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Notas del archivo 'Escritores' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 9 de junio de 2017

Acaba de salir Chesterton: un enamorado de la verdad, en Ediciones Logos, Argentina. Este es un pdf con las primeras treinta páginas. Es un libro más breve y sintético que Gramática de la gratitud pero contiene una biografía más extensa, más explicaciones sobre la forma de ser y pensar de Chesterton, y algunas diferencias en varios comentarios a sus libros.

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viernes, 28 de abril de 2017

El viejo Rivers, de Thomas Wolfe, es una narración sarcástica inspirada en Robert Bridges, que había sido el editor de Scribner’s Magazine y una especie de árbitro del buen gusto literario durante muchos años. Al agente de Wolfe, Maxwell Perkins, le gustaba el relato pero no quería que se publicara por lo que acabó saliendo en una revista después de su muerte.

En su relato, distinto a otros suyos, Wolfe pinta a su personaje como un viejo editor que no supo retirarse a tiempo y a quien, en su empresa, le dieron un despacho para que siguiera entreteniéndose con actividades menores: responder correspondencia, leer manuscritos, etc. Se suceden pequeños incidentes que revelan la inconsciencia que tiene de su situación el protagonista y que todos a su alrededor se dan perfecta cuenta de su senilidad.

Se critica el estilo diplomático —e ignorante de los verdaderos méritos literarios— de un señor Rivers que huía de las complicaciones y las discusiones, que sabía que «si complacía a unos, haría enfurecer a otros» y por eso se adhería con firmeza al talante del «mediocaminismo», de optar por el camino del medio. El narrador tampoco hace memoria ninguna de los posibles méritos pasados, como crítico literario y como editor, del personaje.

No parece que Wolfe deseara contrastar las nuevas formas que traían autores como Hemingway, Dos Passos o Faulkner —que no gustaban al editor Bridges—, con las de autores como Henry James o Edith Wharton —a quienes había editado— sino que, simplemente, presenta irónicamente a un anciano cuyos talentos, si nos fiamos del relato, no eran artísticos o literarios sino los propios de un relaciones públicas o un buen vendedor.

Thomas Wolfe. El viejo Rivers (Old Man Rivers, 1947). Cáceres: Periférica, 2016; 78 pp.; col. Largo Recorrido; trad. de Juan Cárdenas; ISBN: 978-84-16291-41-0. [Vista del libro en amazon.es]

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FazioSeisRusos.jpg
domingo, 22 de enero de 2017

Seis grandes escritores rusos, de Mariano Fazio, hace un buen resumen, e incita a la lectura, de algunas obras de Pushkin, Gógol, Turguenev, Dostoievski, Tolstoi y Chéjov.

De Pushkin, quien siempre se puede poner como contraejemplo a quienes piensan en que las obras rusas son largas y lentas, se acentúa que la precisión y la brevedad eran las cualidades que más valoraba: pocas novelas de aventuras más intensas y veloces que La hija del capitán, la primera novela histórica rusa.

Sobre Gógol, aparte de hablar de sus relatos cortos importantes —«todos salimos de El capote, de Gógol», dijo Dostoievski—, se subraya el mensaje de fondo de Tarás Bulba: «toda cultura, si quiere ser auténticamente humana, además de venerar sus raíces debe abrirse a lo universal: una cultura que se encierra en sí misma está destinada a perecer».

De Turguenev se apunta cómo, con Memorias de un cazador, puso «el dedo en la llaga de los prejuicios de clase y de la necesidad de preguntarnos continuamente por la justicia en las relaciones sociales»; también se habla por extenso de Padres e hijos, la primera obra literaria en donde se trata de los nihilistas, cuyo protagonista «piensa que entiende a las clases populares» pero «en el fondo también las desprecia, y él mismo es despreciado por ellas».

El autor dedica más espacio a Dostoievski e indica cómo, en su obra cumbre, Los hermanos Karamázov, «están presentes todos los temas de su visión del mundo: la libertad, el mal, el sentido de la existencia, etc.». Eso sí, advierte al lector de sus obras que ha de estar preparado: «Dostoievski no ayuda a descansar después de un día lleno de problemas».

También son bastantes las páginas sobre Tolstoi y obras como Anna Karenina y Guerra y Paz. Al indicar cómo algunos personajes de esta novela terminan descubriendo que «el secreto de la existencia plena radica en el olvido de sí y en la entrega a los demás», se subraya que «este mensaje es el que hace grande —a pesar de sus excentricidades e incoherencias— a Tolstoi».

Del último de los autores estudiados, Chéjov, «un maestro a la hora de reflejar la insatisfacción existencial de sus personajes», se señala cómo «sus narraciones a veces nos hacen sonreír, otras nos llenan de melancolía, todas nos hacen pensar. Se advierte un deseo de fe y esperanza que el autor admiraba pero no poseía». Aunque las intuyera, como se aprecia en su cuento preferido, El estudiante.

Un párrafo del final dice lo siguiente: «Durante el siglo de oro de la literatura rusa —siglo intenso entre las primeras obras de Pushkin y la muerte de Tolstoi— se formularon continuamente muchas preguntas. No solo giraron en torno a la identidad rusa. Muchas veces, con ocasión de la búsqueda del alma rusa, las preguntas derivaron a problemas más universales: ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿qué nos espera después de la muerte?, ¿por qué sufren los inocentes?, ¿cómo hay que vivir para ser felices? Plantearse preguntas de largo alcance es ya un mérito para una cultura determinada. Ofrecer respuestas es aún más meritorio».

