Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas del archivo 'Memorias, Epistolarios' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
LepmanPuente.jpg
jueves, 23 de noviembre de 2017

Se ha publicado en castellano Un puente de libros infantiles, un libro autobiográfico de Jella Lepman, importante para la historia particular de la LIJ y cuya edición en inglés comenté, tiempo atrás, en la voz de la autora. En él cuenta unos años de su vida desde que, al término de la segunda Guerra Mundial, acepta la propuesta del mando norteamericano de regresar a Alemania para encargarse de las cuestiones educativas y culturales que afectaban a las mujeres y a los niños. Entre otras cosas explica los avatares de la puesta en marcha de la Internationale Jugendbibliothek de Múnich y de la fundación del IBBY en 1953.

Jella Lepman. A Bridge of Children's Books: The Inspiring Autobiography of a Remarkable Woman (Die Kinderbuchbrücke, 1964). Dublin: The O'Brien Press, 2002; 168 pp.; traducción al inglés de Edith McCormick. ISBN: 0-86278-783-1. Edición en castellano, titulada Un puente de libros infantiles, en Vigo: Creotz, 2017; 248 pp.; col. Velda autoras; trad. de Augusto Gely; ISBN: 978-8494147388. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
RicciGovindo.jpg
viernes, 26 de mayo de 2017

Govindo. El regalo de Madre Teresa, de Marina Ricci, es un extraordinario libro testimonio (que, apunto para quienes pertenezcan al mundo de la LIJ, gustará mucho a quienes hayan leído y disfrutado con La lección de August).

La autora, una periodista italiana, tuvo que ir a Calcuta en 1996 para realizar un reportaje sobre Nirmal Hriday, la casa de los moribundos que llevan las hermanas de la Madre Teresa, y sobre Shishu Bhavan, un orfanato que también atienden. En este vio a Govindo, un niño minúsculo con una evidente discapacidad que le ganó el corazón. Su marido Tommaso y sus cuatro hijos —tres chicas y un chico— respaldaron su propuesta de adoptarlo, por lo que dieron todos los pasos para llevarlo a Italia, donde le diagnosticaron una parálisis cerebral espástica y microcefalia. Se cuentan distintos episodios de todo ese proceso hasta el fallecimiento de Govindo el año 2010.

Las descripciones son vívidas. Véase: «Ningún relato puede reproducir el impacto devastador que recibe quien llega por primera vez [a Calcuta] desde un país occidental. Lo que te asalta, te satura y te aplasta no es solo la miseria en cantidad industrial, sino el aire mismo lleno de miasmas, la suciedad y el asco, la irrefrenable necesidad de no tocar nada, que ni siquiera nada te roce. Es una sensación violenta que, con el pasar de los días, se atenúa lentamente y nos acostumbra poco a poco incluso a Calcuta, gigantesca letrina humana, llena de hombres y mujeres en la miseria, de quienes no se acuerda nadie».

Conmueve la forma en que la autora pone al descubierto su mundo interior: «todos los sentimientos que me han unido a Govindo han convivido con otras tantas sensaciones de repulsa, miedo, pánico». Resultan cercanos sus acentos coléricos al entrar en el «planeta adopciones, hecho de encuentros con psicólogos y asistentes sociales y documentos, timbres, sellos y más documentos». Su energía se revela cuando cuenta el trato en los hospitales: «fui transformándome en una fiera, con Tommaso que intentaba contener mis iras, dándome en el codo o tirándome de la ropa cuando veía que comenzaba a alterarme durante las consultas médicas»; en un caso, ante unos comentarios insensibles, cuenta que «si alguien piensa que la adopción de Govindo me estaba haciendo más buena, se equivoca mucho. Yo le habría saltado al cuello». Es un gran momento el de cuando impide que los filmen, a Govindo a y a ella, la CNN: «No quería que nadie arruinase todo lo vivido con comentarios dulzones. Yo era de ese ambiente y sabía bien de qué era capaz mi gente».

En esta entrevista la autora explica que escribió esta historia, para ella misma y su familia, con la intención de no olvidar lo vivido pues, al mirar atrás, se daba cuenta de que todo había sido extraordinario: de ahí que su relato transmita tanta sinceridad. Varios años después cedió a las peticiones que le hacían de que la publicara. En ella dice también que Dios le ganó la apuesta: amigos y parientes le habían advertido sobre los problemas que le causaría la adopción de un niño tan enfermo y, en concreto, sobre los efectos adversos que tendría esa decisión en sus hijos. Sin embargo, el resultado fue todo lo contrario: los testimonios con los que termina el libro, de los cuatro hermanos mayores de Govindo, lo ponen de manifiesto.

Marina Ricci. Govindo. El regalo de Madre Teresa (Govindo. Il Dono di Madre Teresa, 2016). Madrid. Rialp, 2017; 192 pp.; trad. de Miguel Martín; ISBN: 978-84-321-4817-0. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
DouglassVidaEsclavoAmericano.jpg
sábado, 25 de marzo de 2017

Después de leer Trazados busqué un libro que no había leído: Vida de un esclavo americano escrita por él mismo, de Frederick Douglass.

La buena introducción explica que, entre 1820 y 1860 proliferaron en Estados Unidos las «narraciones de esclavos», libros escritos o dictados por negros y publicados por los abolicionistas, de los que tal vez el más logrado sea este. Su autor, que vivió entre 1818 y 1895, consiguió huir de Maryland a Massachussets en 1838. Publicó la primera edición de su libro en 1845 pero luego, en versiones posteriores y en otros escritos que publicó, se ve su mejoría expresiva: era un hombre muy elocuente que convenció de sus tesis a muchos, en sus conferencias, y que llegó a ser una persona destacada en la vida pública.

En el libro cuenta sus experiencias primero como esclavo de plantación y luego como esclavo de ciudad, una condición mucho mejor; habla de los distintos amos y capataces que tuvo, unos más crueles que otros, pero ninguno dispuesto a prescindir de los esclavos; explica cómo pudo aprender a leer, al principio gracias a la esposa bondadosa de uno de sus amos, y luego por su cuenta; se plantea huir y organiza las cosas pero falla en su primera tentativa aunque lo logra en la segunda; y por último explica cosas de su vida, siendo libre, y de su colaboración con quienes militaban en movimientos antiesclavistas.

Uno de los puntos que trata es la religiosidad asombrosamente torcida que vio entre quienes fueron sus amos. Al final dirá que «entre el cristianismo de este país y el cristianismo de Cristo, hay para mí la más amplia diferencia posible..., tan amplia que para considerar el uno bueno, puro y santo es imprescindible rechazar el otro como malo, corrupto y diabólico. Ser amigo de uno es necesariamente ser enemigo del otro. Yo amo el cristianismo puro, pacífico e imparcial de Cristo; y odio en consecuencia el cristianismo corrupto, esclavista, azotamujeres, expoliacunas, parcial e hipócrita de este país».

