuestro actual descuido de términos morales como “hombre bueno” y “hombre malo” es sin duda infortunado si nos conduce a descuidar el papel que el juicio moral juega en la mayoría de nuestra lectura de valía. (…) No podemos evitar juzgar a los personajes que conocemos como moralmente admirables o despreciables, igual que no podemos evitar juicios sobre su habilidad intelectual. Podemos decirnos que no condenamos la estupidez y la depravación, pero creemos que los hombres no deberían ser estúpidos y depravados. Podemos explicar la conducta del villano refiriéndola a su circunstancia, pero incluso explicarlo es admitir que es algo que requiere excusa».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.

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viernes, 13 de abril de 2012

Así como Autorretrato con radiador y El Bajísimo me deslumbraron, no me ha pasado lo mismo con Un simple vestido de fiesta, varios relatos cortos de Christian Bobin acerca de la lectura. Hay momentos en los que (me parece a mí) falta claridad, otros en los que sobra énfasis, y otros en los que las afirmaciones suenan exageradas: son problemas propios de un estilo tan aforístico, como de fogonazos. Creo que las tres cosas, unidas con la fuerza y capacidad de sugerencia del autor que hacen que leerle siempre resulte provechoso, se pueden apreciar en dos párrafos.

Uno, cuando en la Presentación se dice: «La frontera entre los lectores y los demás, está más cerrada todavía que la del dinero. El que no tiene dinero carece de todo. El que está sin lectura carece de la carencia. El muro entre ricos y pobres es visible. Puede desplazarse o hundirse por zonas. El muro entre los lectores y los demás está mucho más hundido en la tierra, ante la vista. Hay ricos que no tocan ni un libro. Hay pobres que están devorados por la pasión de leer. Dónde están los pobres y dónde están los ricos. Dónde están los muertos y dónde están los vivos. Es imposible de decir».

Otro, cuando en «Y que le dejen en paz», se afirma: «El estado de crisis es el estado natural del mundo: guerra tras guerra, invento tras invento, volumen de ventas sobre tasas de suicidios, hambrunas sobre perfumes de lujo. En el mundo todo se mezcla. En el mundo todo pega con todo, salvo el amor. El amor no pega con nada. No está en ninguna parte. Escasea. Escasea como el pan en los periodos de guerra, como el aliento en las gargantas de los moribundos. Escasea como el tiempo en los juegos de la infancia. Y es que para amar hace falta tiempo, tanto tiempo que el tiempo no basta para responder a las necesidades de nuestro amor, a nuestras demandas de voz, de sangre, de sangre láctea en el firmamento. El cometa del amor sólo pasa rozando nuestro corazón una vez cada eternidad. Hay que estar vigilante para verlo».

Christian Bobin. Un simple vestido de fiesta (Une petite robe de fête, 1991). Madrid: Árdora, 2011; 127 pp.; trad. de José y Tono Areán; ISBN: 84-88020-46-8.

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jueves, 17 de noviembre de 2011

De esta buena entrevista selecciono una pregunta y una respuesta: 

—En los tiempos que corren y siendo [usted] quien es, es inevitable que le preguntemos por la crisis; ha dicho en alguna ocasión que se trata más de una crisis de valores, donde lo financiero es síntoma de problemas mucho más profundos. ¿Cómo pueden ayudar los libros a encontrar sentido en los momentos de dificultad como éste?

—Los libros te obligan a detenerte: primer punto a favor de la lectura, en una crisis de consumo acelerado y huida hacia delante. Los libros te ayudan a ponerte en la posición de otros: otro punto a favor, en una crisis de individualismo exacerbado. Los libros se leen y releen, se aconsejan y se prestan: toda una lección en un mundo de consumo y caducidad instantáneas. Los libros muestran belleza y apuntan a la Belleza, gran éxito del espíritu ante la animalidad del ambiente y la fealdad de la porquería vestida de seda. Los libros enseñan con profunda humildad, algo muy necesario en una cultura de éxito arrogante como la nuestra. Los libros, si son buenos, te hacen mejor, aunque no se note: otro punto para una sociedad que enfatiza mostrar los resultados a corto. Son elegantes formas de indicarnos que nos queda mucho por saber, por pensar, por visitar, por amar, por dar…

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viernes, 4 de noviembre de 2011

Jaime Nubiola:
«Escribir, leer, volver a leer y volver a escribir: son los recursos del pensar. Escribir es poner en limpio lo pensado, leer es comprender lo pensado por otro. Ese es el telar en el que se teje nuestra vida intelectual. Lo único realmente importante es no parar de pensar, porque los seres humanos siempre podemos pensar más y eso nos hace cada vez más humanos, cada vez mejores». Y, además, nunca se ha de pensar que es demasiado tarde para pensar.

Alejandro Llano, Manuel Casado, Jaime Nubiola. Textos para la formación humanística (2011). Sevilla: Fundación Altair, 2011; 75 pp.; ISBN: 978-84-938675-6-0.

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domingo, 18 de abril de 2010

Ernst Jünger
«Los libros. Es hermoso encontrar en ellos pensamientos, palabras, frases, que nos hacen presentir que el relato conduce, como un sendero trazado con arte, a través de vastos bosques que el lector no conoce. Es llevado así por territorios cuyos límites le quedan ocultos, y sólo de vez en cuando llega hasta él, como un soplo perfumado, la noticia de que allí hay grandes riquezas. El autor ha de parecerse a alguien que reparte regalos sacándolos de tesoros ilimitados; y mientras distribuye moneda corriente, con ella entremezcla de vez en cuando también otras monedas que tienen un cuño extraño – doblones en los que se distinguen las armas de reinos no explorados. La frase de Kipling: “Pero esto es otra historia”, debe figurar en el texto, figurar de un modo más sutil todavía».

Ernst Jünger. Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0. Nueva edición en 2005; ISBN: 978-84-8310-427-9.

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domingo, 30 de noviembre de 2008

Ricardo Piglia: «“¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta?” Es una de las preguntas claves de la sociedad de masas. Sin duda, se funda en Robinson Crusoe y supone que para salir de la multiplicidad o de la proliferación del mercado hay que estar en una isla desierta. La pregunta es precavida e incluye varias a la vez: “¿Qué libro leería si no puede hacer otra cosa?” Y también: “¿Qué libro cree usted que le sería de utilidad personal para sobrevivir en condiciones extremas?” Hay, por supuesto, una teoría de la lectura implícita en la pregunta». A todo esto, se puede recordar que Robinson organizaba su día según un plan en el que lo primero era la lectura de las Sagradas Escrituras, para lo cual reservaba cierto tiempo tres veces por día: «la regla que se impone es clara: antes de actuar, hay que leer». O, dicho de otro modo, Robinson «lee para vivir».

Ricardo Piglia. El último lector (2005). Barcelona: Anagrama, 2005; 190 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 84-339-6877-7.

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viernes, 14 de noviembre de 2008

Lo he pasado bien con Una lectora nada común, de Alan Bennett, un relato inteligente y ameno que habla de la pasión por la lectura. Con casi ochenta años, la reina de Inglaterra se hace lectora de toda clase de libros; eso trae consigo cambios en el modo en que cumple con sus obligaciones y causa reacciones de sorpresa e incluso irritación a su alrededor; además, poco a poco, también se pone a escribir. Con un estilo directo y unos diálogos excelentes, la historia se desarrolla con fluidez y una ironía elegante que dirige sus dardos en cualquier dirección. Así, a la reina no le atrae demasiado Jane Austen: «Puesto que las distinciones sociales constituían la esencia de los escritos de Jane Austen, y a la reina le parecían más intrascendentes que a un lector ordinario, su lectura le parecía particularmente fatigosa». O bien, después de leer a Proust —el único autor no inglés que se cita en todo el libro— y, hablando con sus ministros, la reina comenta: «el libro de Proust es largo, pero, si el esquí acuático lo permite, se puede leer entero en las vacaciones de verano». Además, el final de la historia es perfecto.

Alan Bennett. Una lectora nada común (The Uncommon Reader, 2007). Barcelona: Anagrama, 2008; 119 pp.; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 978-84-339-7475-4.

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sábado, 14 de junio de 2008

Hans Robert Jauss: «”Media are not mediations”: los nuevos "mass-media" del arte contemporáneo no sólo han conmocionado la vieja cultura del leer, propia de la era burguesa, sino que, además, amenazan con la primacía del signo sobre la palabra, con la efectividad del "shock" y con la invasión mediante estímulos que hay que recoger y que —con esa violencia manipuladora que tienen las informaciones que sólo se acumulan y que difícilmente pueden integrarse en el recuerdo personal— eliminan tanto el placer intelectivo de la lectura como la formación de la experiencia estética en el sentido tradicional».

