Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas del archivo 'Viajes y Exploraciones' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
MacFarlaneMont.jpg
viernes, 3 de abril de 2009

Con un retraso de años desde que me lo recomendaron, he leído Las montañas de la mente, de Robert Macfarlane, excelente libro. El autor explica cómo, en tres siglos, cambia la percepción de las montañas que se tenía en Occidente. Hace notar que «nuestra respuesta al paisaje está condicionada en gran medida por la cultura. Es decir, cuando contemplamos un paisaje, no vemos lo que hay sino principalmente lo que creemos que hay. Atribuimos al paisaje cualidades que no posee intrínsecamente —decimos que es salvaje, por ejemplo, o inhóspito—, y lo valoramos en consecuencia». Habla de las lecturas infantiles y juveniles que hicieron crecer en él la admiración hacia los grandes montañeros: «Me fascinaban las dificultades que afrontaban y soportaban aquellos hombres», «me parecían los viajeros ideales: inmutables ante la adversidad y sencillos como personas», «hombres increíblemente valientes que avanzaban hacia la brillante luz de lo desconocido». Y, alternándolo con anécdotas personales, muestra cuáles fueron los sucesivos progresos científicos y técnicos que se produjeron durante los siglos XVIII y XIX y que fueron cambiando las sensaciones, emociones e ideas del público referentes a unas montañas que, cada vez más, «son en realidad producto de una colaboración entre la forma física del mundo y la imaginación humana: las montañas de la mente».

Robert Macfarlane. Las montañas de la mente: historia de una fascinación (Mountains of the Mind, 2003). Barcelona: Alba, 2005; 358 pp.; col. Supervivencias; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 84-8428-244-9.

Enviar Imprimir
jueves, 12 de enero de 2006

Un relato más para la serie de Grandes Viajes es el firmado por Vladimir Arseniev, titulado Dersu Uzala y subtitulado Una aventura en Siberia, un ejemplo de argumento que muchos conocen debido a la magnífica película basada en él que hizo Akira Kurosawa.

En 1902, siendo un oficial del zar, el autor realiza varias expediciones de reconocimiento en la región del Ussuri, un territorio situado en Siberia oriental, en zonas fronterizas con China. En la primera encuentra un viejo cazador, Dersu Uzala, con el que entablará una gran amistad y que le acompañará en las siguientes. Su personalidad atraerá y conmoverá mucho al capitán Vladimir, y de él aprenderá también a considerar a la naturaleza como su familia y su mundo.

El autor ofrece brillantes descripciones de la naturaleza que recorre y cuenta con detalle algunos momentos dramáticos: una gran tormenta, un poderoso incendio en el bosque, distintas salidas de caza, incidentes con chinos y coreanos que a veces encuentran, etc. Pero toda la narración está dominada por Dersu, un entrañable personaje al que vemos siempre vestido con chaqueta y calzón de piel de reno, y armado con una vieja carabina y un tridente pequeño. Dersu, «nunca se agitaba, nunca perdía el tiempo inútilmente», y practicaba una especie de antropomorfismo que aplicaba a todos los seres, nos dirá el narrador. Incluso en alguna ocasión le reprende, cuando le ve actuar de un modo desconsiderado con la naturaleza, pues él «amaba la taiga y todo lo que la poblaba, cuidaba de ella tanto como podía», hasta el punto de que siempre dejaba todo preparado para quien viniera después, caminantes desconocidos o los más pequeños animales.

Vladimir Arseniev. Dersu Uzala. La Taiga del Ussuri (Dersou Ouzala, 1923). Barcelona: Grijalbo, 1984, 3ª ed.; col. Aventura vivida; trad. de Teresa Ramonet; ISBN: 8425310989.

Enviar Imprimir
Heyerdahl.jpg
jueves, 20 de octubre de 2005

La primera y más conocida de las expediciones promovidas y capitaneadas por el noruego Thor Heyerdahl fue La expedición de la Kon-Tiki, una historia cuya narración dejó una huella profunda en muchísimos lectores y sigue teniendo interés hoy.

Enviar Imprimir
Slocum.jpg
jueves, 13 de octubre de 2005

Otra gran aventura marinera contada en primera persona es la de Joshua Slocum, Navegando en solitario alrededor del mundo. El autor empezó en 1898 un viaje que duró dos años y lo contó luego con amenidad y consiguiendo pasar con nota el test de que la jerga marinera no impida leerlo y disfrutarlo a cualquier lector.