Mariano Fazio. Seis grandes escritores rusos (2016). Madrid: Rialp, 2016; 194 pp.; col. Biografías y Testimonios; ISBN: 978-8432147098. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 14 de enero de 2017

Tres textos de Borges acerca del trabajo literario.

Tomo uno de Con Borges. El autor hace un comentario revelador acerca de cuánto trabajo había detrás de su capacidad para la broma y el comentario ingenioso: «Observo cómo se prepara para una charla que debe dar en el Instituto Italiano de Cultura. La ha memorizado frase por frase, y repetido párrafo por párrafo, hasta que cada vacilación, cada aparente busca de la palabra correcta se haya asentado sonoramente en su cerebro. “Mis discursos públicos son como la venganza de un tímido”, dice riendo».

El otro está en El aprendizaje del escritor. Allí le preguntan cuánto tiempo elabora un poema en su cabeza antes de comenzar a dictarlo. Y Borges responde: «Naturalmente, hago borradores mentales que voy probando. Yo leí en Something of Myself (Algo de mí mismo) de Kipling que él probaba cada línea y que solo cuando las había purificado de errores, las escribía. Yo hago lo mismo. Mis primeros borradores los hago siempre caminando por la calle, como ya he dicho antes. Cuando me doy cuenta de que estoy por olvidarlo, dicto lo que tenga. Si no lo hago, me veo obstaculizado por el hecho de tener que retenerlo en la memoria. Luego continúo, puliendo y repuliendo».

Más en general, en ese mismo libro dice lo siguiente: «El oficio del poeta, el oficio del escritor, es un oficio raro. Chesterton dijo: «only one thing is needful, everything» (solo una cosa es necesaria, todo). Ese todo para un escritor es más que una palabra genérica; ese todo para un escritor es literal. Representa lo capital, lo esencial, representa las experiencias humanas».

Alberto Manguel. Con Borges (2004). Madrid: Alianza, 2004; 112 pp.; col. Alianza Literaria; ISBN: 978-8420643410. [Vista del libro en amazon.es]
Jorge Luis Borges. El aprendizaje del escritor (1971-2015). Barcelona: Debolsillo, 2015; 176 pp.; col. Contemporánea; edición de Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane; trad. de Julián E. Ezquerra; ISBN: 978-8490625569. [Vista del libro en amazon.es]

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CharbonnierBorges.JPG
sábado, 17 de diciembre de 2016

En un libro citado días atrás se dice que «superados los experimentos de su juventud, a Borges no le interesaba la novedad por la novedad. Afirmaba que un escritor no debía tener la descortesía de sorprender al lector». En relación a esto, unos comentarios interesantes de Borges acerca de sus «pecados de juventud», están en El escritor y su obra, unas antiguas entrevistas que le hizo Georges Charbonnier.

Así, le hablan de su libro Inquisiciones y dice Borges: «Es el título de un libro de juventud. No creo que más adelante hubiera escogido un título tan extraño. Cuando jóvenes tendemos al barroquismo, buscamos la sorpresa, y como no estamos muy seguros de los propios medios, buscamos sorprender en todo».

En otro momento recuerda que, siendo joven, compuso sonetos, «bien mediocres por cierto, en francés y en inglés». Y continúa: «Ahora, ya no osaría hacerlo. Tengo un sentido de la responsabilidad que no tenía entonces. Creo que puedo escribir textos tolerables, digamos, o perdonables, en español, pero no en otra lengua alguna. ¡Cometí la imprudencia de publicar dos o tres piezas en inglés y estoy arrepentido! Creo que para escribir en una lengua cualquiera hay que conocerla a la perfección. Evidentemente, el español es la lengua que más conozco, puesto que es mi lengua materna».

Hablando de sus experimentalismos literarios juveniles dice: «Esa época era muy divertida para nosotros. Nos divertimos mucho creyéndonos revolucionarios, pensando que la poesía empezaba en nosotros, pensando que si encontrábamos bellas metáforas en Shakespeare o en Hugo era, evidentemente, porque eran precursores nuestros. ¡Precursores nuestros! Eran otras épocas. Sería necesario olvidarlas.»

En relación al escaso eco de sus primeras publicaciones y a que la difusión de los libros en aquella época era pequeña, comenta: «Quizá esto fuera bueno para la literatura. Todo lo que iba a prostituirla, el público, los best-sellers, todo eso vino después. En mi época no podíamos prostituirnos: no había quien comprara nuestra prostitución. ¡Y era mejor! Se escribía para un pequeño cenáculo, para algunos amigos y para uno mismo. Quizá fuera mejor para la literatura».

Jorge Luis Borges. El escritor y su obra: entrevistas de Georges Charbonnier con Jorge Luis Borges (1967). México: Siglo Veintiuno, 1970; 92 pp.; trad. de Martí Soler.


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sábado, 23 de abril de 2016

Más comentarios de José Jiménez Lozano en Impresiones provinciales acerca de la comprensión de sí mismos que tienen algunos escritores.

«Es un vacuo romanticismo seguir hablando de los genios incomprendidos que pasan necesariamente hasta por el calvario del hambre, pero a quienes se reserva la gloria inmortal del futuro. ¿Para qué la querrían incluso estando vivos? Porque probado está que no hace inmortal a nadie, y la gloria o la fama también mueren en una “seconda morte”, como decía Petrarca. Toda carne perece como la hierba convertida en heno, pero también todo nombre y memoria de él acaban, lógicamente».

«Laurent Seksik, en un relato novelado cuyo título e historia es Los últimos días de Stefan Zweig, habla de una visita a Bernanos, y éste dice, según el texto de la novela: “El mundo que protegemos se salvará gracias a los escritores y a los poetas”; y Zweig parece que se muestra escéptico y, desde luego, rechaza la petición que Bernanos le hace de un texto político. Pero mi pregunta es: ¿Creería de verdad que al mundo le salvarían los escritores y los poetas? No puedo pensar que nadie tenga un pensamiento así; y por mi parte pienso que siempre son los diez justos bíblicos, que no conocemos ni conoceremos nunca, quienes salvan al mundo, y seguramente sin hablar ni escribir palabra».

José Jiménez Lozano. Impresiones provinciales. Cuadernos 2010-2014 (2015). Almería: Confluencias, 2015; 168 pp.; ISBN: 978-84-944413-4-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 16 de abril de 2016

Comentario de José Jiménez Lozano en Impresiones provinciales acerca del papel de los escritores:

«Me resulta ajena y extraña la idea o concepción teológica del escritor que tiene, por ejemplo, Bernanos, pero me resulta más ajena y extraña aún, e incluso un poco cómica, la idea y concepción metafísica del escritor y de la escritura que tiene Gottfried Benn. Para mí la poesía no tiene ningún rango metafísico, ni ninguna “significación sacramental”, como dice Benn. Por esta vez, al menos, estoy más cerca de Claudel, que decía: “La belleza literaria de mi obra no tiene para mí más significación que la que podría encontrar un obrero, consciente de que ha realizado bien su tarea; yo sencillamente lo he hecho lo mejor que puedo; de ser carpintero me habría esforzado lo mismo en cepillar bien una tabla que, como escritor, en escribir bien”.

Pero tengo que poner un reparo. Claudel parece estar seguro de que ha escrito bien, y por mi parte no estoy tan seguro. La tabla bien cepillada del carpintero se ve que está bien cepillada indiscutiblemente. Las cosas, incluso cuando son clarísimas en el plano del escribir bien, no son ni mínimamente claras comparadas con la obvia lisura de la tabla que ha dejado el carpintero. No habrá ningún crítico que pueda negar esta lisura perfectamente conseguida, pero en el plano literario sí».

José Jiménez Lozano. Impresiones provinciales. Cuadernos 2010-2014 (2015). Almería: Confluencias, 2015; 168 pp.; ISBN: 978-84-944413-4-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 6 de septiembre de 2015

De Cuadernos de un escritor, de Somerset Maugham, libro al que llegué a partir de este comentario, tomé nota de sus observaciones sobre Chéjov:  «un escritor de verdadera personalidad, no una fuerza salvaje, como en Dostoievski, que sorprende, inspira, aterra y deja perplejo, sino una potencia con la cual se puede llegar a intimar. (…) Su radio de acción es grande y su conocimiento de la vida directo. (…) Con Chéjov uno no parece estar leyendo historias. En ellas no hay agudeza evidente, y cabría pensar que cualquiera hubiese podido escribirlas; pero la realidad es que nadie puede. El autor ha sufrido una emoción y tiene la facultad de traducirla en palabras para hacérnosla sufrir a nosotros también. Nos convertimos en sus colaboradores. Es imposible usar en las narraciones de Chéjov la manoseada expresión “pedazo de vida”, porque un pedazo es un fragmento de algo y esto es precisamente lo que no se tiene la impresión de leer; es una escena vista a través de los dedos, que uno sabe continua de una u otra forma, pero de la cual no vemos más que un fragmento».

W. Somerset Maugham. Cuadernos de un escritor (A Writer’s Notebook, 1949). Barcelona: Versal, 1991; 334 pp.; col. Versal Singular; trad. de Rosa Martínez; ISBN: 84-7876-079-2.

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sábado, 20 de septiembre de 2014

John Gardner: «Contar la verdad en la ficción puede equivaler a una de estas tres cosas: decir lo que es correcto y acorde con los hechos, esto es, una suerte de verdad trivial, aunque sea una verdad central en las obras en las que prima la verosimilitud; decir lo que, en virtud del tono y la coherencia, no parece una mentira, que es una suerte de verdad más importante; descubrir y afirmar una verdad moral acerca de la existencia del ser humano, que es la más alta de las verdades a las que puede apuntar el arte. La más alta de las verdades, según se ha dicho, nunca es algo que el artista dé por sentado. No es un punto de partida, sino una meta. Aunque el artista tenga sus creencias, igual que tantas otras personas, comprende que una de las características más sobresalientes del arte es su radical apertura a la persuasión. Incluso en el caso de aquellas creencias de las que está más seguro, el artista las pone bajo presión para ver si son capaces de aguantar. Tal vez tenga una idea bastante clara del punto al que le llevará su experimento, como hizo Dostoievski cuando envió a Raskolnikov a cumplir con su profana misión, pero en la medida en que sea un verdadero artista no forzará los resultados».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 13 de septiembre de 2014

John Gardner: «Escribir con buen gusto, en el sentido más elevado del término, equivale a escribir a sabiendas de que una de cada cien personas que nos lea puede estar muriéndose, o puede estar asistiendo a la muerte de un ser querido; equivale a escribir de modo que nadie se suicide, que nadie desespere; escribir, como escribió Shakespeare, de modo que las personas entiendan, sientan simpatía, comprendan la universalidad del dolor y se vean fortalecidas, si no directamente animadas a seguir viviendo. Con esto no quiero decir, por descontado, que el escritor que no tenga una experiencia personal del dolor y del terror jamás deba escribir a la ligera, humorísticamente; tan sólo pretendo señalar que todo escritor ha de ser consciente de que puede ser leído por los desesperados, por personas que pueden dejarse inclinar hacia la vida o hacia la muerte. Tampoco pretendo indicar que los escritores deban escribir desde un punto de vista moral, como predicadores. Sobre todo, no pretendo indicar que los escritores deban mentir. Sólo pretendo recomendar que piensen, siempre, en el daño que por inadvertencia pueden causar y que también pueden evitar. Si hay algo bueno que decir, el escritor debe acordarse de decirlo. Si hay algo malo que decir, debe decirlo de manera que refleje la verdad, esto es, que si bien vemos el mal, hemos elegido seguir entre los vivos. El verdadero artista nunca se halla tan perdido en su mundo imaginario como para llegar a olvidar el mundo real, en donde los adolescentes tienen una propensión química a la angustia, las personas de treinta y tantos o cuarenta y algunos propenden al divorcio y las personas de setenta y tantos tienden a la soledad, a la pobreza, a la autocompasión y también a la ira. El verdadero artista elige no ser nunca un mal médico. Obtiene su sentido de la valía y del honor a partir de su convicción de que el arte es poderoso, incluso el arte de mala calidad».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9.
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sábado, 6 de septiembre de 2014

John Gardner: «En un escritor, la cordura no pasa de ser esto: por idiota que pueda ser en su vida privada, jamás hará trampas cuando escriba. Jamás olvidará que su público es, al menos en términos ideales, tan noble, tan generoso, tan tolerante como él mismo (e incluso más); jamás pasará por alto que escribe acerca de personas, de modo que convertir a sus personajes en caricaturas, tratarlos como seres por su propia naturaleza inferiores a él mismo, olvidar las razones que tienen para ser quienes son, tratarlos como animales de carga, es lo mismo que ser un pésimo artista. En un escritor, la cordura también tiene que ver con el buen gusto. El auténtico escritor tiene una gran ventaja sobre la mayoría de la gente: conoce la gran tradición de la literatura (…). Sabe de qué se enorgullecen los más grandes nombres de la historia de la literatura, sabe a qué no se plegarían jamás, y este conocimiento ha de informar su propia práctica de la escritura. Se acomoda a la compañía y al trato de quienes más respeta y con quienes más goza: Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare y tantos otros. Sus criterios pasan a ser, en gran medida, los suyos. La mezquindad, la vulgaridad, el mal gusto quedan automáticamente fuera de su espectro, y cuando lee la obra de un mal escritor de inmediato percibe sus errores, sus momentos de mal gusto. Se da cuenta de que abundan en asuntos en los que Shakespeare no hubiera perdido ni un minuto, y no porque Shakespeare no se percatara de tales asuntos, sino porque comprendía su trivialidad. (Si no es para examinar nuevas técnicas, o debido a una amistad personal, ningún aprendiz serio debería estudiar jamás a escritores de segunda)».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9.
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sábado, 30 de agosto de 2014

John Gardner: «Hay hombres malos que escriben libros buenos, de eso no cabe duda, pero la razón de que sea así consiste en que cuando escriben son mejores que cuando golpean a sus esposas y a sus hijos. Cuando escribe, el hombre de mal carácter, además impetuoso, tiene tiempo de reconsiderar cada paso. El proceso de la ficción le ayuda a decir lo que tal vez no hubiese dicho esa misma noche caso de estar en la taberna. Los hombres buenos, por otra parte, no tienen por qué escribir forzosamente libros buenos. La bondad y la sinceridad no son sustitutos de una dedicación rigurosa al proceso de la ficción».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 23 de agosto de 2014

John Gardner: «La autoridad del gran escritor consta de dos elementos. El primero se puede denominar, en términos generales, cordura y humanidad, esto es, su valía como juez de las cosas, una estabilidad arraigada en la suma de esas cualidades completas de su carácter y personalidad (sabiduría, generosidad, compasión, fuerza de voluntad) ante la que respondemos tal como respondemos a las mejores cualidades de nuestras amistades, diciendo “sí, tienes razón, así es”. El segundo elemento, aunque también podría decir fuerza, es la absoluta confianza del escritor (no confundir con la fe ciega) en sus propios juicios estéticos y en su instinto, una confianza que se fundamenta en parte en su inteligencia y su sensibilidad —su capacidad de percibir y comprender el mundo que lo rodea— y, en parte, en su experiencia de artesano; dicho de otro modo, y según su propio criterio, su conocimiento, que proviene de la práctica dilatada, sobre lo que funciona y lo que no funciona».