Su peor etapa fueron seis meses, como peón rural, con el señor Covey, a partir del 1 de enero de 1833: «Nos obligaba a trabajar hiciera el tiempo que hiciera. Nunca hacía demasiado calor ni demasiado frío; por mucho que lloviera, soplara el viento, granizara o nevara, teníamos que trabajar en los campos. Trabajo, trabajo, trabajo, era casi tanto el orden del día como el de la noche. Los días más largos eran demasiado cortos para él, y las noches más cortas, demasiado largas. Yo era bastante ingobernable cuando llegué allí, pero unos cuantos meses de aquella disciplina me domaron».

Más adelante mejorará su condición al trabajar con el señor Freeland, al que calificará como el mejor amo que tuvo: «Como el señor Covey, nos daba bastante de comer; pero, a diferencia del señor Covey, también nos daba tiempo bastante para comerlo. Nos hacía trabajar mucho, pero siempre desde que salía el sol hasta que se ponía. Nos exigía mucho trabajo, pero nos daba buenas herramientas para hacerlo. Tenía una finca grande, pero empleaba a bastantes hombres para trabajarla, y con desahogo, comparado con muchos de sus vecinos. El trato que me dio, mientras estuve a su servicio, fue celestial, comparado con el que padecí a manos del señor Edward Covey».

Dice esto sobre las canciones propias de los esclavos: «Me he quedado muchas veces completamente atónito, desde que vine al Norte, al encontrar personas que eran capaces de alegar el canto de los esclavos como prueba de que están contentos y felices. No se puede concebir mayor error. Cuando más cantan los esclavos es cuando se sienten más desgraciados. Las canciones del esclavo reflejan los pesares de su corazón; y le alivian sólo como alivian las lágrimas a un corazón afligido. Ésa es al menos mi experiencia. Yo he cantado muchas veces para ahogar el dolor, pero muy pocas para expresar felicidad».

Cuando pudo huir, explica, el lema que adoptó «fue éste: «¡No confíes en nadie!». Veía en cada blanco a un enemigo, y en casi todos los hombres de color, motivos de recelo». Esta desconfianza cambió gracias a «la mano humanitaria del señor David Ruggles, cuya atención, bondad y perseverancia nunca olvidaré». Termina su relato expresando su confianza en que «pueda contribuir en algo a informar sobre el sistema esclavista estadounidense, y adelantar el día gozoso de la liberación de mis millones de hermanos encadenados, confiando fielmente en el poder de la verdad, del amor y la justicia para el éxito de mis humildes esfuerzos».

Frederick Douglass. Vida de un esclavo americano contada por él mismo (Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave, 1845). Madrid: Capitán Swing, 2010; 264 pp.; col. Polifonías; presentación de Angela Y. Davis; trad. de Carlos García Simón e Íñigo Jáuregui Eguía; ISBN: 978-8493770969. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
NaipaulLeer.jpg
sábado, 19 de noviembre de 2016

Leer y escribir. Dos mundos, contiene dos textos en los que V. S. Naipaul recuerda su formación como escritor. En el primero habla de algunas influencias literarias y en el segundo explica las dificultades que tuvo para escribir una novela sobre sus antepasados indios.

Afirma que «la ficción funciona mejor en un área moral y cultural cerrada, donde las reglas son conocidas por la mayoría; y en esa área delimitada trata cosas —emociones, impulsos, ansiedades morales— que serían inasibles o quedarían incompletas en otras formas literarias». Habla de los grandes autores de habla inglesa que «escribieron en tiempos del imperio» y señala que ellos eran inevitablemente «medio imperiales» y, si estaban o iban a la India, usaban «los incidentes del viaje para definir sus personalidades metropolitanas contra un telón de fondo extranjero». En cambio, dice, «mis viajes no eran así. Yo era un colono que viajaba en colonias de cultivo del Nuevo Mundo muy parecidas a aquella en la que yo había crecido» y «tuve que escribir porque no existían libros sobre temas que me dieran lo que quería. Tuve que esclarecer mi mundo, dilucidarlo, para mí mismo».

Para llegar a esto, el autor habla de su infancia en Trinidad y de sus años jóvenes en Inglaterra. Indica cómo, «de niño, al tratar de leer, había sentido que dos mundos me separaban de los libros que me ofrecían en la escuela y en las bibliotecas: el mundo de la infancia de nuestra India recordada y el mundo más colonial de nuestra ciudad. Yo pensé que las dificultades tenían que ver con los problemas sociales y afectivos de mi infancia —esa sensación de haber entrado al cine mucho después de empezada la película— y que las dificultades se desvanecerían cuando yo creciera». Pero no fue así y, pasado el tiempo, sigue Naipaul, las áreas de oscuridad que tuvo de niño se convirtieron en sus temas como escritor: «la tierra; los aborígenes; el Nuevo Mundo; la colonia; la Historia; India; el mundo musulmán, con el cual también me siento unido; África; y luego Inglaterra, lugar donde estaba escribiendo».

Tal como se indica en esta buena reseña de hace tiempo, «pocas veces se ha contado —este libro es también una narración— el tema del exilio, tan pegado a todo escritor y a la relación de la creación misma con el medio en que ha de desarrollarse, con la originalidad de enfoque y la seriedad que lo hace Leer y escribir».

V. S. Naipaul. Leer y escribir. Dos mundos (Reading and Writing. A Personal Account, 2000). Barcelona: Debolsillo, 2006; 112 pp.; col. Contemporánea; trad. de Flora Casas; ISBN: 978-8497939683. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
SolzheCocesAgui.JPG
domingo, 15 de noviembre de 2015

Supongo que Václav Hável tomó parte de los planteamientos que formula en El poder de los sin poder, de la vida y las palabras de Alexander Solzhenitsyn. En un momento dado dice allí Hável: «¿Por qué se expulsó a Solzhenitsyn de su patria? Ciertamente no porque representara una unidad de poder real; ciertamente no porque cualquier representante del régimen se sintiera amenazado por el peligro de que Solzhenitsyn le birlara el puesto. Su expulsión fue algo distinto: el intento desesperado de cegar esta peligrosa fuente de verdad, una verdad de la que nadie podría prever qué tipo de cambios podría suscitar en la conciencia de la sociedad y a qué sacudidas políticas habrían podido conducir a su vez estos cambios. El sistema postotalitario se comportó en consonancia con su modo propio: defensa de la integridad del mundo de la “apariencia” para defenderse a sí mismo».

En un apéndice del magnífico libro de memorias de Solzhenitsyn, Coces al aguijón, hay una entrevista de 1974 con él cuando estaba recién desterrado de la URSS, en la que, cuando le preguntaban cómo podían prestarle apoyo las personas que permanecían oprimidas en su país, respondía: «Con acciones físicas no, tan sólo negándose a mentir, NO PARTICIPANDO PERSONALMENTE EN LA MENTIRA. Que cada uno deje de colaborar con la mentira en todos los sitios donde la vea: le obliguen a decirla, escribirla, citarla o firmarla, o sólo a votarla, o sólo a leerla. En nuestro país la mentira se ha convertido no sólo en categoría ética, sino también en un pilar del Estado. Al apartarnos de la mentira, realizamos un acto ético, no político, no enjuiciable penalmente, que tiene una influencia inmediata en nuestra vida entera».