Enviar Imprimir
Dana.jpeg
jueves, 6 de octubre de 2005

Una de las más influyentes aventuras marineras de siempre la protagonizó en 1834, y la contó en 1840, un universitario de Boston llamado Richard Henry Dana, en Dos años al pie del mástil. Es un relato realista sobre la vida en la mar, como un gran reportaje donde se nos dice pronto que cualquier joven marinero enseguida se despoja de cualquier ropaje mágico que hubiera imaginado y descubre que debajo no se «contiene otra cosa que trabajo y sufrimiento. Ésa es la luz con la que hay que mirar la vida del marinero».

Enviar Imprimir
jueves, 22 de septiembre de 2005

Dioses, tumbas y sabios,
la gran «Novela de la Arqueología» escrita por C. W. Ceram (1915, Berlín-1972), es quizá el libro culpable de la mayoría de las vocaciones para la arqueología de las últimas décadas. Ceram realiza una precisa reconstrucción histórico-arqueológica de los descubrimientos que se han producido, a lo largo de los dos últimos siglos, en Mesopotamia, Egipto y el Egeo; y también se detiene algo en México y la cultura azteca. Lo hace fijando su atención en personajes tan singulares como Schliemann, el descubridor de Troya en 1870, «un soñador cuando estudia los mundos antiguos; un detective que reflexiona fríamente cuando busca tesoros; pero un apasionado cuando defiende una causa justa». O en Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, un hombre exacto y celoso, «una de las grandes figuras de la arqueología», uno de esos «hombres que, empuñando la piqueta, no sólo cavaban para descubrir los tesoros y los cuerpos de los reyes muertos, sino también para descifrar los enigmas de la Humanidad desde que logró tener forma, carácter y espíritu en las sublimes culturas antiguas».

Como «donde reina la inseguridad queda amplio espacio para la especulación», Ceram explica con detalle todas las especulaciones acerca del «enigma de la Gran Pirámide» o de «la maldición del Faraón», que tanto molestaban a Carter: «Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de estas estúpidas manifestaciones. Esto demuestra que aún no hemos progresado en este terreno tanto como a muchos les gusta creer» y como la proliferación también revela la proliferación de relatos con protagonistas a los que afecta el influjo maléfico de objetos misteriosos procedentes de culturas antiguas o desconocidas.

C. W. Ceram. Dioses, tumbas y sabios (Götter, Gräber und Gelehrte, Roman der Archäologie, 1949). Barcelona: Destino, 1998; 480 pp.; col. Booket; trad. de Manuel Tamayo; ISBN: 84-8328-031-0.

Enviar Imprimir
Huntford.jpg
jueves, 15 de septiembre de 2005

Una gran crónica sobre las expediciones de Amundsen y Scott al Polo Sur es El último lugar de la tierra, un documentado libro del periodista inglés Roland Huntford. Cuenta las vidas de sus protagonistas y detalla con minuciosidad tanto las razones del éxito de Amundsen como las del fracaso trágico de Scott. Subraya mucho las grandes diferencias entre ambos, acentuando la profesionalidad de Amundsen y, quizá en exceso, los rasgos negativos de Scott al que califica de «héroe apropiado para un país decadente». Así, nos dice, Scott quería ser un héroe pero Amundsen sólo intentaba llegar al Polo; Scott actuaba para la galería mientras que Amundsen pensaba en la tarea que tenía entre manos; Scott usaba el lenguaje de la épica y Amundsen el del esquí de competición; los diarios de Scott tienen acentos quejumbrosos y autocompasivos pero los de Amundsen se caracterizan por un estilo rebajado y descripciones comedidas; Scott tenía una visión sentimental del mundo animal frente al realismo práctico de Amundsen. De todas formas, quizá el rasgo que dice más del estilo del noruego era su afán de aprender, su cuidado de los detalles, su interés en no improvisar nada, su propósito de asegurarse márgenes de seguridad generosos, su convicción de que «la tranquilidad de que hasta el último componente del equipamiento estará a la altura de las circunstancias es una parte esencial de la armadura psicológica necesaria en un medio hostil».

Roland Huntford. El último lugar de la tierra: la carrera de Scott y Amundsen hacia el Polo Sur (The Last Place on Earth: Scott and Admundsen’s race to de South Pole, 1979-1983). Barcelona: Península, 2002; 799 pp.; col. Altair viajes; introd. de Paul Theroux; trad. de Joan Solé; ISBN: 84-8307-465-6.

Enviar Imprimir
jueves, 8 de septiembre de 2005

El inglés James Cook (Marton, 1728-Hawai, 1779) es uno de los más grandes marinos de todos los tiempos. En 1763 recibió el mandato de dirigir operaciones de reconocimiento de Terranova y El Labrador. La «Royal Society» le reconoció su gran capacidad como matemático después de haber estudiado un eclipse de sol en 1766. Tenía 39 años cuando el gobierno inglés le encargó la misión de su vida: confirmar qué tierras existían en el Pacífico y cartografiarlas. Con ese motivo hizo tres grandes viajes que cuenta muy bien A. Grenfell Price en su obra Los viajes del capitán Cook (1768-1779). Después de una introducción, de una exposición de los «Problemas marítimos del siglo XVIII», y de un capítulo sobre «La infancia y la carrera de Cook», se narran los tres viajes: de 1768-1771, de 1772-1775 y de 1776-1779. El autor se apoya por completo en los propios textos de Cook, que reflejan una pasión por la exactitud que, a veces, parece desmerecer la magnitud de lo conseguido: terminó el mapa del Pacífico, descubrió la larga costa oriental de Australia y delineó la de Nueva Zelanda, reconoció grandes tramos de la costa norteamericana, descubrió muchas islas desconocidas y localizó correctamente otros archipiélagos, descubrió y señaló los límites aproximados de la Antártida, confirmó el descubrimiento del estrecho de Bering y la imposibilidad de usarlo como vía para rutas comerciales, venció algunas enfermedades que hasta él habían sido características del mar, aplicó métodos astronómicos y de relojería para conseguir el cálculo exacto de la longitud... Y, en general, fue un extraordinario conductor de hombres que no perdía la calma y mantenía siempre su autocontrol, un tipo práctico que sabía resolver con acierto los problemas de navegación y elegir con acierto tanto los barcos como los instrumentos de navegación necesarios, y que, con alguna excepción lamentable, siempre supo tratar con humanidad a los nativos.

A. Grenfell Price. Los viajes del capitán Cook (1768-1779) (Explorations of Captais James Cook in the Pacific As Told by Selections of His Own Journals 1768-1779, 1970). Barcelona: Serbal, 1985; 383 pp.; introducción de Percy G. Adams; selección y edición cargo de A. Grenfell Price; trad. de Manuel Crespo; ISBN: 84-7628-001-7. Edición con ilustraciones y fotografías.

Enviar Imprimir
Krakauer.jpg
jueves, 1 de septiembre de 2005

Jon Krakauer,
periodista, escaló el Everest en 1996 y cinco de sus seis compañeros no regresaron. Con características de gran reportaje, en Mal de altura cuenta que fue allí para escribir un reportaje sobre la excesiva proliferación de expediciones, narra de paso la historia de las escaladas anteriores al Everest, explica cómo se llegó a la situación de aquel año trágico en el que murieron otras muchas personas en el intento, y habla también de las amargas polémicas que siguieron. Parece que Krakauer hace suya una de las citas con las que comienza un capítulo: «...desconfío (…) de cualquier clase de pretensión enfática de que uno controla lo que está narrando; de aquel que afirma comprender y se queda tan tranquilo».

Jon Krakauer. Mal de altura: crónica de una tragedia en el Everest (Into Thin Air, 1997). Barcelona: Círculo de Lectores, 2000, 1ª ed., 2ª imp.; 352 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 84-226-8154-4. Otra edición en Punto de Lectura, ISBN: 84-663-0223-9.

Enviar Imprimir
CabezaVacaPort.jpg
jueves, 25 de agosto de 2005

Como mencioné días atrás, en los siglos posteriores al descubrimiento de América las novelas de naufragios llegaron a ser todo un género literario entre la épica y la historia en el que con frecuencia se confundían ficción y realidad. Naufragios es la primera narración sobre las culturas indígenas del sur de los EE.UU. y del norte de México. Su autor, Alvar Núñez Cabeza de Vaca (Jerez, 1490-Sevilla, 1560), después de una vida muy agitada —soldado, marino, explorador, juez de la Casa de Contratación, encarcelado varios años—, murió, según se cree, siendo prior de un convento. Los datos de su vida y los que se deducen de Naufragios, hacen sospechar que Cabeza de Vaca era un auténtico pícaro, valiente y audaz, que no dudaba en deformar la verdad con el fin de presentarse a sí mismo como un héroe cristiano sin tacha. No obstante, su relato, a caballo entre la creación literaria y la crónica histórica, no sólo es uno de los más entretenidos de su género sino que proporciona una gran información y es bastante objetivo en el modo de enjuiciar a indios y a los conquistadores... salvada la exageración en el auto-elogio.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Naufragios (1542). Madrid: Cátedra, 1989; col. letras hispánicas; edición de Juan Francisco Maura; ISBN: 84-376-0851-1. Otra edición en Madrid: Alianza, 2001; 185 pp.; edición de Trinidad Barrera; ISBN: 8420639389.

Enviar Imprimir
LansingEndurance2.jpg
jueves, 18 de agosto de 2005

La prisión blanca
es un relato periodístico subtitulado Un viaje legendario hacia el Polo Sur. En él se cuenta cómo, después de que Admunsen consiguiera llegar al Polo Sur y Scott pereciera en el intento, Sir Ernest Shackleton decide promover y realizar una gran travesía transantártica que devuelva el honor a Inglaterra. Shackleton, que había participado en dos expediciones anteriores, emprende la suya cuando tiene cuarenta años pero su barco, el Endurance, que partió de Londres el 1 de agosto de 1914, se quedó atrapado varios meses en los hielos antárticos en octubre de 1915. Su gran hazaña fue que logró mantener la moral de todos sus tripulantes y organizar sus tareas de modo que sobrevivieran todos hasta que, al fin, los primeros lograron llegar a la estación ballenera de Stromness el 20 de mayo de 1916.

Usando los diarios de navegación que redactaron muchos expedicionarios y charlando muchas horas con los supervivientes, el periodista norteamericano Alfred Lansing compone un relato que logra mantener el interés del lector. Uno de los hombres escribió: «Para la dirección científica dadme a Scott; para un viaje rápido y eficaz, a Amundsen; pero cuando estéis en una situación desesperada, cuando parezca que no existe una salida, arrodillaos y rezad para que venga Shackleton». Otros, como diré dentro de unos días, sostienen otra versión en lo que se refiere a Scott.

Alfred Lansing. La prisión blanca (Shackleton´s Incredible Voyage, 1959). Barcelona: Mondadori, 1999; 352 pp.; col. Las mil y una voces; trad. de Elena de Grau; ISBN: 84-397-0374-0. Nueva edición, titulada Endurance. El legendario viaje de Shackleton al Polo Sur, en Capítán Swing, 2015; 336 pp.; col. Entrelineas; ISBN: 978-8494287985. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
SolerQuinPort.jpg
jueves, 11 de agosto de 2005

Un tal Bernardo Gomes de Brito, quizá un miembro de la Academia Real da Historia Portuguesa, escribió entre 1735 y 1736 la Historia Trágico-Marítima: doce relatos de naufragios recogidos entre los que circulaban en cuadernillos o en hojas sueltas por la Lisboa de la época, algunos anónimos, otros de supervivientes, otros de cartógrafos e ingenieros navales o de gente a quienes les fue contada la historia. La profesora y traductora Isabel Soler ha elegido cuatro de sus crónicas, las ha titulado Los mares náufragos, y las ha presentado con un prólogo que muestra el interés de tales textos, tan minuciosamente realistas, por su condición de ser como manuales de supervivencia y ejemplos para futuras expediciones, por su valor como testimonios de los rasgos de la condición humana que afloran en las situaciones desesperadas: «El heroísmo, la valentía, el coraje, la capacidad de decisión, el espíritu de sacrificio, el altruísmo». Se detiene, sobre todo, en aspectos que muestran algo de la mentalidad de la época: «Las crónicas no hacen nunca un juicio político sino un juicio moral. Critican la negligencia, la imprevisión, la falta de responsabilidad, la transgresión de las leyes de la navegación, la corrupción, la avaricia, el egoísmo. Se denuncian las condiciones del viaje y los motivos que llevan al desastre».

Isabel Soler Quintana. Los mares náufragos (2004). Barcelona: El Acantilado, 2004; 287 pp.; ISBN: 84-96136-57-4.

Enviar Imprimir
jueves, 4 de agosto de 2005

Uno de los grandes relatos de descubrimientos de la historia es Historia verdadera de la conquista de la Nueva España donde quien fuera soldado de Cortés, Bernal Díaz del Castillo (Medina del Campo, 1492-Guatemala, 1580), cuenta con honradez y sin pomposidad alguna lo que vivió entre 1517 y 1521 durante la conquista de México, y que dejó su crónica escrita para que se publicase después de su muerte, como así se hizo en el siglo XVIII. Desde entonces hasta hoy, el lector encuentra en sus páginas, descripciones de «ciudades y villas pobladas por los aztecas en el agua; la calzada, tan derecha y por nivel, que iba a México; las grandes torres, cúes y edificios, cosas que le parecían de encantamiento»; y «revelaciones de un país fantástico, intrigas, ardides, encuentros y batallas. Le entretendrá también toda una novela de caballerías por los hechos sorprendentes, todo un diario de explorador por la minuciosidad geográfica, todo un parte militar por las operaciones y todo un informe político por las dificultades que va allanando el jefe de la empresa» (Pereyra).

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Madrid: Espasa Calpe, 1992, 9ª ed.; 720 pp.; col. Nueva Austral; prólogo de Carlos Pereyra; ISBN: 84-239-7266-6.

Enviar Imprimir
Moorehead.jpg
jueves, 28 de julio de 2005

Las numerosas novelas de aventuras que se localizan en Egipto y en el Centro de África tienen su origen en la duradera presencia inglesa en aquellos territorios, que comenzó y se afianzó con las abundantes expediciones que se hicieron, a partir del siglo XVI, para descubrir nuevos territorios y, en concreto, a la búsqueda de las fuentes del Nilo. Las obras de Alan Moorehead, El Nilo Blanco y El Nilo Azul, describen la zona y las aportaciones de los distintos expedicionarios. La más atractiva es, sin duda, El Nilo Blanco. En su primera parte, Moorehead habla de los primeros exploradores aventureros, y en la segunda se detiene en las expediciones militares enviadas para extender el poder de Inglaterra. El Nilo Azul añade datos y perspectiva histórica a «una historia que transcurre entre rivalidad, orgullo, codicia y, a la postre, derramamiento de sangre». Y habla, entre muchos otros, de personajes como James Bruce, un aventurero «engreído, dogmático, que embrolla y exagera las cosas», que publica en 1790 cinco volúmenes explicando sus aventuras. Con ellos «dio vida a una leyenda y exaltó la imaginación de la gente, (...) vuelca las miradas en el Nilo», y provoca una nueva generación de exploradores y hombres de acción, que descubrirán también que Bruce, «lejos de ser un novelista, era un guía muy de fiar».

Alan Moorehead (Melbourne, 1910-1983). El Nilo Blanco (The White Nile, 1960). Barcelona: Alba, 2003; 504 pp.; col. Trayectos; trad. de Concepción Cardeñoso; ISBN: 84-8428-204-X.
Alan Moorehead. El Nilo Azul (The Blue Nile, 1962). Barcelona: Serbal, 1986; 320 pp.; col. Libros del buen andar; trad. de Manuel Crespo; ISBN: 84-7628-058-0; agotado.

Enviar Imprimir
miércoles, 20 de julio de 2005

A Helene Hanff, la protagonista del delicioso 84, Charing Cross Road, no le gustaban los libros sobre cosas que nunca sucedieron a personas que nunca existieron y, por el contrario, le apasionaban los libros escritos por testigos oculares que afirman orgullosamente un «yo estuve allí». Quienes pertenecen a esa clase de lectores suelen disfrutar especialmente con los relatos de grandes viajes y exploraciones del pasado donde no importa tanto que los autores sean unos genios literarios sino que, sin duda, tienen mucho que contar. En semanas sucesivas iré hablando de los mejores ejemplos que conozco de tales libros: en sentido amplio a todos los podemos calificar de juveniles aunque no a todos los incluyamos en lo que solemos llamar literatura juvenil.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo