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Notas del archivo 'Enfoques' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 15 de marzo de 2015

En Historia mínima del siglo XX John Lukacs dice:

«En los extremos del espectro político-ideológico podemos, pues, detectar la presencia del miedo en la izquierda radical y la presencia del odio en la derecha radical. Aunque esto no está limitado a los creyentes de ambos extremismos. Hay compañeros de viaje de la izquierda, pero también los hay de la derecha, y estos últimos han sustituido su miedo por la sensación agradable de verse admitidos entre los nacionalistas. Estas no son categorías sino tendencias. Pero tampoco son inclinaciones que puedan atribuirse únicamente a la atracción de las ideologías políticas. Son características humanas y por lo tanto complejas, son inclinaciones y potencialidades que no están fijas ni determinadas. No pueden explicarse mediante definiciones como “la personalidad autoritaria” o “la tentación totalitaria”.
Los hombres y las mujeres no tienen ideas. Las eligen».

Y en Últimas voluntades dice:

«Cada ser humano ve el mundo desde su perspectiva particular. Esto es algo inevitable, sí: pero no determinante. Nosotros no sólo elegimos qué y cómo pensamos, sino también qué y cómo vemos. Según el subjetivismo, yo sólo puedo pensar y ver de una manera: la mía; y alguien diferente solo podrá de otra: la suya. Lo cual es falso, puesto que pensar y ver son actos creativos: parten de dentro, no de fuera. Por esta razón, no sólo somos responsables de cómo y qué hacemos o decimos, sino también de cómo y qué pensamos y vemos. (O de lo que queremos pensar y de lo que queremos ver)».

John Lukacs. Historia mínima del siglo XX (A Short Story of the Twentieth Century, 2013). Madrid: Turner, 2014; 267 pp.; col. Historias mínimas; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-15832-27-0. [Vista del libro en amazon.es]
John Lukacs. Últimas voluntades. Memorias de un historiador (Last Rites, 2009). Madrid: Turner, 2013; 199 pp.; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-7506-728-5. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 31 de mayo de 2012

«Sólo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente», dice Nicolás Gómez Dávila, aunque si aplicamos el aforismo no a la eternidad sino a esta vida, lo podemos terminar, más modestamente, con un «para descubrir aquello que compensa releer». Lo he pensado al leer El pábilo vacilante, entradas de Rayos y Truenos entre 2008 y 2011 que, así, en el contrastado formato de libro en papel, supongo que ganarán nuevos lectores pero que, me parece, disfrutarán más quienes las habían leído ya.

A los nuevos lectores que tenga el libro hay que decirles que su autor cumple con creces el primer mandamiento estético que, según dice, le transmitió su madre: el de no aburrir al prójimo. Que sabe, como decía Robert Bresson, convocar la emoción resistiéndose a la emoción y sin dejarse aturdir por ese concepto tan triste de la tristeza que algunos tienen. Que propone y procura «que los puntos de vista no se conviertan en puntos de mira», como se aprecia en el diagnóstico de la crisis económica que figura en Demografía y ecografía. Que no sólo hace comentarios literarios y poéticos luminosos sino que también, a veces, da útiles pistas a los estudiosos del folclore popular como en Nanalogía. Y que no se priva de hacer originales sugerencias educativas para padres con niños pequeños como él mismo: «Viejo lector de cómics, cuando entro en un cuarto con ella en brazos enciendo dando un leve toque con su cabecita en el interruptor. Se hace la luz, y le digo “¿ves?”. (Que se vaya acostumbrando a usar la cabeza para encender las bombillas de las ideas brillantes)».

aquí se puede leer una reseña completa.

Enrique García-Máiquez. El pábilo vacilante (2012). Sevilla: Renacimiento, 2012; 253 pp.; ISBN: 978-84-8472-673-9.

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viernes, 27 de abril de 2012

En la biografía de Roy Campbell de la que hablé, se menciona una carta de Virginia Woolf descalificando a T. S. Eliot cuando tuvo noticia de su conversión, a la que también se refiere Jiménez Lozano en un apunte de sus diarios. Habla de que Virginia Woolf tuvo una entrevista con Canetti en la que le decía: «“Pobre y querido Tom, de quien bien puede decirse que, de ahora en adelante, ha muerto para nosotros”, y explicó a Vanessa Bell: “Quiero decir que hay algo obsceno en que una persona viva se siente junto al fuego y crea en Dios”. Y —sigue Jiménez Lozano— hoy esto es algo incontrovertible, y forma parte del ideario progresista cosmopolita. Pero un cristiano, decía Kierkegaard, se pone a la puerta de su casa a fumar su pipa y a ver pasar el mundo con todas estas historias. Y Kierkegaard, desde luego, admiraba la honestidad intelectual y moral de un ateo serio en un ámbito de cristiandad más bien fácil. Los agnosticismos y otras seguridades elegantes como las de “los Bloomsbury” son mucho más fáciles y no precisan seriedad alguna». Esto de las seguridades elegantes, por cierto, es también una idea del diálogo que mantienen Negro y Blanco.

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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jueves, 19 de abril de 2012

El año 2010 recibí una felicitación de Navidad muy singular. Su autor, Echeve, acaba de publicar Plan B. 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis, un libro distinto a lo habitual. No es necesario reseñarlo porque sería difícil decir algo distinto a lo que se indica en el blog que ha preparado el mismo autor. Se puede añadir que está muy bien escrito, que los veinticinco puntos negros de la portada no están colocados casualmente, y subrayar que la contracubierta anuncia que Plan B «se parece a una colección de partituras» y que, «como todo lo inútil, se orienta a la práctica».

Echeve. Plan B. 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis (2012). Palencia: Peripecia Editorial, 2012; 118 pp.; ISBN: 978-84-615-6955-7.

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domingo, 19 de febrero de 2012

Dice Christopher Lasch que la esperanza de alcanzar la madurez emocional empieza por el reconocimiento de nuestra necesidad y de nuestra dependencia de gente que, nos guste o no, es distinta de nosotros y no acepta someterse a nuestros caprichos. Esa esperanza «descansa en un reconocimiento de los demás, no como proyección de nuestros deseos sino como entidades independientes que tienen sus propios deseos». En otro sentido, descansa en que aceptemos nuestros límites: «el psicoanálisis corrobora la vieja conclusión de índole religiosa de que la única forma de alcanzar la felicidad consiste en aceptar las propias limitaciones, en actitud de gratitud y contrición, y no en intentar anular esas limitaciones o en renegar amargamente de ellas».

Christopher Lasch. La cultura del narcisismo (The Culture of Narcisism, 1979; revisión y posfacio del autor de 1990). Barcelona: Andrés Bello, 1999; 330 pp.; trad. de Jaime Collyer; ISBN: 84-89691-97-5.

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domingo, 12 de febrero de 2012

Christopher Lasch:
«La mejor defensa contra los terrores de la existencia es el consuelo doméstico del amor, el trabajo y la vida familiar, que nos vinculan a un mundo independiente de nuestros deseos aunque sensible a nuestras necesidades. A través del amor y del trabajo, como Freud hacía notar en una anotación característicamente mordaz, podemos sustituir el conflicto emocional arrasador por una insatisfacción común y corriente. El amor y el trabajo nos capacitan para explorar un pequeño rincón del universo y llegar a aceptarlo como es». Eso sí, conviene reparar en que la sociedad en la que vivimos «tiende a devaluar esos pequeños consuelos o bien a esperar demasiado de ellos. Nuestros criterios acerca de lo que es “trabajo creativo y con sentido” son demasiado exaltados para que puedan sobrevivir el desengaño. Nuestro ideal del “verdadero enamoramiento” deposita en las relaciones íntimas una carga que resulta imposible sobrellevar. Exigimos demasiado a la vida y nos exigimos demasiado poco a nosotros mismos». (He cambiado un poco la traducción).

Christopher Lasch. La cultura del narcisismo (The Culture of Narcisism, 1979; revisión y posfacio del autor de 1990). Barcelona: Andrés Bello, 1999; 330 pp.; trad. de Jaime Collyer; ISBN: 84-89691-97-5.