En mi plan de relecturas, la lectura de El poder de los sin poder me condujo a leer con calma Coces al aguijón, que no había leído en su totalidad años atrás, pero que sí había hojeado y del que sí recordaba ideas y situaciones, también por otras lecturas de y sobre Solzhenitsyn. En su primera parte habla el autor de su escritura clandestina durante décadas, de las vicisitudes para publicar Un día en la vida de Iván Denisovich, de las razones para el éxito que obtuvo ese libro al principio, de los intentos del régimen de convertirlo en un escritor dócil, y del temor que su conducta y sus publicaciones provocaron después. Luego tiene cuatro complementos, escrito uno en noviembre de 1967, otro en febrero de 1971, un tercero en diciembre de 1973, y un cuarto en junio de 1974, cuando acababa de ser expulsado de la URSS.

El libro es detallista, extenso, y en él aparecen muchos personajes, algunos de poco interés ya para muchos y otros más conocidos entre nosotros como Rostropóvich y Sajarov —un milagro que apareciera alguien como él, dice Solzhenitsyn, «un alma que buscaba la verdad», «en el avispero de la élite técnica a sueldo, vendida, sin principios, y encima en uno de sus nidos principales, secretos, cubiertos de bienes: cerca de la bomba de hidrógeno»—. Habla pormenorizadamente de todas las circunstancias que rodearon la concesión del Nobel en el año 1970, y de cómo se precipitó la publicación en Occidente de El Archipiélago Gulag y, con eso, su expulsión de la URSS.

La narración, a pesar de los ambientes asfixiantes que describe, respira buen humor y autoironía: «qué cosa tan pegajosa resultan ser unas memorias: mientras no estiras la pata, no las terminas. Todo el tiempo van pasando cosas nuevas, y hacen falta suplementos. Y maldiciéndome a mí mismo por mi pesada prolijidad, abuso del tiempo del lector y del mío». Las precauciones y maniobras del autor para realizar y preservar su trabajo, para ir ganando terreno frente a la intimidante maquinaria estatal, y los logros inesperados que alcanzó, ayudan a comprender por qué la escritora Lidia Chukövskaia calificaba a Solzhenitsyn, ya entonces, de hombre-epopeya, hombre-leyenda.

Lo anterior encaja con que, por momentos, el autor adopta un tono épico: «Pero vendrá nuestra hora, y saldremos de las profundidades del mar todos [los escritores rusos ocultos] a la vez, como los Treinta y Tres caballeros de la leyenda, y así renacerá nuestra gran literatura». Y, más adelante, dice: «Me fue concedido llegar con vida a esta dicha: asomar la cabeza y tirar las primeras piedrecitas a la estúpida cabezota de Goliat. A la cabezota no le pasó nada, las piedrecitas rebotaron, pero al caer en tierra, florecieron con estrellas de las nieves, y las recibieron con alborozo o con odio, más nadie pasó simplemente de largo».

Alexander Solzhenitsyn. Memorias (Coces al aguijón) (1975). Barcelona: Argos, 1977; 461 pp.; trad. de V. Lamsdorff; ISBN: 84-7017-337-5. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 30 de agosto de 2015

Una buena lectura del verano: la autobiografía de Edith Wharton titulada Una mirada atrás. Los temas principales son su infancia y juventud —su educación y el nacimiento de su entusiasmo por la literatura sobre todo— en Nueva York, las últimas décadas del siglo XIX; sus viajes a París, Roma, Londres…; cuestiones relacionadas con su oficio como escritora y, en especial, su amistad con Henry James.

Una nota sobre la educación que recibió: «la teoría sentimental de que a los niños no hay que hacerles estudiar nada que no les interese flotaba ya entonces en el aire, y reforzada por el temor a “fatigar” mi cerebro indujo a mis padres a convertir mi trabajo en juego. Privada así de los irreemplazables fundamentos del griego y del latín, nunca aprendí a concentrarme excepto en temas que me interesaban de forma natural, y desarrollé una inquieta curiosidad que me impedía fijar mi pensamiento durante mucho rato incluso en aquellos temas. Como beneficios no veo más que uno. Para la mayoría de mis contemporáneos, la obligación de aprender de memoria famosos poemas debió de hacer que estos perdieran para siempre algunas de sus más bellas flores; en mi caso, como tenía prohibido memorizarla, la gran poesía (…) me llegó con la frescura del amanecer, húmeda todavía de rocío, y jamás ha perdido aquella temprana luminosidad».

Termina sus recuerdos del siguiente modo: «El mundo es un cenagal y lo ha sido siempre; pero aunque ninguno de los grandes teóricos, ni tampoco de los iluminados, haya podido dominar esta monstruosidad que forcejea eternamente sin tino, ni conseguido someterla el tiempo suficiente a alguno de sus bonitos planes de reajuste, acá y allá un santo o un genio envía un tenue rayo de luz a través de la niebla y ayuda a la humanidad a seguir avanzando a trompicones, hacia adelante, y a veces hacia arriba». Y, sea como sea, termina señalando que «el mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos; y todavía me caliento agradecida las manos al fuego del antiguo hogar, aunque cada año este fuego se alimente de la leña seca de más y más recuerdos del pasado».

Edith Wharton. Una mirada atrás. Autobiografía (A Backward Glance, 1934). Barcelona: Ediciones B, 1994; 333 pp.; col. Tiempos Modernos; trad. de Jordi Gubern; ISBN: 84-406-4834-0.

Enviar Imprimir
ZweigMundoAyer.JPG
domingo, 16 de agosto de 2015

Un libro que tenía previsto leer desde hace mucho y acabo de leer ahora: El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Son las memorias del autor, escritas en el exilio y publicadas en 1944, tras su muerte. Lo había empezado en 1934 y el manuscrito lo envió a su editor el día antes de suicidarse. El subtítulo, «memorias de un europeo», da idea tanto de su talante personal, tan ajeno a cualquier nacionalismo de miras cortas, como del dolor por haber tenido que exiliarse varias veces y por la evolución de los acontecimientos históricos.

Cuenta con amenidad su vida infantil y juvenil en Viena, con una descripción brillante del ambiente educativo y de ambiciones culturales en el que creció; explica cómo empezó su dedicación a la literatura; habla de su pasión por coleccionar manuscritos; rememora su trato con otros escritores y personalidades de su tiempo; va dejando constancia de los profundos cambios sociales y políticos que se iban dando a su alrededor; y termina con las noticias del comienzo de la segunda Guerra Mundial. (Esta reseña en inglés de Wikipedia es buena y más completa que las que aparecen en otros idiomas).