Hans Robert Jauss. Experiencia estética y hermenéutica literaria: ensayos en el campo de la experiencia estética (Ästhetische Erfahrung und literarische Hermenutik, 1977). Madrid: Taurus, 1986; 436 pp.; col. Persiles, Teoría y crítica literaria; trad. de Jaime Siles y Ela María Fernández-Palacios; ISBN: 84-306-2167-9.

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sábado, 7 de junio de 2008

En sus estudios sobre la experiencia estética señala Hans Robert Jauss que fue Baudelaire quien volvió al concepto histórico-filosófico de lo espontáneo y recordó el carácter primario de la percepción infantil. Y continúa: «La percepción infantil, gracias a su carácter inicial y a su totalidad sensorial, se convierte en la medida ideal de la experiencia estética. Lo que el niño reconoce como nuevo, porque lo ve por primera vez, también lo reconoce el adulto, porque en él está como experiencia pasada y puede volverse a recordar: el poeta que es capaz de superar el extrañamiento de la realidad y de reproducir, mediante una actividad estética consciente, el mundo en su carácter originario, devuelve a nuestra conciencia una realidad olvidada o reprimida. La teoría de la experiencia estética de Baudelaire se adelanta a un punto común de la estética de Freud y Proust: la profundidad de la experiencia estética ya no radica en la percepción sutil de lo nuevo o la representación sorprendente de otro mundo, sino en el abrir la puerta al reconocimiento de las vivencias sepultadas y olvidadas y reencontrar, así, el ya reencontrable tiempo perdido».

También por eso algunos disfrutamos con los (buenos) libros infantiles.

Hans Robert Jauss. Experiencia estética y hermenéutica literaria: ensayos en el campo de la experiencia estética (Ästhetische Erfahrung und literarische Hermenutik, 1977). Madrid: Taurus, 1986; 436 pp.; col. Persiles, Teoría y crítica literaria; trad. de Jaime Siles y Ela María Fernández-Palacios; ISBN: 84-306-2167-9.


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domingo, 5 de agosto de 2007

Romano Guardini:
 «El libro es (...) un discurso que permanece incluso después de haber sido pronunciado: gracias a los signos, que tienen la propiedad de la duración, el lector puede hacer que la palabra se repita continuamente. Naturalmente, de esta forma se hace claro también qué debería ser la lectura: un despertar del discurso hablado. Cuando un hombre de la antigüedad tomaba un libro en sus manos —o mejor, un rollo de escritura; el libro tenía para él una figura distinta que para nosotros—, no leía sólo con los ojos, sino que pronunciaba las palabras a media voz. Tenía de esta forma la garantía de que se hacía evidente la forma entera de la palabra y de la frase. Hablaba y escuchaba al mismo tiempo y, escuchando, controlaba la propia lectura.

Nosotros, hombres de hoy, leemos callando, y con esto corremos el peligro de no captar hasta el fondo el sentido de las palabras. Los ojos se deslizan de un signo a otro, el intelecto se dirige inmediatamente a sus significados; cae el elemento corpóreo. En esto se encuentra el objetivo de aprender a leer, sobre todo cuando se trata de libros en los que es esencial la sonoridad de la palabra; cuando se trata de lenguaje estilísticamente elaborado, sea prosa o poesía. Cosas de este tipo, cuando se leen, habría que referirlas al discurso hablado. La ganancia sería grande».

Romano Guardini. Elogio del libro (Lob des Buches, conferencia de 1948, editado como libro en 1963). Madrid: Encuentro, 1998; 62 pp.; trad. de Carmen Salgado; ISBN: 84-7490-485-4.

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domingo, 20 de mayo de 2007

Quizá por las coincidencias en gustos, además de que está bien escrito e hilado, lo he pasado bien leyendo Mis libros inolvidables, de Hilario Mendo. Quienes disfruten hablando de libros entrarán en sintonía con este «viene y va entre ficción y realidad, entre lo que nos gustaría ser y lo que de hecho somos», entre anécdotas personales y matizadas opiniones literarias. Dos de los juicios certeros que me han gustado: Karen Blixen como una escritora que capta y describe como nadie los momentos de plenitud, la obra de Paul Auster como «un monumento a la perplejidad»... Dos de las observaciones al paso bien traídas que también he anotado: la definición que daba Julián Marías de «pesado»: el que te quita la soledad y no te da la compañía; el «no corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti mismo», que decía Juan Ramón.

Hilario Mendo. Mis libros inolvidables 1966-2000 (2006). Madrid: Rialp, 2006; 200 pp.; ISBN: 84-321-3600-X.