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viernes, 14 de octubre de 2011

Esperaba más del libro de Steven Johnson titulado Las buenas ideas. Una historia natural de la innovación, tal vez porque un título así promete demasiado… En cualquier caso está bien: el autor pone, y cuenta con amenidad, ejemplos variados sobre la manera en que se han producido distintos descubrimientos a lo largo de la historia —cómo se han abierto paso algunas ideas y cómo funciona la creatividad humana— e intenta ver pautas comunes. Entre otras, habla de las corazonadas lentas, de los hallazgos inesperados, de cómo uno aprende cuando se confunde, de las veces en que lo nuevo aparece cuando aplicamos algo para otro fin distinto, de los ambientes más propicios para la innovación, etc. Y de un concepto, que toma del científico Stuart Kauffman, en el que podríamos incluir casi todo: el de lo posible adyacente, «expresión que condensa tanto los límites como el potencial creativo del cambio y la innovación. (...) Lo posible adyacente es una especie de futuro borroso, que asoma por el borde del estado actual de las cosas, un mapa de todos los caminos que puede tomar el presente para reinventarse. Pero no es un espacio infinito, ni un campo de juego totalmente abierto. (...) Lo posible adyacente nos dice que, en cualquier momento dado, el mundo es capaz de experimentar cambios extraordinarios, pero que sólo pueden suceder ciertos cambios».

Steve Johnson. Las buenas ideas. Una historia natural de la innovación (Where Good Ideas Comes From. The Natural History of Innovation, 2010). Madrid: Turner, 2011; 318 pp.; col. Turner Noema; trad. de María Sierra; ISBN: 978-84-7506-289-1.

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viernes, 15 de octubre de 2010

Ética: cuestiones fundamentales
, un libro pequeño y jugoso de Robert Spaemann del que se ha publicado la novena edición hace pocos meses, está compuesto por una serie de ocho charlas radiofónicas con estos títulos: «¿son relativos el bien y el mal?», «educación o el principio del placer y de la realidad», «formación o el propio interés y el sentido de los valores», «justicia o yo y los otros», «¿el fin justifica los medios?», «¿hay que seguir siempre la conciencia?», «¿qué convierte una acción en buena?», «serenidad o actitud ante lo que no podemos cambiar».

A este último capítulo pertenece lo siguiente: «El fanático es aquel que está afincado en la idea de que no existe más sentido que el que nosotros damos y ponemos. Si conoce el hecho de que quien actúa se enfrenta a la hegemonía del destino, entonces se niega a aceptarlo. Quiere variar las condiciones ambientales o irse a pique. Michael Koolhaas se convierte en un fanático. No está dispuesto a aceptar su impotencia ante la injusticia que sufre, y pone fuego al mundo para que el derecho vuelva a ser implantado. Fanático es el revolucionario que no reconoce límites morales a su proceder, porque parte de la idea de que sólo gracias a éste adquiere sentido el mundo; el punto de vista moral parte, en cambio, de que el sentido está ya ahí, en la existencia de cada hombre, y de que, si no fuera así, serían vanos todos los esfuerzos de hacer algo con sentido. El fanático es aquel que exclama con Hitler: si fracasamos, la historia mundial ha perdido su sentido.

Lo contrario del fanático es el cínico, aunque de un parecido tan sorprendente que, en la práctica, se confunden. El cínico no adopta el partido del sentido contra la realidad, sino el de la realidad contra el sentido, renuncia al sentido. Considera la acción bajo el aspecto del acontecer mecánico. Cree en el derecho del más fuerte. (...) El cínico es inaferrable porque ha tomado de antemano el partido de la realidad falta de sentido. El fanático tiene, por así decirlo, espuma en la boca; el cínico, ironía. A menudo, después de algún tiempo, el fanático se convierte en cínico, justamente cuando ha experimentado el poder de la realidad que él combate. En el fondo, ambos están de acuerdo, desde el principio, en que la realidad que rodea nuestras acciones, que les sirve de presupuesto y en la que desembocan, no tiene sentido».

Robert Spaemann. Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; trad. de José María Yanguas; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Para ilustrar si hay algún criterio que nos permita distinguir lo real de lo irreal, el filósofo alemán Robert Spaemann cuenta una pequeña historia:

«Cuando yo tenía cinco años me vi perseguido por una bruja durante el sueño. Ella corría detrás de mí por una calle del pueblo y yo corría para salvar mi vida. La distancia se iba acortando cada vez más. De repente se me ocurrió algo que mi madre me había dicho: las brujas no existen. Mi madre decía siempre la verdad. Por lo tanto, la creía más a ella que a las apariencias. Y mi conclusión fue que la bruja tenía que ser un sueño. Solamente se trataba de despertar antes de que la bruja, cuyo aliento ya sentía, me agarrara. Confiando en la palabra de mi madre empecé a dar vueltas de un lado a otro hasta que desperté».

Y Spaemann concluye: «Mi modo de actuar no respondió a ningún criterio empírico que pusiera de manifiesto que la bruja era irreal. Más bien se trató de un acto de fe que me hizo arriesgarme a tenerla por irreal».

Robert Spaeman. Texto (algo corregido) tomado de una conferencia titulada Realidad como antropomorfismo (Wirklichkeit als Anthropomorphism, 2000), contenida en Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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sábado, 9 de agosto de 2008

En un comentario fechado al poco de ingresar en prisión, Nicolae Steinhardt dice: «Fíjate, esto es el surrealismo: los objetos, los mismos de siempre, conocen otro orden, tienen otra finalidad. Es como decir: también se puede de esta manera. Ahora, sí, la tetera es una mujer, la estufa es un elefante... Max Ernst, Dalí, Duchamp... Pero también El grito de Munch. Tengo ganas de gritar, de despertarme de la pesadilla, de volver a nuestro viejo mundo, bueno y tierno, donde las cosas, sensatas, son lo que sabemos que son y responden a la función que les atribuimos desde siempre...».

A lo cual, más tarde añade: «Me sorprende que los surrealistas se hayan pasado todos a las filas del antifascismo, dado que la famosa declaración de Hanns Johst, “cuando oigo la palabra cultura pongo la mano en el revólver”, estuvo precedida de otra del papa del surrealismo, “La acción surrealista más simple consiste en salir a la calle con una pistola en la mano y disparar ráfagas contra la multitud”. (Es un misterio por qué se refugió André Breton en los Estados Unidos precisamente cuando en Europa se estaba realizando su sueño; un misterio más de los que nos superan)».

Paréntesis míos. Uno: siempre había oído que la cita de la cultura y la pistola era de Goebbels y no sabía que era de Hanns Johst, un dramaturgo alemán que enalteció el nazismo, y que fue pronunciada en su obra Shlageter, escrita y escenificada en 1933 para celebrar la victoria de Hitler. Otro: sí sabía que la segunda era del primer Manifiesto surrealista (1924), y pienso ahora de qué modo, tan dramáticamente irónico, podría relacionarse con sucesos como los tiroteos en colegios estadounidenses; y supongo que podría ponerse como ejemplo de que decir bobadas no sale gratis.

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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viernes, 13 de junio de 2008

Me gusta mucho este comentario:

«Los protestantes que se ríen de san Antonio de Padua me parecen muy incomprensivos. En san Antonio de Padua ven al patrón de las llaves y perros perdidos. Es de buen gusto encoger los hombros y sonreír cuando oyes hablar de un santo que se ha especializado en estas minucias y recluta a su clientela entre viejas sordas, desmemoriados, maniáticos y diabéticos... Incluso muchos de los fieles de la iglesia lo evitan, prefiriendo la sociedad selecta de un Agustín, un Tomás de Aquino, un Jerónimo... San Francisco de Asís, con todos sus rasgos contestatarios y de hippy —iba por ahí desnudo, hablaba con los pájaros, vivía de la caridad— está mejor visto porque es pintoresco (los pájaros son poéticos), ¿pero qué se puede pensar de un santo que cuida de seres tan poco apetecibles e interesantes como los viejos que no encuentran sus llaves, que han perdido el perro, que se olvidan de qué se han olvidado?

¡Cuánta ceguera y estrechez! San Antonio es especialmente digno de toda admiración porque es tan bueno que se compadece de unos pobres seres de los que todo el mundo se ríe o a los que todos miran por encima del hombro, con ironía y condescendencia. Pero la pérdida de unas llaves puede ser ocasión de terrible sufrimiento (más penoso porque además parece ridículo) y la muerte de un perro querido es una tragedia para quien está solo y débil en el mundo y ante la vida. Existe también un esnobismo de la compasión: sólo se compadece uno ante los héroes y los acontecimientos solemnes. Por el contrario san Antonio se atreve a enternecerse por los dolores triviales y a inclinarse compasivo sobre los sufrientes vestidos de negro, sobre los escarnecidos y los amantes de los gatos.