Apunto aquí sólo una consideración de las que hace sobre su trabajo literario. Cuenta que, una vez, se levantó de su escritorio especialmente satisfecho y su mujer le dijo que tenía el aspecto de haber llevado a cabo algo extraordinario:

«Y yo le contesté con orgullo:
—Sí, he logrado borrar otro párrafo entero y así hacer más rápida la transición.
De modo, pues, que si a veces alaban el ritmo arrebatador de mis libros, tengo que confesar que tal cualidad no nace de una fogosidad natural ni de una excitación interior, sino que sólo es fruto de este método sistemático mío que consiste en excluir en todo momento pausas superfluas y ruidos parásitos, y si algún arte conozco es el de saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia. Si algo he aprendido hasta cierto punto de mis libros ha sido la severa disciplina de saber limitarme preferentemente a las formas más concisas, pero conservando siempre lo esencial».

Stefan Zweig. El mundo de ayer: memorias de un europeo (Die Welt von Gestern, 1942). Barcelona: El Acantilado, 2011, 15ª reimpr.; 545 pp.; trad. de J. Fontcuberta y A. Orzeszek; ISBN: 978-84-95359-49-0. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
AgassiOpen.JPG
domingo, 15 de febrero de 2015

Me recomendaron leer Open, el libro autobiográfico de André Agassi. Y ha sido una buena lectura: lo he pasado bien, tiene ideas interesantes, he aprendido cosas de un mundo del que conozco poco, y cuenta bien un proceso formativo singular. Esta reseña explica su contenido.

Dos párrafos de los que tomé nota:

Uno, con ocasión de la enfermedad de un amigo: «Me digo a mí mismo: recuerda esto. Quédate con esto. Ésta es la única perfección que existe, la perfección de ayudar a los demás. De lo que hacemos, esto es lo único con un valor o con un sentido duraderos. Ésta es la razón por la que estamos aquí. Para hacernos sentir seguros los unos a los otros. (…) Para luchar entre el dolor y, siempre que sea posible, para aliviar el dolor de los demás. Así de simple. Y tan difícil de ver...».

Otro, hacia el final: «Una transformación es un cambio de una cosa a otra, pero yo empecé con nada. Yo no me he transformado, sino que me he formado. Cuando entré en el mundo del tenis, era como la mayoría de los críos: no sabía quién era y me rebelaba cuando los mayores me decían quién era. Creo que los mayores cometen constantemente ese error con los jóvenes: los tratan como productos acabados cuando, de hecho, están en proceso. Es como juzgar un partido antes de que acabe, y yo, demasiadas veces, he remontado, y demasiadas veces mis rivales me han ganado a mí contra pronóstico, por lo que sé que eso no está bien».

André Agassi y J. R. Moehringer. Open. Mi Historia (Andre Agassi) (Open. An Autobiography, 2009). Barcelona: Duomo, 2014; 480 pp.; col. Nefelibata; trad. de Juan José Estrella González; ISBN: 978-8415945482. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
HernandezCantoCuco.JPG
viernes, 1 de agosto de 2014

En su momento hablé de El caballo de cartón, de Abel Hernández. He leído en las últimas semanas otros  libros del autor: Historias de la Alcarama, también recuerdos de la vida en Sarnago, Soria; Leyendas de la Alcarama, una historia de amor ambientada en los mismos tiempos y ambientes; y el recientemente publicado El canto del cuco: llanto por un pueblo, más recuerdos elegíacos donde se combinan sucesos y experiencias de hoy con recuerdos de la infancia y, en particular, de su madre.

Vale la pena conocerlos para disfrutar del lenguaje y de las observaciones llenas de sentido común del narrador. Ambas cualidades se pueden apreciar cuando, en El canto del cuco, comenta que la perversión actual de muchas palabras es un gran desastre cultural y, para ejemplificarlo, hace notar cuánto le sorprende «que a las putas, izas, rabizas, busconas, zorras, etcétera, se las llame trabajadoras sexuales, al maestro de escuela empleado de la enseñanza, al médico trabajador de la sanidad, y al espía de toda la vida, agente del servicio de información, o, peor aún, del servicio de inteligencia». En fin, concluye, «todo esto es hablar por no callar, o peor: hablar para engañar y camelar a la gente. Cosa de charlatanes, churrulleros, cascarrines, bocaranes y cantamañanas».

Abel Hernández. Historias de la Alcarama (2008). Madrid: Gadir, 2008; 240 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-96974098. [Vista del libro en amazon.es]
Abel Hernández. Leyendas de la Alcarama (2011). Madrid: Gadir, 2011; 128 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-96974876. [Vista del libro en amazon.es]
Abel Hernández. El canto del cuco: llanto por un pueblo (2014). Madrid: Gadir, 2014; 206 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-942018-2-0. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
CerfRandom.JPG
viernes, 18 de julio de 2014

Bennett Cerf (1898-1971) entró en el negocio editorial en 1925 y fundó Random House en 1927, empresa de la que fue propietario y presidente hasta poco tiempo antes de fallecer. Había empezado a preparar sus memorias pero falleció repentinamente por lo que fueron su esposa y su principal editor, Albert Erskine, quienes prepararon este libro, Llamémosla Random House, a partir de sus notas y de las entrevistas que había concedido. La historia de sus peripecias profesionales se cuenta cronológicamente aunque algunos capítulos se dedican a determinadas cuestiones —compras o absorciones de otras editoriales, ideas de negocio que salieron especialmente bien, etc. — o a sus relaciones con autores más importantes o con los que llegó a tratar más íntimamente —como William Faulkner o James Michener, escritores que, dice Cerf, confían en el editor y por tanto el editor se vuelca con ellos—.

El libro está repleto de anécdotas pues Cerf era una persona bromista y extrovertida, con muchas relaciones con el mundo del espectáculo —era juez habitual de la elección de Miss América, fue un gran amigo de Frank Sinatra, participaba de modo habitual en un show televisivo…—. Habla de por qué publicó, o por qué no lo hizo, algunos libros controvertidos, igual que cuenta sucedidos con otros editores y muchos escritores, casi siempre con acentos amables y positivos. Son reveladoras —también por lo atrás que se han quedado…— algunas opiniones que tenía sobre su negocio al final de su andadura profesional, como la de que «la gente no lee ficción como antes, tal vez porque la vida misma es muy emocionante. La ficción hoy no puede competir con la primera plana de un periódico». Pero lo más interesante, sin duda, está en cómo su historia deja constancia de la evolución y el crecimiento de la industria editorial en las décadas centrales del siglo XX.

Por ejemplo (y en relación a mis intereses particulares), Cerf cuenta que descubrió la literatura infantil cuando tuvo dos hijos y se propuso contarles cuentos y darles libros, y gracias también a su esposa Phillis, que fue quien impulsó una nueva colección, que también constituyó como una empresa independiente al principio, llamada Begginer Books. Esta colección, un éxito arrollador, comenzó con El gato garabato, del Dr. Seuss, autor que había publicado ya varios libros en la editorial pero que, con este, consiguió uno de los relatos más vendidos de la historia.