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miércoles, 13 de septiembre de 2006

A propósito de la promoción de la lectura no está de más recordar que, como en muchas otras cuestiones, tampoco en esta funcionan las simplificaciones. Es loable querer hacer fácil lo difícil, pero no siempre es posible. Ninguna publicidad hace que un niño pase una página tras otra durante horas. Eso sólo lo consigue el mismo libro. Por eso pienso que la verdadera animación a la lectura es dar a conocer los mejores libros y confiar en la fuerza que tienen y en la inteligencia de los receptores.

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sábado, 26 de agosto de 2006

Dice Kafka a su interlocutor: «Un libro no puede sustituir al mundo. Es imposible. En la vida todo tiene un sentido y una finalidad que ninguna otra cosa puede cubrir plenamente. Por ejemplo, no se pueden vivir experiencias a través de un doble. Lo mismo sucede con el mundo y los libros. Los libros intentan encerrar la vida como se encierra a los pájaros cantores en una jaula. Pero eso no sale bien. ¡Al contrario! Partiendo de las abstracciones contenidas en los libros el hombre no hace sino construirse a sí mismo la jaula de un sistema».

Gustav Janouch. Conversaciones con Kafka.

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domingo, 1 de enero de 2006

Harold Bloom: «Leemos, creo, para reparar nuestra soledad, aunque en la práctica cuanto mejor leemos más solitarios nos volvemos. No considero que la lectura sea un vicio, pero tampoco es una virtud. (...) La razón más profunda para leer tiene que ser la búsqueda de sabiduría. (...) La sola lectura no nos salvará ni nos hará sabios, pero sin ella nos hundiremos en la muerte en vida de esta visión simplificada de la realidad que Estados Unidos, como tantas otras cosas, impone al mundo».

En días como estos, a este comentario, en muchos sentidos certero, algunos añadiríamos que la Navidad habla de otra Sabiduría, la que más importa, quizá la única que verdaderamente importa.

Harold Bloom. ¿Dónde se encuentra la sabiduría? (Where Shall Wisdom Be Found, 2004). Madrid: Taurus, 2005; 259 pp.; col. Pensamiento; trad. de Damian Alou; ISBN: 84-306-0576-2.

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sábado, 29 de octubre de 2005

Existe una diferencia entre realismo de contenido y realismo de presentación. Ambos son independientes entre sí, aunque indudablemente pueden mezclarse. Así, Tolstoi con Guerra y Paz o George Eliot con Middlemarch, componen obras con realismo de contenido y de presentación: nos sentimos inclinados a decir "la vida es así". La tragedia francesa es realista de contenido pero no de presentación. Los romances medievales lo son de presentación pero no de contenido. Y hay obras sin ninguna de las dos clases de realismo, como Edipo Rey o Orlando furioso. El lector maduro sabe que que cada libro ha de tener el tipo de realismo que pretenda tener y no se verá engañado por ninguno, porque no confunde el arte con la vida ni con la filosofía.

C. S. Lewis. La experiencia de leer.

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sábado, 13 de agosto de 2005

Dice Birkerts en Elegía a Gutenberg que la lectura mantiene viva la idea de que «la vida no es una secuencia de momentos vividos, sino un destino». El lector «es un explorador de causas y efectos, y de conexiones a través del tiempo. No vive en el presente como los demás —o no del todo—, porque sabe que el presente es un punto móvil dentro del más amplio proyecto de que está pendiente».

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domingo, 5 de junio de 2005

Sven Birkerts:
«La ficción sólo conserva su vitalidad cultural en la medida en que pueda llevar a sus lectores noticias significantes de lo que supone vivir en el mundo actual. Sus otras funciones —evadir, tranquilizar, entretener— en última instancia resultan triviales».

Sven Birkerts. Elegía a Gutenberg: El futuro de la lectura en la era electrónica (The Gutenberg Elegies, 1994). Madrid: Alianza, 1999; 295 pp.; col. Alianza Literaria; trad. de Daniel Manzanares; ISBN: 84-206-5445-0.

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miércoles, 30 de marzo de 2005

Estoy de acuerdo con Helene Hanff cuando afirma «que no hay nada menos sacrosanto que un mal libro e incluso un libro mediocre». Y también hago mío su comentario de que «va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probártelo...», aunque lo matizaría señalando que las recomendaciones de algunas personas sí me pueden valer como si lo hubiera leído yo mismo.

Helene Hanff. 84, Charing Cross Road (1970). Barcelona: Anagrama, 2004, 5ª impr.; 126 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Javier Calzada; post-scriptum de Thomas Simonnet; ISBN: 84-339-6982-X.

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