Yo aquí veo un exceso de bondad, una caridad sutil: un tipo de misión no en las lejanas islas de los mares del sur, sino en las regiones más modestas de la psique, en el cruce entre la torpeza y la resignación. ¿Acaso los vencidos, los atolondrados y los desafortunados no tienen derecho a consuelo?».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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domingo, 25 de mayo de 2008

Una cita más de Erich Auerbach, que se puede sumar a las suyas de los dos domingos anteriores —El estilo clásico y el estilo bíblico y Un género radicalmente nuevo— y a otras sobre la Divina Comedia de hace unas semanas: la concepción dominante de la realidad en la Edad Media europea era la interpretación «figural», una «interpretación según la cual la vida terrenal es del todo real, posee la realidad de la carne en la que advino el Logos, pero toda su realidad no es sino umbra y figura de lo auténtico, de lo futuro, de lo definitivo y verdadero que, revelando y preservando la figura, contiene la realidad verdadera. De este modo no se percibe el acontecer terrenal como algo definitivo ni como una realidad autosuficiente, ni como un eslabón en la cadena de un desarrollo en el que de un acontecimiento o del efecto conjunto de varios emanan otros nuevos, sino que dicho acontecer se contempla, ante todo, en una conexión directa y vertical con un orden divino del que participa y respecto del cual también él será en el futuro una realidad acaecida y consumada. Es así como el acontecer terrenal de la profecía real o de la figura forma parte de la realidad que se consumará inmediata y perfectamente en el futuro. Pero esta realidad no es sólo futura, sino que a los ojos de Dios y en el más allá está eternamente presente, de tal forma que allí la realidad desvelada y verdadera existe desde siempre, intemporalmente. A la luz de todo esto, la obra de Dante se manifiesta como un intento de abarcar poética y sistemáticamente la totalidad de la realidad universal».

Erich Auerbach. Figura (Figura. Sacrae Scripturae Sermo Humilis, 1938). Madrid: Trotta, 1998; 147 pp.; col. Minima Trotta; trad. de Yolanda García Hernández y Julio A. Pardos; prólogo de José M. Cuesta Abad; ISBN: 84-8164-229-0.

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domingo, 30 de septiembre de 2007

Una descripción en La muerte llama al arzobispo:

«Cuando se marchaba de la roca, el árbol o la duna que lo había cobijado durante la noche, el navajo se ocupaba de borrar cuidadosamente cualquier rastro de su estancia temporal. Enterraba las brasas del fuego y los restos de comida, esparcía las piedras que había apilado, rellenaba los hoyos que había escarbado en la arena. Como era lo mismo que hacía Jacinto, el padre Latour juzgó que, así como los blancos se imponían a cualquier paisaje, lo cambiaban y en cierta forma lo rehacían (para acabar dejando al menos alguna señal o recuerdo de su estancia), en cambio la costumbre india era cruzar un lugar sin dejar rastro, como el pez en el agua o los pájaros en el cielo.

El estilo indio era disolverse en el paisaje, no sobresalir en él. Los poblados hopis que se alzaban en lo alto de las mesas rocosas estaban hechos para que parecieran como la misma roca, imperceptibles en la distancia. Las cabañas de los navajos, entre arena y sauces, se hacían con arena y sauces. Ningún pueblo indio admitía en aquella época ventanas de cristal en su vivienda. El reflejo del sol en el vidrio les resultaba antinatural, hasta peligroso. Además, a aquellos indios les disgustaban los cambios y novedades. Iban y venían por los viejos senderos trazados en la roca por los pies de sus padres, usaban la vieja escalera natural de piedra para trepar hasta sus poblados en las cimas de las mesas, acarreaban el agua de las mismas fuentes de siempre, después incluso de que los blancos hubieran abierto pozos.

Los indios tenían una paciencia inagotable para el repujado de la plata o la talla de turquesas; prodigaban destreza y afanes en sus mantas, cinturones y trajes de ceremonia. Pero su idea de la decoración no se extendía al paisaje. No parecían compartir el deseo europeo de “amaestrar” la naturaleza, organizarla y recrearla. Empleaban de modo distinto su ingenio: eran ellos los que se acomodaban al escenario. Y no era tanto por indolencia, pensó el obispo, como por una cautela y un respeto heredados. Era como si aquel inmenso territorio estuviese dormido y ellos desearan vivir la vida sin despertarlo, o como si los espíritus de la tierra, el aire y el agua fueran algo que no había que provocar ni turbar. Cuando cazaban lo hacían con esa misma discreción: una cacería india nunca era una matanza. No asolaban bosques ni ríos y, si regaban, utilizaban sólo el agua necesaria. Trataban con respeto el paisaje y todo lo que contenía: como no intentaban mejorarlo, nunca lo profanaban».

Willa Cather. La muerte llama al arzobispo (Death Comes for the Archbishop, 1927). Madrid: Cátedra, 2000; 332 pp.; col. Letras universales; edición de Manuel Broncano; trad. de Julio César Santoyo y Manuel Broncano; 84-376-1793-6.

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domingo, 9 de septiembre de 2007

Jean Guitton:
«Hay límites en todas las cosas: límites para la enunciación, que no debe más que muy raramente, ser llevada hasta lo absoluto; límites para la exploración, que debería detenerse ante lo insondable y lo inefable; límites para el juicio mismo que, falto de información, de competencia o de certidumbre, debe optar por abstenerse. Ya hablaban los catecismos de antaño de “quien juzgaba en vano y sin necesidad”. Es difícil mantener el sentido de los límites. Así, en las conversaciones, se cruza enseguida la frontera que separa lo que divierte de lo que hace daño, lo que es una hipótesis y lo que es una insinuación».
Y es que, dice más adelante Jean Guitton, «los límites son parte de las cosas mismas, como las fisuras son parte de los cántaros o las cicatrices del cuerpo».

Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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jueves, 24 de mayo de 2007

A lo largo de El Señor de los anillos hay «una especie de antiironía, a medida que uno se va dando cuenta poco a poco de que la frustración, el pesimismo, incluso casi el desespero, de los personajes son naturales y están justificados, y a la vez son innecesarios y erróneos. Las cosas van mal, pero podrían ir peor. Aun en el peor de los casos, hay cierta sensación proverbial que dice que nunca se puede estar seguro: “Con frecuencia el mal echa a perder el mal”, dice Gandalf; “un golpe apresurado suele no dar en el blanco”, dice Aragorn; “un traidor puede traicionarse a sí mismo y hacer involuntariamente el bien”, dice Gandalf de nuevo».

Tom Shippey. J. R. R. Tolkien: autor del siglo.

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viernes, 4 de mayo de 2007

Christian Bobin: «Hemos recorrido un largo camino. De la infancia a la edad adulta, del error a la verdad. Sabemos ahora dónde está la verdad. Está en el sexo, en la economía y en la cultura. Y sabemos muy bien donde está la verdad de esta verdad. Está en la muerte. Creemos en el sexo, en la economía, en la cultura y en la muerte. Creemos que la palabra definitiva corresponde a la muerte, que rechina entre sus dientes que atenazan su presa, y contemplamos los siglos pasados desde lo alto de esta creencia, con indulgencia y desprecio, como todo lo que se contempla desde arriba. No podemos reprocharles sus errores. Eran sin duda necesarios. Ahora hemos crecido. Ahora sólo creemos en lo poderoso, razonable, adulto —y nada es más pueril que la luz de una vela temblando en la oscuridad».

Christian Bobin. El Bajísimo.

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domingo, 18 de marzo de 2007

Adam Zagajewski: «Frente al mundo se pueden tomar dos actitudes: uno puede declararse a favor de los silenciosos escépticos y cínicos, que, alegremente, se dedican a desdeñar los fenómenos de la vida y gustan de reducirla a sus ingredientes más menudos, evidentes y aun banales. O bien —segunda opción— puede aceptarse la posibilidad de que las cosas grandes e invisibles existan de verdad, y, sin caer en la exaltación vana ni en la retórica insufrible de los predicadores ambulantes, intentar expresarlas o, al menos, rendirles homenaje, lo que, por lo demás, no significa en absoluto que entonces vaya uno a cerrar los ojos a todo lo pequeño y bajo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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jueves, 14 de diciembre de 2006

Aunque su ambición y su potencia no sean equiparables a El último legado del rey Tsongor, una verdadera bomba, El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, es una magnífica novela. El autor cuenta con ritmo e intensidad crecientes las andanzas de unos personajes vigorosos, el primer Scorta y sus hijos, cuyas vidas se desarrollan sobre un escenario y en un pueblo del sur de Italia que también tienen categoría de protagonistas. Con descripciones sobrias y lenguaje rico, mediante sucesivas escenas de aire teatral, se plantea el inevitable destino de los hombres de luchar y de volver a empezar una y otra vez, se habla de vidas en las que se da una inextricable unión de bondad y maldad, de cinismo y de buenas intenciones, y se presenta la fuerza de una unión familiar que se cultiva en las dificultades y se disfruta en las alegrías sencillas de la vida... Al final, uno de los personajes hace balance y dice que la suya ha sido «una vida de cigarrillo. (...) Sólo viento y humo. (...) Tabaco convertido en humo. A eso se parece mi vida. Volutas de humo que se desvanecen en el aire». Sin embargo, el poso que deja el libro es otro y tiene más que ver con que los hombres somos incapaces de valorar con acierto el significado de nuestras vidas pues, como no tenemos instrumentos apropiados para medir lo que nos sucede, mejor es «no intentar simplificar los problemas», tal como dice uno de los curas de la novela.

Laurent Gaudé. El sol de los Scorta (Le soleil des Scorta, 2004). Barcelona: Salamandra, 2006; 237 pp.; trad. de José Antonio Soriano Marco; ISBN: 84-9838-053-7.

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sábado, 2 de septiembre de 2006

«Quizá la tragedia de la juventud y de la pasión decepcionadas es menos lastimosa que la tragedia de la vejez decepcionada en su interés por los bienes de este mundo».

George Eliot. El velo alzado (The Lifted Veil, 1859). Barcelona: Alba, 1999; 111 pp.; col. Alba clásica; trad. de Jose Luis López Muñoz; ISBN: 84-89846-88-X.

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sábado, 1 de julio de 2006

«Los prejuicios, como los cuerpos olorosos, tienen una doble existencia, sólida y sutil al mismo tiempo: sólidos como las pirámides, sutiles como el vigésimo eco de un sonido o como el recuerdo de unos jazmines que en otro tiempo llenaron de aroma la oscuridad».

George Eliot. Middlemarch.

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miércoles, 4 de enero de 2006

Peter Drucker: «No ver el bosque por culpa de los árboles es un fallo serio; pero igualmente grave es no ver los árboles por culpa del bosque. Sólo podemos plantar árboles individuales, sólo podemos cortar árboles individuales. No obstante, el bosque es el medio ambiente sin el cual cada árbol individual no llegaría nunca a crecer. Para conseguir que el saber sea productivo tenemos que aprender a ver tanto el bosque como los árboles. Tenemos que aprender a "conectar"».

Peter F. Drucker. «El saber: su economía, su productividad», en La sociedad poscapitalista.

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jueves, 22 de diciembre de 2005

Otra persona relevante fallecida en el mes de noviembre fue Peter Drucker. He aquí una de las íneas de fuerza de su modo de pensar: «En la sociedad del saber hacia la que vamos, la persona es lo esencial. El saber no es algo impersonal como el dinero; el saber no reside en un libro, un banco de datos, un programa de ordenador; todas estas cosas contienen sólo información. El saber siempre está encarnado en una persona (...) Por tanto, el paso a la sociedad del saber convierte a la persona en lo esencial...».

Peter F. Drucker. «La persona instruida», en La sociedad poscapitalista (Post-capitalist Society, 1993). Barcelona: Apóstrofe, 1995, 2ª reimpr.; 224 pp.; col. Clásicos del management; trad. de María Isabel Merino Sánchez; ISBN: 84-455-0053-8.

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sábado, 6 de agosto de 2005


El singular narrador de Vida de Pi, de Yann Martel, arremete de vez en cuando contra los agnósticos de una forma inmisericorde pero bien razonada. Quizá el autor tenía en la cabeza el comentario de E. F. Schumacher de que hay fes razonables y fes irracionales y, entre ellas, «la fe del agnóstico es quizá la más irracional de todas porque, a menos que sea un mero disfraz, implica la decisión de tratar el tema de la significación como insignificante». En cierto modo es como el que, del libro que tiene delante, afirma que sólo son formas coloreadas, signos sobre papel más o menos ordenados, y no está dispuesto ni a conceder que alguien ha tenido que fabricar ese libro ni a buscar qué nos quiere decir.

E. F. Schumacher. Guía para los perplejos.

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viernes, 25 de febrero de 2005

Sancho al escudero del Caballero del Bosque: «...más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve trasquilado, y Dios bendijo la paz y maldijo las riñas».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo XIV, 2ª parte.

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