Más adelante comenzaron otras colecciones, por edades, y fue uno de los hijos de Cerf quien le sugirió que los libros de las colecciones debían ir numerados porque, así, aquellos lectores a los que les había gustado ese libro sabían que podían encontrar más del mismo tipo. O, por ejemplo, dos ideas que fueron una gran lotería, en palabras del mismo Cerf, fueron los All About Books, los libros que hablaban de «todo sobre el tiempo», «todo sobre las estrellas», etc., muy impulsados por el consumo cada vez mayor de la televisión entre los niños; o los Landmark Books, que pensó cuando quiso comprarle a su hijo de siete años, en 1948, libros sobre historia de los EE.UU. y vio que no había ninguno apropiado en las librerías, por lo que puso en marcha una colección compuesta por libros que trataban, cada uno, un episodio importante de la historia de los EE.UU.

Bennett Cerf. Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (At Random. The Reminiscences of Bennett Cerf, 1977). Madrid: Trama, 2013; 270 pp.; col. Tipos móviles; trad. de Íñigo García Ureta; ISBN: 978-84-92755-90-5. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
AdamsEducHA.JPG
viernes, 23 de mayo de 2014

El título La educación de Oscar Fairfax replica el de La educación de Henry Adams, el libro que también es la referencia intelectual de Fairfax. Su autor, Henry Adams, fue biznieto de John Adams y nieto de Quincy Adams, dos presidentes norteamericanos, y luego embajador y alto cargo del gobierno estadounidense; tuvo muchos amigos en distintas administraciones norteamericanas y fue profesor de historia en Harvard. Adams se refiere a sí mismo en tercera persona y, a lo largo de sus selectivas memorias, va señalando las experiencias que marcaron no tanto su vida como lo que denomina su educación. Su libro está considerado una de las grandes obras norteamericanas de no-ficción del siglo XX y, sin duda, es básico para quien desee conocer la historia política de la Norteamérica de la segunda mitad del siglo XIX.

Sin embargo, en mi caso, ni el interés histórico del libro, ni su indudable calidad narrativa y de lenguaje, fueron suficientes para superar el rechazo que me provoca su tono continuamente quejoso: resulta molesto que alguien con todos los privilegios sociales a su alcance no vea más que motivos para lamentarse y echar la culpa siempre a otros o al empedrado. Así, en el libro abundan frases como «la educación que había recibido no tenía relación con la educación que necesitaba»; «para desgracia de este joven en particular, las ventajas sociales eran su único capital en la vida»; «el principal prodigio de la educación consiste en que no echa a perder a todos cuantos concierne, maestros y aprendices»… Sus experiencias de la vida política le resultan también decepcionantes y, sobre todo, una y otra vez lamenta que se cumpla «la regla de que un amigo en el poder es un amigo perdido». Con todo, no es una lectura de la que me arrepienta y seguro que hay muchos que la disfrutarán.

Henry Adams. La educación de Henry Adams (The Education of Henry Adams, 1907). Barcelona: Alba, 2001; 561 pp.; col. Clásica Maior; trad., introducción, cronología y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-8428-045-4.

Enviar Imprimir
BremerBibVer.JPG
viernes, 22 de noviembre de 2013

Dos libros cortitos de memorias de Mary Ann Clark Bremer: Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno. Me han dejado una impresión desigual: magnífica el primero y, también por eso, frustrante y algo desazonadora el segundo. Están organizados en capítulos muy cortos y contados con una prosa sobria, elegante siempre. La diferencia de impresión está en que el primero es alegre y optimista, como corresponde a una persona joven que se vuelca en los demás y se enamora, y el segundo, los años que siguen a la muerte de su marido en la guerra de Israel de 1956, refleja el desasosiego y los esfuerzos de la autora para afirmarse a sí misma como mujer independiente que se mira en las obras de Virginia Woolf.

Me quedo con el primero también por sus comentarios de buena lectora según habla de libros que le gustan o va leyendo. La historia comienza en 1946, cuando ha de vivir en un pueblo francés donde pasó los veranos de su niñez. Allí pone en marcha una biblioteca, usando muchos libros de su tío Marcel, al que recuerda con afecto y agradecimiento. Indaga, casi sin darse cuenta, en el pasado de su tío cuya historia, sorprendentemente, vuelve a entrelazarse con la suya de un modo inesperado. Lo interesante del libro es su frescura, su calidez, y las muchas reflexiones certeras sobre libros de toda clase que, al hilo de su relato, va enhebrando. Tiene también comentarios agudos: por ejemplo, de una mujer dice que «sabía hacer que te sintieras bien con dos frases; sabía hacer que te sintieras mal con una sola frase».

Mary Ann Clark Bremer. Una biblioteca de verano (Notebooks I. Summer Library). Cáceres: Periférica, 2012; 88 pp.; trad. de Hugo Bachelli; ISBN: 978-84-92865-59-8.
Mary Ann Clark Bremer. Cuando acabe el invierno (Notebooks I. At the end of the winter…). Cáceres: Periférica, 2013; 78 pp.; trad. de Hugo Bachelli; ISBN: 978-84-92865-71-0.

Enviar Imprimir
MandelstContraTE.JPG
viernes, 11 de enero de 2013

Nueva edición del extraordinario Contra toda esperanza: memorias, de Nadiezhda Mandelstam. Escrito a partir de 1956 y publicado en Occidente en 1970, en él se recogen las memorias de la viuda del poeta Osip Mandelstam quien, después de dar a conocer un poema contra Stalin en 1934, fue detenido y exiliado hasta que, finalmente, falleció en un campo de prisioneros en 1938. En capítulos que van adelante y atrás en el tiempo, la autora deja constancia de la vida de su marido y suya en los años veinte y treinta, así como del comportamiento de los escritores que se relacionaban con ellos: Gorki, Alexei Tolstoi, Pasternak, etc.

Uno de los aspectos del libro, el que ocupa más espacio, es el que da testimonio de cómo fue la persecución estalinista. Afirma que «tanto Mandelstam como Ajmátova fueron los primeros que sintieron en su propia piel lo que significaba la época estaliniana, pero poco a poco lo fueron sintiendo todos». Indica que, al principio, «escogimos todos el camino más fácil: callábamos en la confianza de que no nos matarían a nosotros sino al vecino. No sabíamos siquiera quién entre nosotros mataba y quién se salvaba simplemente, gracias a su silencio». Hasta que todo fue patente: «los hombres que ejercían la profesión de exterminadores inventaron un proverbio: “Dadnos al hombre, que la acusación ya la encontraremos”», expresión que «oímos por primera vez en Yalta (en 1928)». Con lo que llegó un momento en el que «proscribimos la pregunta “¿por qué lo han detenido?”, “¿por qué?”, gritaba furiosa Ajmátova cuando alguien de nuestro entorno, contagiado por el estilo general, hacía esa pregunta, “¿Cómo por qué? Ya es hora de saber que a la gente se la detiene por nada”…». También se anota cómo muchos intelectuales deseaban encontrar alguna justificación a la realidad con unos deseos patéticos de no quedarse al margen de la revolución, una palabra que poseía una fuerza grandiosa: «Mi hermano Evgueni decía que no fue ni el miedo ni el soborno —aunque hubo bastante tanto de lo uno como de lo otro— lo que jugó un papel decisivo en la domesticación de la intelectualidad, sino la palabra “revolución”, a la cual nadie quería renunciar. Con esa palabra no sólo sometía ciudades, sino también a muchos millones de seres».