John Gardner. El arte de la ficción: apuntes para el oficio de jóvenes escritores (The Art of Fiction, 1983). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001; 243 pp.; col. Creativaescritura; trad. y prólogo de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-95079-73-9. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 8 de febrero de 2014

Crónica personal, de Joseph Conrad, es una especie de autorretrato fragmentario en el que habla de su infancia en Polonia, de sus primeros contactos con el mar, de su ingreso en la Marina mercante británica, de su despedida del trabajo en el mar, de cómo empezó a escribir su primera novela y de las dificultades que tuvo para redactar la segunda. Esa obra tiene dos introducciones, un prólogo que le puso en 1919 y otra, titulada Prefacio familiar, en la que habla de la forma en que comprende su trabajo literario. Dice así:

«A mí me gustaría empuñar esa varita mágica que gobierna las risas y las lágrimas y a la cual se tiene por logro más elevado de la literatura de ficción. Sólo que para ser un gran mago es menester rendirse a poderes ocultos y responsables, sean exteriores o se encuentren dentro del propio pecho. Todos hemos oído hablar de esos hombres de a pie que vendieron sus almas por amor o por poder, a un diablo grotesco. Hasta el intelecto más vulgar se dará cuenta, sin pasar por arduas reflexiones, de que cualquier trato de ese estilo por fuerza ha de ser el timo de la estampita. No creo ser acreedor de una sabiduría particular por el mero hecho de que tales transacciones me inspiran disgusto y desconfianza. Tal vez sea que mi aprendizaje de la marinería actúa sobre una disposición natural, léase, mantener a buen recaudo lo único que de veras me pertenece, pero lo cierto es que me espanta la posibilidad de perder, siquiera sea durante un solo y fugaz momento, el pleno dominio de mí mismo, que es a todas luces la primera condición de un servicio bien cumplido. Y esa noción del servicio bien cumplido la he llevado de mis años mozos a los años más recientes de mi existencia. Yo, que nunca he sondeado la palabra escrita en busca de otra cosa que no fuera una manifestación de la belleza, he llevado conmigo ese artículo de fe desde el puente de los barcos hasta ese espacio más circunscrito que conforma mi mesa de trabajo; mediante ese acto, me temo, me he tornado permanentemente imperfecto a los ojos de la inefable compañía de los estetas puros».

Joseph Conrad. Crónica personal (A Personal Record, 1911). Barcelona: Alba, 1998; 166 pp.; col. Alba clásica; introducción y trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-89846-22-7.
Joseph Conrad. Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.

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sábado, 9 de noviembre de 2013

Es sabido que Borges era irónico, tal vez demasiado en ocasiones. Aquí, unos ejemplos:

—Hablando de un tipo, «un escritor borroso», que se queja de que otra escritora lo plagia, dice: «En realidad no se lo puede plagiar, porque inmediatamente después de leerlo uno lo olvida. Habría que transcribirlo».

—Un día le dicen que está en Buenos Aires otro escritor y comenta: «Como en Buenos Aires hay varios millones de personas nos queda la esperanza de no encontrarlo».

—Mallea le dijo a Borges: «Yo no firmo manifiestos colectivos». Comentario de Borges: «¿Qué otros hay?». Mallea insistió: «Yo no firmo lo que escriben otros». Comentario de Borges: «Qué lástima».

—Borges: «¿La penúltima puerta? Qué buen título. Mallea tiene una notable capacidad para elegir buenos títulos. Es una lástima que se obstine en añadirles libros».

Adolfo Bioy Casares. Borges (2006). Barcelona: Destino, 2006; 1663 pp.; col. Imago Mundi; edición al cargo de Daniel Martino; ISBN: 978-9507320859.

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domingo, 11 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «La mera observación cotidiana ofrece abundantes ejemplos de la capacidad para elaborar subterfugios y evasiones con la única finalidad de librarse de la aplastante evidencia de pruebas irrefutables, así como la oportunidad de constatar cuán fácilmente se alteran los argumentos originales o se desfiguran a conciencia los de la parte contraria, o los puntos de vista más diáfanos son envueltos en una nube de confusión precisamente por quienes defienden la postura contraria.

De todos los mortales, los más seriamente infectados por esta variante de la vanidad parecen ser los que integran la raza de los escritores. Como su reputación está basada exclusivamente en su discernimiento, han desarrollado una sensibilidad exacerbada a cualquier ataque a su reputación literaria. No estará de más recordar que no pocos hombres con reconocidas aptitudes se muestran perfectamente capaces de poner todo su empeño en mitigar incongruencias y resolver contradicciones, mas al mismo tiempo hacen oídos sordos a las críticas que inevitablemente acompañan cualquier actividad humana pero que ellos se muestran incapaces de aceptar, salvo cuando les conviene, con tan vana como ridícula impaciencia, pregonar a los cuatro vientos que son trascendentales».

Samuel Johnson. «Aceptar las críticas», artículo del 3 de julio de 1750 en The Rambler, en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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GinzburgPeqVirt.JPG
viernes, 26 de julio de 2013

Natalia Ginzburg describe así su oficio como escritora: «Normalmente, no da mucho dinero, es más, para vivir siempre hay que hacer otro trabajo al mismo tiempo. A veces también da un poco: y tener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, como recibir dinero y regalos del ser amado. Así es mi oficio. No sé mucho, digo, sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme, o mejor dicho, de los resultados obtenidos conozco el valor relativo, aunque no el absoluto. Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien, y siempre, lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres; he comprobado que si me pregunto “¿una pequeña escritora como quién?”, me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que o sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito. Lo que sí es importante, en cambio, es tener la convicción de que es justamente un oficio, una profesión, algo que se hará toda la vida. Pero, como oficio, no es broma. Existen incontables peligros (…). Estamos continuamente amenazados por graves peligros en el mismo instante de redactar nuestra página. Existe el peligro de ponerse de repente a coquetear y a cantar. Yo siempre tengo unas ganas locas de ponerme a cantar, debo contenerme mucho para no hacerlo. Y está el peligro de estafar con palabras que no existen de veras en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos. Está el peligro de pasarnos de listos y estafar. Es un oficio bastante difícil, como veis, pero es el más bonito del mundo. Los días y los asuntos de nuestra vida, los días y los asuntos de la vida de los demás a los que asistimos, lecturas e imágenes y pensamientos y conversaciones lo alimentan y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos. Se alimenta y crece en nuestro interior».

Natalia Ginzburg. «Mi oficio», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9. [Vista del libro en amazon.es]

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JimLozLlagas.JPG
viernes, 1 de junio de 2012

Dos observaciones de Jiménez Lozano sobre Dostoievski:

—«Dostoievski pertenece al orden de escritores que dejan una decisiva huella en uno, lo que no significa que arrase o colonice ni nuestro pensamiento ni nuestra sensibilidad o gusto estético. Ningún escritor se apoderó jamás de las ánimas de los lectores como él, ninguno las ha trastornado tanto, ninguno las ha hecho bajar de tal modo a los infiernos o sentir la pureza de la inocencia y la belleza del mundo. Ningún otro escritor ha logrado que la vida de un lector suyo quede escindida entre un antes y un después de haberse encontrado con sus libros».

—«El crítico y amigo de Dostoievski, Nikolái Strájov, le dice que tiene su escritura un gran inconveniente, y éste es el de que posee una gran abundancia de ideas, sentimientos e historias, con una o muy pocas de las cuales otros escritores compondrían un libro; pero eso mismo hace que uno aprenda a leer para hacerse cargo de todo lo que a primera vista no se ve. Así que Dostoievski enseña a leer, a ver si una escritura es pura superficie lisa o un mundo con recovecos que son otros tantos mundos».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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domingo, 20 de mayo de 2012

Adam Zagajewski:
«Leyendo a los escritores contemporáneos, amargos e irónicos, me hago esta pregunta: ¿por qué tenemos que volver de nuevo a Nietzsche? Porque parece que no cabe duda de que ellos proceden de Nietzsche, los fascinó ese gran estilista, ese grande, magnífico saboteador. Y me hago también esta pregunta: qué hay al otro lado, más allá de la inquietud, más allá de la tristeza, inspirada e irónica. Porque, después de todo, no se trata —sólo un niño podría razonar de esta manera— de que, a un lado, se encuentren esos profundos, guasones y agudos genios, y, al otro, exclusivamente la rutina, la mediocridad, la cotidianidad, trajes grises, poetas poco interesantes, el tedio de la ortodoxia y el parlamento, el tedio de los pintores académicos, pastores de voz profesionalmente impostada, la Iglesia, los organismos oficiales, los bancos, los consorcios internacionales y, pagados por ellos, obedientes profesores que cantan la virtud, la familia y la libreta de ahorro. No, esta ecuación es mucho más complicada.

Al otro lado hay quizá también desesperación, tanta que busca el fuego, la claridad, la afirmación, que busca la expresión, y no la encuentra, o sólo con el mayor de los esfuerzos. ¡Pero es que no se trata aquí de un concurso de oratoria!».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena (W cudzym pięknie, 2000). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Angel Enrique Díaz-Pintado Hilario; ISBN: 84-8191-568-8.

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viernes, 4 de diciembre de 2009

Parece ser que Truman Capote, «invitado a la URSS por los altos estamentos culturales de ella, apareció vestido de manera estrafalaria, con un abrigo blanco hasta los pies, y no sé qué más abalorios muy aparatosos. El diplomático americano, allí presente, se sintió obligado a decir al ministro soviético de Cultura algo así como: “¡Ya sabe usted cómo son los escritores!”, y éste contestó: “Nosotros también los tenemos así, pero no los enseñamos”». Sea como sea, Capote fue un buen escritor del que, ahora, se pueden recordar sus especiales y entrañables cuentos navideños.

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña (2003). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-516-5.

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viernes, 15 de mayo de 2009

He leído C. S. Lewis. Apologista y místico, el texto de una conferencia de James S. Custinger sobre si C. S. Lewis era o no un místico, si «sabía» o «no sabía», algo así como si tenía o no un conocimiento directo de lo divino. Sigo bien los razonamientos del autor pero no acabo de pillar del todo el interés del asunto: creo que hay que atenerse a lo que hay, a lo que se conoce de su vida y a sus libros, y no pasarse con las conjeturas. En cualquier caso, se dicen cosas aprovechables, como una frasecilla que le dijo un amigo de Lewis, Owen Barfield, al autor, sin saber cuál es su origen (y yo tampoco lo sé): «El que no sabe y no sabe que no sabe, es un necio. Dejadle. El que no sabe y sabe que no sabe, es un estudiante. Enseñadle. El que sabe y no sabe que sabe es un artista. Observadle. El que sabe y sabe que sabe, es un maestro. Seguidle». Para mí Lewis es un maestro, no para seguirle, sí para leer sus libros: unos me han gustado más, o me han parecido mejores que otros, pero todos están bien escritos, todos son inteligentes, con ninguno he perdido el tiempo, con todos he aprendido. Muchísimo más que suficiente.

James S. Custinger. C. S. Lewis. Apologista y místico (1998). Mallorca: Olañeta, 2008; 68 pp.; col. Padma; trad. de Esteve Serra; ISBN: 978-84-9716-555-6.

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sábado, 8 de noviembre de 2008

Le preguntan a Augusto Monterroso si pueden separarse la postura política del escritor y su creación literaria, y responde: «El juicio sobre la obra de cualquier escritor está siempre teñido por los prejuicios dominantes en su tiempo o en su circunstancia, o por la exigencia o la prisa con que determinadas personas bien o mal intencionadas quieren que las cosas cambien. Usted ve que Dostoievski vuelve a ser editado en su patria, y Kafka considerado, por fin, un crítico del capitalismo. Sea cual haya sido su posición frente a los regímenes en que les tocó escribir, lo que no parece entenderse es que ninguno de los dos estaba en lo fundamental descontento con ningún sistema político, sino, como todo buen escritor, como Cervantes o como Swift, con el género humano, simple y sencillamente».

Augusto Monterroso. En una entrevista del año 1972, en Viaje del centro de la fábula. Madrid: Alfaguara, 2001; 191 pp.; diez entrevistas entre los años 1969 a 1994; ISBN: 84-204-4259-3.

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viernes, 17 de agosto de 2007

Una interesante respuesta de Jane Austen al bibliotecario del príncipe regente, que le había sugerido que escribiese una novela histórica: «Estoy tan poco dotada para esa clase de novela como para un poema épico. No podría sentarme seriamente a escribir una novela histórica seria en ninguna circunstancia excepto en la de salvar la vida, y en caso de que fuera indispensable continuarla sin reírme de mí misma ni de otras personas, creo que me ahorcaría antes de acabar el primer capítulo. No, debo limitarme a mi propio estilo y seguir mi camino».

Leído en la obra de Stuart Kelly, La Biblioteca de los libros perdidos (The Book of Lost Books, 2005). Barcelona: Paidós, 2007; 391 pp.; trad. de Miguel Candel y de Marta Pino; ISBN: 84-493-1985-3.

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domingo, 13 de mayo de 2007

La misma idea
de hace días, en un libro extraordinario de Christian Bobin:

«Ayer fui a pagar mis impuestos. Delante de mí, había un hombre que estaba en el paro. (...). Al ver a ese hombre pensé que no soportaba a los escritores cuando hablan con cara de mártires del sufrimiento de escribir, de la dificultad de su trabajo. Un trabajo es algo que os pueden quitar un día. Conozco escritores pobres, no conozco ninguno que esté en el paro: privado de escribir —y por consiguiente de dicha, porque no hay que andarse con cuentos: escribir es una pura dicha, y cualquier otro razonamiento sobre ello es repugnante».

Christian Bobin. Autorretrato con radiador (Autoportrait au radiateur, 1997). Madrid: Árdora, 2006; 144 pp.; trad. de José Areán; ISBN: 84-88020-22-8.

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domingo, 29 de abril de 2007

Jiménez Lozano:
«No hay que confundir una tragedia con un fracaso literario, ni hay que diferenciar tanto el esfuerzo de un escritor del de un cirujano, o de un trabajador en una cadena de producción. (...) A mi pequeño nivel de escritura, no hay sombra de épica (...). Si sale sale, y si no sale no sale, no pasa nada; lo que no pueden decir el cirujano ni el trabajador en cadena, lógicamente. ¿Todavía querrían más privilegios quienes escriben?».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña.

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viernes, 16 de marzo de 2007

Robert Louis Stevenson
hablaba de un tipo de satírico al que «le basta con saber que las cosas no son lo que parecen, y de ello deduce que no existen en absoluto. También advierte que nuestras virtudes no son lo que pretenden, y por eso nos niega la posesión de toda virtud. Ha aprendido la lección según la cual no hay hombre enteramente bueno: pero ni siquiera sospecha que existe otra igualmente verdadera, a saber, que ningún hombre es enteramente malo. (...) Posee un olfato infalible para el mal, pero tiene las fosas nasales taponadas contra la bondad».

Robert Louis Stevenson. Ensayos literarios.

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viernes, 8 de diciembre de 2006

Aquí están otros dos textos más de Katherine Mansfield en Historia de un hombre casado.

Uno, para poner en solfa tantos relatos de memorias: «¿Recuerdan ustedes su infancia? Yo siempre me estoy encontrando con esos relatos maravillosos de escritores que aseguran recordarlo “todo”. Yo, desde luego, no».

Otro, para recordarnos la influencia del pasado en el presente, el peso de lo que hacemos hoy en lo que seremos mañana: «¿quién soy yo mientras estoy sentado tras esta mesa, sino mi propio pasado? Si lo niego, no soy nada. (...) Una cosa sí que he aprendido, en una cosa sí que creo: Nada Sucede de Repente».

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sábado, 7 de octubre de 2006

Una de las líneas de fuerza de la citada ¡El autor, el autor!, se condensa en un párrafo en el que se cuenta algo que le había contado a Henry James un día Flaubert «al referir con sosiego una devastadora acusación formulada por la madre del francés, y sin ánimo de negar su veracidad: “Tu manía de hacer frases te ha secado el corazón” había escrito la señora Flaubert a su hijo. Ya entonces, y aunque estas palabras iban dirigidas a otro hombre, había sentido el pequeño escrúpulo aprensivo de que algún día pudieran achacárselo a él, porque compartía con Flaubert la manía de las frases, de hacer frases de un equilibrio perfecto, una construcción intrincada, una cadencia sutil y un sentido de una densidad tan apretada como un relleno de carne».

David Lodge. ¡El autor, el autor!

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viernes, 29 de septiembre de 2006

Me ha gustado ¡El autor, el autor! una novela sobre Henry James que firma David Lodge. Está muy bien recogida la personalidad de James contra el fondo de los ambientes en los que se movía, su sentido de la amistad y su profesionalidad obsesiva, sus deseos frustrados de triunfar en el teatro, así como su desasosiego y sus celos ante las pocas ventas de sus libros frente al triunfo de novelas de mala calidad...., y más cosas, sobre las que reproduciré algunos textos más adelante.

David Lodge. ¡El autor, el autor! (Author, author, 2004). Barcelona: Anagrama, 2006; 495 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 84-339-7091-7.

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domingo, 23 de julio de 2006

En sus memorias cuenta el crítico alemán Marcel Reich-Ranicki una minianécdota que ha llegado a ser universalmente citada pero que, afirma, le sucedió a él. Después de mucho tiempo sin verle, un día se topó con un escritor y comenzaron a charlar. El escritor hablaba sin parar y, después de una hora, se dirige al crítico: no paramos de hablar de mí, ahora vamos a hablar de usted. «Dígame, ¿qué le ha parecido mi último libro?».

Marcel Reich-Ranicki. Mi vida (Mein Leben, 1999). Barcelona: Galaxia Gutemberg – Círculo de lectores, 2000; 534 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-8109-303-3.

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viernes, 30 de septiembre de 2005

Jiménez Lozano:
«Un escritor tiene un enorme riesgo de perdición total: el que llene los cielos y la tierra con su "yo" o su nombre —que viene a ser lo mismo— hasta hacer que ese "yo" y ese nombre sean más grandes que su obra. Entonces se asiste a ese espantoso espectáculo entre trágico y grotesco de un escritor mirándose directamente en el ombligo o en el espejo de su público y de su gloria; su escritura se convierte en un puro ejercicio de resonancia, palabras y más palabras huecas y cada vez más retorcidas y sonoras. Da pavor».

José Jiménez Lozano. Una estancia holandesa. Conversación.

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viernes, 2 de septiembre de 2005

Me ha gustado el último libro publicado de Tobias Wolff, Vieja escuela. Como muchos sabrán ya, su escenario es, a principios de los años sesenta, un elitista colegio de la Costa Este de los EE.UU. donde muchos chicos sueñan con ser escritores, el narrador compite con otros compañeros. Indirectamente, pues los objetivos de Wolff son otros, en la novela se muestra qué patética es la veneración hacia los escritores famosos —ese «devocionarismo literario, que se diría laico pero es de una religiosidad primitiva e idolátrica, humillante», que dice Jiménez Lozano en La luz de una candela—. Al menos para mí deja de manifiesto qué tontamente narcisista es la visión del trabajo literario que se formula varias veces en el texto: según Robert Frost, que a su vez cita a Shelley, «los poetas somos los legisladores no reconocidos de la humanidad»; en boca del narrador, a un escritor se lo compara con «un monje en su celda que reza por el mundo, algo que hacía solo, pero en favor de otras personas». Sí, ciertamente, Hemingway dice que «los escritores son como todas las demás personas, sólo que peor»; y sí, la crítica feroz al estilo de Ayn Rand deja claro que hay diferencia «entre un escritor que desprecia las heridas y uno para el que constituyen un hecho básico de la vida». Pero, tal como yo lo veo, tanto esos matices como el comentario final, acerca de «aquellas antiguas palabras, seguramente las palabras más hermosas nunca escritas o dichas», de que «su padre, cuando le vio acercarse, corrió a su encuentro», parecen literarios en el sentido de que no se ve que debajo haya nada.

Tobias Wolff. Vieja escuela (Old School, 2003). Madrid: Alfaguara, 2005; 272 pp.; trad. de Mariano Antolín Rato; ISBN: 84-204-6657-3.

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martes, 26 de julio de 2005

Hace algunas semanas, un escritor al que le preguntaban por qué publica tan poco, declaraba que a su alrededor no escuchaba un gran clamor reclamándole nuevos libros. Se ve que no les ocurre lo mismo a muchos escritores de literatura infantil y juvenil.

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miércoles, 11 de mayo de 2005

Para quien opina sobre libros es un consuelo pensar que un genio como Dostoievski hiciera una de las predicciones literarias más erróneas de la historia pues, cuando leyó los primeros escritos de Tolstoi, afirmó: «según mi opinión, escribirá muy poco (pero tal vez estoy equivocado)».

Joseph Frank. Dostoievski. Los años de prueba, 1850-1859 (Dostoevski. The Years of Ordeal, 1983). México: Fondo de Cultura Económica, 1986; 444 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de Jaime Retif del Moral; ISBN: 968-16-2448-3.

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