Otro aspecto, como es lógico, es el de la personalidad de Osip Mandelstam, un hombre que, aunque provocó su propia muerte al escribir y difundir su poema contra Stalin, estaba contra el suicidio que, a veces, su mujer se planteaba como última salida. Además de decirle que «la vida es un don al que nadie tiene derecho a renunciar», usaba un argumento que, a ella, era el que le resultaba más convincente: «“¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?” Mandelstam era un ser lleno de amor por la vida que jamás buscó el infortunio, pero tampoco orientó su vida en busca de la así llamada felicidad. Para él esas categorías no existían». Es muy poderoso el capítulo titulado «El camino funesto», donde la autora se plantea por qué su marido actuó como lo hizo: «al elegir su forma de morir, Mandelstam utilizó una sorprendente peculiaridad de nuestros dirigentes: su excesivo, casi supersticioso, respeto por la poesía: “De qué te quejas”, me decía, “éste es el único país que respeta la poesía: matan por ella. En ningún otro lugar ocurre eso”…». Y, concluye, «Creo que no quiso abandonar la vida sin dejar un claro testimonio de todo cuanto sucedía ante nuestra vista».

Y otro más son los comentarios que, acerca de la creación poética, van apareciendo en distintos lugares. Así, dice la autora, «la atención —anotó en uno de sus borradores— es una virtud del poeta lírico. La distracción y la desidia son los subterfugios de la pereza lírica». O, en otro momento, afirma: «Creo que para todo artista la eternidad se hace perceptible en cada instante que existe y transcurre, instante que él detendría encantado para hacerlo aún más perceptible. La nostalgia del artista no es producida por el anhelo de la eternidad, sino por la pérdida temporal del sentimiento de que cada segundo tiene volumen, es ubérrimo, está lleno de sentido y equivale, por sí mismo, a cualquier eternidad».

Nadiezhda Mandelstam. Contra toda esperanza: memorias (Hope Against Hope. A Memoir, 1970). Madrid: Alianza, 1984; 500 pp.; col. Alianza tres; trad. de Lydia K. de Velasco; ISBN: 8420631350. Nueva edición en Barcelona: El Acantilado, 2012; 656 pp.; col. El Acantilado; trad. de Lydia Kúper; prólogo de Joseph Brodsky; ISBN: 978-84-15689-10-2.

Enviar Imprimir
DayLargaSoledad.JPG
viernes, 28 de diciembre de 2012

El mismo amigo que me recomendó Silencio me animó a leer La larga soledad, la autobiografía de la norteamericana Dorothy Day (1897-1980), un personaje completamente desconocido para mí. Es un libro dividido en tres partes —«Búsqueda», «Felicidad natural», «El amor es la medida»— que se corresponden con su vida hasta los 25 años —infancia, juventud, trabajo como periodista y como activista socialista-marxista—; cinco años en los que se plantea su conversión al catolicismo, tiene una hija, y se separa de su marido, que ni quería tener la niña ni entendía su religiosidad; y los años posteriores a su encuentro con Peter Maurin, con quien fundó, en 1933, el Movimiento del Trabajador Católico.

Aunque la escritora señala que no intenta tanto escribir su autobiografía como hablar de las cosas que, a lo largo de su vida, la llevaron a Dios, lo cierto es que resulta más que singular su vida como reportera en periódicos combativos, igual que su itinerario intelectual —de autores como Upton Sinclair y Jack London, a otros como «Dostoievski y Huysmans (¡qué hombres tan diferentes!)»…—, así como su participación en huelgas de hambre y manifestaciones —lo que le valió varias detenciones y encarcelamientos, alguna, dice, «víctima de la histeria roja de la época, pero víctima también de mi propia imprudencia»—.

Como corresponde a un personaje que rompe cualquier molde, son muchas las situaciones y anécdotas curiosas. Por ejemplo, que llegase a leer a santa Teresa gracias a… William James. O el que, cuando dio a luz a su hija, la chica católica «que estaba en la cama contigua a la mía en el hospital me dio una medalla de Santa Teresa de Lisieux.
—Yo no creo en esas cosas —le dije, demostrando una vez más que a veces las personas dicen lo que no piensan.
—Si amas a alguien, te gusta tener a mano algo que te lo recuerde —me contestó.
Era una verdad tan evidente que me sentí avergonzada».

Dorothy Day. La larga soledad: autobiografía (The Long Loneliness, 1952). Santander: Sal Terrae, 2000; 301 pp.; col. Servidores y testigos; trad. de Ramón Ibero Iglesias; ISBN: 84-293-1359-1.

Enviar Imprimir
NewmanPerdGan.jpg
viernes, 28 de octubre de 2011

Leí hace dos meses Perder y ganar, de John Henry Newman, una especie de novela autobiográfica que escribió tras su conversión. Su protagonista es Charles Reding, un estudiante de Oxford que, tras sus estudios y muchas conversaciones con gente de todo tipo, decide afrontar el paso del anglicanismo al catolicismo. Al margen de su contenido, que no a todos atraerá, está cuidadosamente traducida y contiene una gran descripción de la vida en Oxford, con notas a pie de página que aclaran costumbres y terminología. Estilísticamente, cuestión que no preocupaba mucho al autor, uno de sus puntos fuertes está en los incisos descriptivos de comportamientos y tipos humanos, que son de una inteligencia e ironía fuera de lo común. Por ejemplo, esta forma de presentar a un personaje:

«Es francamente difícil describir sensatamente a un pelma en una novela por la sencilla razón de que es un pelma. El relato debe intentar concentrar y un pelma lo que hace es desparramar. Sólo a la larga se le descubre. Y entonces, sin duda, se le siente. Es opresivo, como el viento siroco que la gente del lugar reconoce al instante mientras que el de fuera no lo nota. Tenet occiditque. Si le oyes hablar por primera vez, piensas que es agradable y hasta te parece que sabe bastantes cosas. Pero cuando ves que no acaba nunca, o que te suelta siempre lo mismo cada vez que te topas con él, o que te tiene de pie hasta casi desfallecer, o que te engancha con la rapidez de un rayo en el preciso momento en que querías llegar puntual a algún asunto, o que —¡no falla!— te obstruye esa conversación verdaderamente interesante que estaba empezando a tomar cuerpo; entonces, no hay la menor duda, la verdad estalla escandalosamente ante ti, apparent facies; estás en las garras de un pelmazo. Tienes dos posibilidades: rendirte o huir, porque derrotarle es imposible. Por tanto, parece evidente que a un cargantón como este no podemos sacarlo aquí porque la novela se volvería tan insoportable como él mismo. Así que, lector, créeme, acepta sin más que este Bateman tan tieso es lo que te digo y dame las gracias por ahorrarte la prueba».

John Henry Newman. Perder y ganar (Loss and Gain: The Story of a Convert, 1848). Madrid: Encuentro, 2009, 4ª ed. corregida ; 399 pp.; trad., introducción y notas de Víctor García Ruiz; ISBN: 978-84-7490-922-0.

Enviar Imprimir
jueves, 7 de julio de 2011

Por su interés histórico pongo información sobre un libro antiguo en el que un padre recuerda la vida y educación de su hijo: Vida de Dominguito, de Domingo Faustino Sarmiento.

Enviar Imprimir
RigoniSargentoNieve.jpg
viernes, 9 de abril de 2010

El sargento en la nieve,
un libro extraordinario de Mario Rigoni, es un relato en primera persona de la retirada del ejército italiano de Rusia en 1943.

El autor, entonces sargento mayor de un regimiento de alpinos, al mando de un pelotón de ametralladoras, narra con sencillez y claridad los hechos tan alborotados de una retirada en la que se suceden los enfrentamientos y las bajas. Dentro de la dureza de la situación no faltan toques de buen humor: un día que vuelve a su refugio, dice, «me preguntaba si encontraría correo y qué palabras nuevas debía escribir a mi novia. Pero resultaba que las palabras nuevas volvían a ser las viejas: besos, bien, amor, volveré. Me decía que si escribía: gato para Navidad, aceite para las armas, turno de vigilancia, Beppo, posiciones, teniente Moscioni, cabo Pintosi, alambradas, ella no entendería nada».

Lo más admirable, sin embargo, es el tono en el que todo se cuenta, lleno de respeto y humanidad, incluso en los momentos más dolorosos y conmovedores, como cuando habla del día en que murieron sus mejores amigos, el 26 de enero de 1943, y que, ahora, dice, junto con «muchísimos más duermen en los campos de grano y de amapolas y entre las hierbas floridas de la estepa, al lado de los viejos de las leyendas de Gógol y de Gorki». Además, asombra más todavía pensar que el autor comenzó a escribir estos recuerdos cuando estaba en un campo de concentración alemán, en 1944, y los terminó en 1947.

Un texto de Claudio Magris añade perspectiva: «El sargento en la nieve, de Mario Rigoni Stern, es una de las pocas obras épicas capaz, en su gran envergadura, de condenar el horrible mal de la guerra y rendir al mismo tiempo homenaje a las virtudes del valor y de la solidaridad que, pese a todo, existen en ella, pero no por casualidad es más una Odisea que una Iliada. La dificultad de representar la guerra se ha convertido casi en imposibilidad con la Segunda Guerra Mundial, de la que falta, a pesar de los muchos notabilísimos intentos, una narración adecuada a su realidad».

Ya dije que leería más libros de Rigoni. Tampoco este será el último.

Mario Rigoni. El sargento en la nieve (Il sergente nella neve. Ricordo della ritirata di Russia, 1953). Valencia: Pre-Textos, 2007; 151 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de César Palma; ISBN: 978-84-8191-814-4. [Vista del libro en amazon.es]
Claudio Magris. «La guerra, una epopeya imposible», artículo de 1999, en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

Enviar Imprimir
GorkiRecuerdos.jpg
viernes, 19 de marzo de 2010

Me ha gustado leer Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev, de Maxim Gorki. En relación a los dos primeros autores, los que conozco, me ha confirmado en algunas cosas que ya sabía: la excepcionalidad de Tolstoi junto con su empecinamiento en presentarse a sí mismo como gran moralista universal, y la categoría personal de Chéjov. Tanto la forma de contar como la postura de Gorki son ponderadas, como se aprecia en su defensa de la mujer de Tolstoi frente a las críticas que recibió por parte de algunos seguidores del escritor. En relación a Chéjov hace algunos comentarios muy acertados sobre su obra como, por ejemplo, éste: «poseía el arte de localizar y matizar la mediocridad, arte que sólo está al alcance de los que se plantean las más altas exigencias de la vida, que se forma sólo a partir del deseo ardiente de ver la sencillez, la belleza, la armonía del hombre».

Maxim Gorki. Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev (textos publicados conjuntamente por el autor en 1927). Barcelona: Nortesur, 2009; 240 pp.; trad. de Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz; prefacio, cronología y bibliografía de Lidia Spiridinova; ISBN: 978-84-937357-0-8.

Enviar Imprimir
RigoniEstaciones.jpg
viernes, 12 de marzo de 2010

Estaciones
es el último libro de Mario Rigoni Stern, escrito cuando tenía ochenta años, pero es el primero del autor que yo leo y, como me ha gustado mucho, no será el último. Dividido en cuatro capítulos titulados con el nombre de las cuatro estaciones, es una especie de libro de memorias salteadas: el autor cuenta juegos de niño y de joven, habla de sus amigos, recuerda escenas de la segunda Guerra Mundial, hace sensatas comparaciones entre el pasado y el presente. El tono es sereno y el estilo es llano. Al final resume su libro diciendo que ha sido un «meditar sobre las estaciones de tu vida y sobre la existencia que se lleva tus recuerdos, unos recuerdos que se tornan plegaria de agradecimiento por la vida que has tenido, por los dones que la naturaleza te prodiga».

Mario Rigoni Stern. Estaciones (Stagioni, 2006). Valencia: Pre-Textos, 2009; 152 pp.; trad. de César Palma; ISBN: 978-84-8191987-5. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
AgustínConfesiones.jpg
viernes, 21 de agosto de 2009

Un libro decisivo por muchas razones: Las Confesiones, de san Agustín. Fue el primer libro de su género y un modelo para futuros relatos sobre un itinerario interior de maduración. No es extraño que san Agustín escribiera un relato semejante pues, dice Eric Auerbach, él fue el primero, o uno de los primeros, que se dio cuenta de que estaba naciendo un género radicalmente nuevo.

Enviar Imprimir
RothCartas.jpg
domingo, 21 de junio de 2009

Me ha gustado leer las Cartas de Joseph Roth, y descubrir cómo se define a sí mismo: como un europeo, un mediterráneo, un romano y un católico, un humanista y un hombre del Renacimiento, un francés oriental, un racionalista con religión, un católico con cerebro judío, un auténtico revolucionario... Son también más que interesantes sus juicios sobre muchos escritores del momento —algunos exagerados, muchos otros certeros—, así como sus cartas dolientes a Stefan Zweig —«yo mismo soy un muro de lamentaciones, un montón de escombros»— que revelan lo que, de otro modo, vuelca en su magnífico relato La leyenda del santo bebedor.

Pero, ahora, quería mencionar algunas de las grandes lecciones para periodistas que da el autor austríaco. Así, en una carta a Bernard von Brentano, el 2 de febrero de 1926, le habla de que no debe quejarse de que le corten sus artículos, y le dice: «Usted no es un solista, sino un cantor de coro. Tiene que adaptarse. Puede discutir en detalle la razón de este corte o de aquél, pero, como principio, debe ceder. Con ese amor celoso por cada línea que emite, puede que llegue a ser un genial poeta; un buen periodista, jamás. El asunto al que dedica su artículo es sagrado. Su artículo es un medio para el objetivo. El asunto y usted, que lo escribe, son más que el artículo, en la misma medida que es usted más que el aire que exhala».

Y, más adelante, justifica que no le hayan publicado un artículo pues «no era bueno. (...) Era flojo, inorgánico, era la descripción de un camino, pero no el camino. Tiene usted buenas ocurrencias, buenas imágenes, buenos giros; pero no crecen unos en otros. Escribe usted eslabones de cadena desunidos. (...) Aprenda usted transiciones naturales. En los poemas, el sentimiento y el ritmo fraguan lo que está suelto. En la llamada prosa, es precisamente la coherencia la que debe crear el sentimiento».

Joseph Roth. Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.
Joseph Roth. La leyenda del santo bebedor (Die legende vom heiligen Trinker, 1939).Barcelona : Anagrama, 1999, 6ª ed.; 92 pp.; col. Panorama de Narrativas; trad. de Michael Faber-Kaiser; prólogo de Carlos Barral; ISBN: 84-339-3006-0.

Enviar Imprimir
ChangCisnes.jpg
jueves, 16 de abril de 2009

Cuando leí Mao y yo recordé dos libros sobre la misma época.

Uno, La chica del pañuelo rojo, de Jili Jiang, que se puede considerar literatura juvenil, por lo que tiene de testimonio de una niña y por su carácter de introducción a obras mayores.

Otro, el famoso Cisnes salvajes, donde su autora, Jung Chang, cuenta la vida en China en el siglo XX a través de la historia de tres mujeres: su abuela, su madre y ella misma. La narración se desarrolla desde 1909, fecha del nacimiento de su abuela en una China feudal, hasta que, sesenta y nueve años después, su nieta abandona el país para cursar estudios en Londres. En medio del relato, ágil, vivo y con momentos de gran dureza, abundan consideraciones de sentido común —«no tardé en descubrir que el aburrimiento podía ser tan agotador como el trabajo más duro»—; de sana rebelión —«podía comprender la ignorancia, pero me negaba a aceptar su glorificación y mucho menos su autoridad»—; de intuición inteligente —«me sentí como las ranas del pozo en una leyenda china, quienes afirmaban que el tamaño del cielo era el de la redonda abertura del redondel»—.

Jung Chang. Cisnes salvajes (Wild Swans, 1991). Barcelona: Circe, 2003, 17ª impr.; col. Biografía Circe; trad. de Gian Castelli Gair; ISBN 10: 84-7765-073-X.

Enviar Imprimir
Chateab01.jpg
sábado, 13 de septiembre de 2008

Durante los últimos meses he leído Memorias de ultratumba, la enorme obra póstuma de François-René de Chateaubriand. Esperaba que fuera un libro casi tan satisfactorio como la Vida de Samuel Johnson, y por momentos lo ha sido —algunos capítulos literarios, muchos donde trata sobre la Revolución Francesa, bastantes de los que comenta la figura de Napoleón, los que son como retratos de sus contemporáneos y en especial el de Talleyrand, los que resumen al final su visión de las cosas...—, pero me han resultado excesivas la cantidad de cartas que se reproducen y la multitud de menudencias de la vida política de la época que se cuentan sobre todo en la tercera parte. Tampoco la lectura ha sigo fluida: dejando de lado que algunos tramos los he pasado demasiado rápido, he advertido algunas erratas y deficiencias de traducción que siempre deslucen un libro así.

En cualquier caso, es cierto que unas memorias muestran «el revés de los acontecimientos que la Historia no muestra; la Historia no expone más que el derecho»; unas memorias, dice Chateaubriand, «pintan mejor la Humanidad completa al exponer, como las tragedias de Shakespeare, las escenas altas y bajas». En otro orden, es ilustrativo asistir a un desfile tan bien presentado de gobernantes bufones, políticos ignorantes, aristócratas vanos y otros personajes, a los que su autor retrata, no sé si siempre con justicia pero sí de modo inteligente: por ejemplo, de La Fayette dice que «avanzaba sin caerse en los precipicios, no porque los viese, sino porque no los veía; en él la ceguera hacía las veces del genio: todo cuanto es inamovible es fatal y lo que es fatal es poderoso».

Luego, uno encuentra de todo. Hay momentos de nostalgia: «Cuando uno repasa o escucha hablar de su vida pasada, cree ver en un mar desierto la estela de un barco que ha desaparecido; cree oír los tañidos fúnebres de una campana cuya vieja torre no se acierta a ver». Los hay de balance: «Nada, pues, más vano que la gloria más allá de la tumba, a menos que haya dado vida a la amistad, que haya sido útil para la virtud, compasiva para la desgracia y que nos sea dado disfrutar en el cielo de una idea consoladora, generosa, liberadora, dejada por nosotros en la tierra». Hay reacciones de desengaño: «Toda mentira repetida se convierte en una verdad: imposible no sentir un desprecio absoluto por las opiniones humanas». Hay buen humor: «¡Ojalá hubiera sido yo el contemporáneo de ciertas criaturas privilegiadas por las que me siendo atraído en los diversos siglos! Pero habría tenido que resucitar demasiado a menudo». Hay contradicciones entre lo que se afirma y el mismo trabajo que se ha tomado el autor para escribir sus libros: «Mi defecto capital es el hastío, el desagrado de todo, la duda perpetua. (...) Después de todo, ¿hay algo hoy en día por lo que valga la pena levantarse de la cama? Se duerme uno con el ruido de los reinos que caen por la noche, y que se barren cada mañana delante de la puerta».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

Enviar Imprimir
viernes, 25 de agosto de 2006

En el caso de las ficciones que tratan sobre cuestiones dolorosas reales, es particularmente necesario contrastar su lectura con los testimonios de primera mano. Un ejemplo cercano: las novelitas que, más o menos, tratan sobre la guerra civil española y obras como la citada días atrás, Un adolescente en la retaguardia. Otro ejemplo: las que hablan de la segunda Guerra Mundial con las memorias de supervivientes de campos de concentración, como el testimonio de Viktor Frankl, La vida en busca de sentido, o, por mencionar otro que acabo de leer, Historia de mi vida, de Aharon Appelfield. Y es que, salvo casos especiales, no es nada fácil que una ficción sea un testimonio político: el ejemplo de acierto total, debido a unas circunstancias muy particulares unidas a un talento excepcional, es Un día en la vida de Iván Denisovich, de Alexander Solzhenitsyn.

Enviar Imprimir
OConnor.jpg
miércoles, 20 de abril de 2005

Con el título El hábito de ser, hace pocos meses que se ha publicado el epistolario de la escritora norteamericana Flannery O´Connor, un libro espectacular por la categoría humana que revela, por su riqueza de contenido en opiniones literarias, por su buen humor afilado y muy inteligente. Con los criterios al uso la suya no es literatura juvenil, pero algunos de sus cuentos sí lo pueden ser para quien piense que los lectores jóvenes son a veces más perspicaces que los adultos. Y, en cualquier caso, sus relatos sobre niños o con niños son particularmente luminosos.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo