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Notas del archivo 'Educación (desde arriba)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 9 de abril de 2016

Pongo algunas reflexiones que hace José Jiménez Lozano en Impresiones provinciales a propósito de los cambios culturales que vivimos.

Dice que hace tiempo que ya no se oye el toque de campana en el lugar donde vive, una más de esas «realidades de infancia ya siempre idas», que desde ciertos ambientes se desprecian, «como si se las tuviera miedo verdaderamente». «Porque ¡quién sabe lo que puede resonar un tañido a muerto en un corazón humano! Y no se quieren experiencias de éstas que además nos hacen preguntas».

Comentando un libro habla de «señales de Fin de los Tiempos o asedio de los bárbaros a la ya muy disminuida urbs» y cita, entre otros ejemplos, el de que «un pedagogo asegura que señalar en rojo las faltas de un examen es vejatorio para el alumno», y el de que, «en una universidad un profesor explica que los profesores no entienden el mundo en el que viven por culpa de su subconsciente franquista».

A propósito de «la afirmación de Mandelstam de que quienes en la niñez y la adolescencia habían ido a Belén tendrían ya siempre el don de la misericordia», indica que «toda instrucción y educación, sin el saber y, desde luego, sin el don de la misericordia, permiten que se ingrese en la barbarie muy tranquilamente, o hasta muy orgullosamente».

Vuelve dos veces a una misma frase de Flaubert. Una es esta: «Llevo tiempo dando vueltas a esta simple afirmación de Gustave Flaubert: “Escribir es corromper”. Pero ¿es que no ha sido “subvertir” y liquidar la vieja cultura el valor supremo de la escritura o las bellas artes en este tiempo nuestro? Flaubert llama a las cosas por su nombre, sencillamente».

José Jiménez Lozano. Impresiones provinciales. Cuadernos 2010-2014 (2015). Almería: Confluencias, 2015; 168 pp.; ISBN: 978-84-944413-4-9. [
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sábado, 13 de febrero de 2016

Los grandes libros para los más pequeños es una versión en castellano de un libro firmado por la autora francesa Joëlle Turin en el que se comentan una serie de álbumes ilustrados que tratan «características profundas e universales de la primera infancia (los juegos, los miedos, las grandes preguntas, las relaciones con los demás, el mundo de las emociones y los sentimientos, la imaginación)».

Pero, para poner una versión del libro a disposición del público iberoamericano, los editores, con la colaboración de varios especialistas de distintos países, rehicieron el libro incluyendo sólo unos cien álbumes conocidos o asequibles en los países iberoamericanos a los que se destina principalmente esta edición. En cinco capítulos (titulados «¡Vamos a jugar!», «Espíritu de inventiva», «Niño y filósofo», «Todos juntos», «¡Cuántas emociones!»), se presentan reflexiones hiladas, a partir de las historias y las imágenes de los álbumes que se citan, acerca de distintos aspectos del crecimiento interior de los niños.

Joëlle Turin. Los grandes libros para los más pequeños (Grands Livre pour les tout petits). México: Fondo de Cultura Económica, 2014; 256 pp.; col. Espacios para la lectura; trad. de Rafael Segovia Albán; ISBN: 978-6071624086. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de enero de 2016

Última nota de esta serie con citas de Samuel Johnson, esta vez acerca de cuestiones más o menos educativas:

—«Aquellos que no son capaces de juzgar las épocas pasadas sin remitirse a la propia suelen alcanzar conclusiones dudosas».

—«El alborozo auténtico ha de ser siempre natural y la naturaleza es uniforme: los hombres han sido sabios de maneras muy distintas, pero siempre han reído igual».

—«El hombre que amenaza al mundo es ridículo, pues el mundo puede continuar con mucha facilidad sin él, y en un plazo de tiempo brevísimo dejará de echarlo en falta».

—«La verdad es siempre verdad, y la razón es siempre la razón; poseen un valor intrínseco e inalterable, y constituyen el oro intelectual que desafía la destrucción; pero el oro puede envolverse en asuntos más corrientes, de manera que solo un químico pueda reconocerlo; el sentido puede quedar escondido entre entre palabras tan incultas y plebeyas que sólo los filósofos puedan distinguirlo; y estar tan enterrados entre impurezas que nadie corra con los gastos de la extracción».

—«Que debemos respetar a los jóvenes y evitar que nada indecente se aproxime a sus ojos y sus oídos es un precepto que el juicio y la virtud han aprendido de un escritor antiguo que de ningún modo se ha ganado la eminencia por la castidad de su pensamiento. La misma clase, aunque no el mismo grado de precaución, se requiere para cualquier cosa que presentemos ante ellos, para protegerlos de prejuicios injustos, opiniones perversas y combinaciones incongruentes de imágenes». Los libros tienen, entre otras, la misión de «iniciar a la juventud en el arte de saberse defender, una destreza necesaria, mediante encontronazos simulados, y aumentar la prudencia sin perjudicar la virtud».

—«Hay que inculcar de continuo [a los jóvenes] (…) que la virtud es la prueba más alta del entendimiento, y la única base sólida de la grandeza; y que el vicio es la consecuencia natural de los pensamientos estrechos, que comienzan en el error y terminan en la ignominia».

Samuel Johnson. Ensayos literarios. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015; 580 pp.; trad. de Gonzalo Torné de la Guardia, Antonio José Rodríguez Soria, Ernesto Castro Córdoba; edición y prólogo de Gonzalo Torné; ISBN: 978-84-15863-87-8. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 27 de marzo de 2014

Sigo, como dije, con algunos comentarios del libro de Daniel Goleman acerca de la construcción de las emociones. El autor indica que «los circuitos ejecutivos que nos permiten pensar en nuestros propios pensamientos y sentimientos aplican el mismo tipo de proceso a la mente de los demás. “La teoría de la mente”, es decir, la comprensión de que los demás tienen sus propios sentimientos, deseos y motivos, nos lleva a entender lo que otra persona puede estar pensando y queriendo. Tal empatía cognitiva comparte circuitos con la atención ejecutiva que empieza a florecer entre los dos y cinco años y sigue desarrollándose durante toda la adolescencia».

En otro momento explica que «ese proceso empieza cuando, «a los dos o tres años, el niño es capaz de nombrar sentimientos y decidir si un rostro está “feliz” o “triste”. Uno o dos años más tarde entienden que el modo en que otro niño percibe los hechos determinará su forma de reaccionar». Ese crecimiento se debe al sistema de neuronas espejo que, según sabemos, emerge a eso de los seis años. Luego, durante la adolescencia, «se fortalece otro aspecto, la lectura exacta de los sentimientos ajenos, preparando así el terreno para relaciones interpersonales más amables».

Pero esta información, tan interesante, tiene una importante carencia: el libro de Goleman no habla del papel que juegan los libros infantiles o, en general, las ficciones de todo tipo en el desarrollo de «la teoría de la mente» o de la «empatía cognitiva». Tampoco menciona cuánto puede ayudar a los niños un aprendizaje lector bien llevado para desarrollar su capacidad de atención: habla de actividades en los colegios para desarrollar en los niños la mindfulness, o atención plena, que no dejan de ser, o al menos lo parecen, recursos poco estables; mientras que un aprendizaje lector serio (entendido esto también en oposición a no-juguetón) sí que significa un gran apoyo para toda la vida.

Daniel Goleman. Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia (Focus: The Hidden Driver of Excellence, 2013). Barcelona: Kairós, 2013; 360 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora Zahonero; ISBN: 978-84-9988-305-2.

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jueves, 20 de marzo de 2014

He leído con interés Focus, el último libro de Daniel Goleman, aunque algunas críticas me habían hecho esperar bastante más de él. El autor subraya que vivimos en un mundo en el que la tecnología entorpece nuestras relaciones personales pues se adueña de nuestra atención. Habla de los déficits sociales, emocionales y cognitivos que causa la dependencia de los dispositivos electrónicos. Señala cómo el exceso de información que hoy nos inunda va necesariamente acompañado de una pobreza de atención. Dice que hay que pensar en la atención como un músculo mental que se fortalece a medida que se ejercita. Y, como corresponde a un libro del momento, da el motivo individualista (y pobre) para ejercitar «las habilidades atencionales» que ya se indica en el título: «el vínculo entre atención y excelencia se halla detrás de casi todos nuestros logros».

El libro propone que el entrenamiento de la atención comience en la escuela y habla de algunos proyectos educativos en esa dirección. Las ideas y propuestas son, o pueden ser, interesantes pero no faltan algunas afirmaciones prescindibles como, por ejemplo, esta: «una de las conclusiones más claras (de un grupo de científicos que estudiaron a unos niños) es la necesidad de llevar a cabo intervenciones que alienten el autocontrol, sobre todo durante la temprana infancia y la adolescencia». Interesante punto que la mayoría no necesitamos verlo refrendado por ningún grupo de científicos, creo. El autor no se detiene a explicar, pero estaría bien, algunas cosas que, si se quiere que los niños atiendan, los padres y profesores nunca deberían hacer pero que con frecuencia sí hacen... En otra nota volveré a los comentarios que hace acerca de la construcción de las emociones.

Daniel Goleman. Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia (Focus: The Hidden Driver of Excellence, 2013). Barcelona: Kairós, 2013; 360 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora Zahonero; ISBN: 978-84-9988-305-2.

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sábado, 28 de diciembre de 2013

Una escena central de Rendición incondicional, de la que omito cosas, es una charla entre Guy y una amiga que va a verle para intentar convencerlo de que no haga lo que tiene pensado hacer, entre otras cosas, adoptar como suyo un niño de su exmujer Virginia:

«—Pobre idiota —dijo Kerstie, con furia y compasión y algo cercano al amor en su voz— (…) ¿Es que no puedes entender que los hombres ya no son caballeros y no creo que lo fueran nunca? (…) Venga ya, Guy. Tienes cuarenta años. ¿No ves lo ridículo que pareces haciendo de caballero andante?
—¿Qué tipo de vida crees que tendría su hijo, si naciera sin ser deseado en 1944?
—No es asunto tuyo.
—Se convirtió en asunto mío cuando me salió al paso.
—Querido Guy, el mundo está lleno de niños no deseados. La mitad de la población europea está sin hogar, entre refugiados y prisioneros. ¿Qué significa un niño de más o de menos entre toda esta miseria?
—No puedo hacer nada por todos esos otros. Este es el único caso en que puedo ayudar. Y solo puedo yo, la verdad. Soy el último recurso de Virginia. De modo que no podía hacer otra cosa, ¿no lo ves?
—Pues claro que no lo veo. (…) Estás loco.

Y Kerstie se marchó más enfadada de lo que había llegado. No valía de nada intentar explicarlo, pensó Guy. ¿No había dicho alguien que “todas las discrepancias son discrepancias teológicas”? Volvió de nuevo a la carta de su padre: Los juicios cuantitativos no valen aquí. Si se ha logrado salvar una sola alma, eso compensa del todo cualquier pérdida de “imagen”».

Evelyn Waugh. Rendición incondicional (Unconditional Surrender, 1961). Madrid: Cátedra, 2011; 422 pp.; col. Letras universales; edición crítica de Carlos Villar Flor; trad. de Carlos Villar Flor y Gabriel Insausti Herrero-Velarde; ISBN: 978-84-376-2857-8. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 27 de diciembre de 2013

Uno de los momentos clave de Oficiales y caballeros es la conversación que tienen Guy y su compañero Ivor, un aristócrata, en un momento crítico de una operación militar que no está saliendo nada bien. Ivor dice:

—Estaba pensando en el honor. Es algo que cambia ¿no? Quiero decir, hace ciento cincuenta años habríamos tenido que batirnos si nos hubieran retado. Hoy nos reiríamos. Tuvo que haber un tiempo hace unos cien años en el que resultara un asunto espinoso.
—Sí. Los teólogos morales nunca fueron capaces de frenar los duelos. Tuvo que venir la democracia para conseguirlo.
—Y en la próxima guerra, cuando seamos completamente democráticos, supongo que será bastante honorable que los oficiales abandonen a sus hombres. Se dispondrá en las Reales Ordenanzas como un deber, para mantener un cuadro de mando que adiestre a nuevos hombres que reemplacen a los prisioneros.
—Quizá a los soldados no les gustará mucho ser adiestrados por desertores.
—¿No crees que, en un ejército verdaderamente moderno, se les respetaría más por ser espabilados. Supongo que nuestro problema reside en que nos encontramos en el periodo espinoso… como un hombre retado en duelo hace cien años.
(…) Ivor su puso en pie diciendo:
—En fin, el sendero del honor aguarda sobre la colina —y se alejó».

Evelyn Waugh. Oficiales y caballeros (Officers and Gentlemen, 1955). Madrid: Cátedra, 2010; 427 pp.; col. Letras universales; edición crítica y traducción de Carlos Villar Flor; ISBN: 978-84376-2644-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 20 de diciembre de 2013

Un rasgo importante de Retorno a Brideshead es la categoría que alcanzan los personajes secundarios: podrían calificarse de dickensianos pero Evelyn Waugh, a diferencia de Dickens, no se recrea en ellos y les da únicamente las dimensiones que necesita para construir su trama. Uno, no el más importante pero sí un tipo de personaje muy reconocible dentro de nuestras sociedades, es Rex Mottram, el hombre de negocios y político que se casa con Julia Marchmain. Para bautizarse, antes de casarse recibe instrucción católica del padre Mowbray que, un día, les dice a los Marchmain:

—«Lo malo de la educación moderna es que nunca se sabe hasta qué punto la gente es ignorante. Con personas de más de cincuenta años se puede adivinar con bastante exactitud qué se les ha enseñado y qué no. Pero estos jóvenes tienen una fachada muy inteligente, muy informada, y luego, de repente, se quiebra la costra y se perciben profundidades de confusión que uno ni siquiera sospecharía existieran».

En ese momento, la pequeña de la familia, la que había provocado con sus bromas que la ignorancia de Mottram quedara de manifiesto, lo califica de «tonto divertido», y la madre de «niño idiota». Años más tarde, Julia le recuerda del siguiente modo:

—«No era en absoluto un ser humano completo sino un trocito de ser humano, que se había desarrollado de una manera extraña, poco natural; como dentro de una botella, como un órgano mantenido vivo en un laboratorio. Yo creía que era algo así como un salvaje bueno, pero me equivoqué; era algo absolutamente moderno y al día, que sólo esta época espantosa podría producir. Un trocito muy pequeño de hombre que juega a ser un hombre entero».

Evelyn Waugh. Retorno a Brideshead (Brideshead revisited, 1945). Barcelona: Tusquets, 2008, 7ª ed.; 412 pp.; col. Andanzas; trad. de Caroline Phipps; ISBN: 978-84-7223-251-8. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 9 de agosto de 2013

Al principio de uno de sus artículos, dice Natalia Ginzburg: «yo pertenezco a una familia donde todos llevan los zapatos fuertes y en buen estado. (…) Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos». Y, después de contar algunos momentos de su vida, termina: «me preocuparé de que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si se puede, al menos en la infancia. Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño».

En otro, a propósito también de la educación de los hijos, dice: «creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber». Esas grandes virtudes, que no se respiran en el aire, «deben constituir la primera sustancia de la relación con nuestros hijos, el principal fundamento de la educación. Además, lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande».

Natalia Ginzburg. «Los zapatos rotos» y «Las pequeñas virtudes», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 9 de octubre de 2011

Pongo algunas interesantes observaciones de Marshall McLuhan respecto al sistema educativo, cuando habla del que llama «el niño televisivo» y que nosotros podemos aplicar al «niño de internet o de los videojuegos».

Dice que «la imagen mosaico de la pantalla de televisión genera un ahora profundamente envolvente y una simultaneidad en las vidas de los niños que hace que consideren los lejanos fines visualizados de la educación tradicional como irreales, irrelevantes y pueriles».

Señala que debemos abandonar un sistema educativo fosilizado, «diseñado únicamente para colocar a los jóvenes en cajones clasificados de la sociedad burocrática» y replantearnos unos colegios que son «instituciones penales intelectuales», donde cada «nueva generación es alienada de su propia herencia de 3000 años de alfabetización o cultura visual y [donde] la celebración de los valores letrados en casa sólo intensifica esa alienación».

E indica que «si la educación se ha de convertir en algo relevante para la juventud en esta época eléctrica, también debemos sustituir la “multiversidad” sofocante, impersonal y deshumanizante [de los colegios actuales] por una multiplicidad de colegios autónomos dedicados a un acercamiento profundo al aprendizaje».

Es decir: libertad.

Marshall McLuhan. Escritos esenciales (Essential McLuhan, 1995). Compiladores: Eric McLuhan y Frank Zingrone. Barcelona: Paidós Ibérica, 1998; 492 pp.; col. Paidós comunicación; trad. de Jorge Basaldúa y Elvira Macías; ISBN: 84-493-0532-2.

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domingo, 18 de septiembre de 2011

En La abolición del hombre, C. S. Lewis habla, entre otras cosas, de la necesidad de buscar armonía entre corazón y cabeza.

Antonio Damasio lo dice así: «Saber la relevancia de los sentimientos en los procesos de la razón no sugiere que la razón sea menos importante que los sentimientos, que deba ocupar un segundo lugar en relación a ellos o que tenga que ser menos cultivada. Por el contrario, evaluar el papel penetrante de los sentimientos nos puede dar una oportunidad de aumentar sus efectos positivos y de reducir su peligro potencial. De forma más concreta desearíamos, sin disminuir el valor orientador de los sentimientos normales, proteger a la razón de la debilidad que los sentimientos anormales o la manipulación de los sentimientos normales pueden introducir en el proceso de planear y decidir». Es decir, que un «reforzamiento de la racionalidad requiere probablemente que se preste una mayor consideración a la vulnerabilidad del mundo interior».

Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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jueves, 20 de noviembre de 2008

Estos días estoy recomendando a mis amigos profesores el último libro de Daniel Pennac titulado Mal de escuela. Tiene mucho de autobiografía, pues habla de sus años como mal alumno y de sus experiencias posteriores como profesor. Tiene bastante de análisis de algunas cuestiones educativas, pues combate con energía el espíritu de queja con el que unos echan las culpas a los otros del fracaso escolar, y porque habla de los métodos que usa y que, según su experiencia, funcionan. Tiene también algo de crítica social pues arremete contra los reportajes periodísticos alarmistas sobre jóvenes marginales, que generalizan sucedidos que no dejan de ser más que anécdotas, y no es precisamente amable con quienes hablan y actúan como si la misión de los enseñantes fuera «¡preparar a los alumnos para que empujen su carrito por las interminables avenidas de la vida comercial!»

En el comienzo plantea su objetivo: hablar del «dolor compartido del zoquete, sus padres y sus profesores» y de «la interacción de esos pesares en la escuela». Y, después de una presentación de sí mismo como un chico problemático que no comprendía nada en la escuela, cuenta cómo se produce su cambio y cómo decide llegar a ser profesor con especial dedicación a... los zoquetes. A mí me han resultado más que convincentes sus reivindicaciones de métodos educativos clásicos como el dictado y el aprendizaje memorístico, así como su elogio cuidadoso de los beneficios del régimen de internado en el que vivió varios años. También me han parecido clarificadoras sus opciones acerca de cómo no hay que tratar al mal alumno —sin reírse, sin blandir el pasado, sin amenazar con el futuro...—; y, en concreto, después de distinguir entre respuestas erróneas y respuestas absurdas, las que un alumno improvisa tomando pie de cualquier indicio, me ha gustado su explicación de que las últimas no se deben evaluar, pues hacerlo «es acceder a evaluar cualquier cosa y por consiguiente cometer uno mismo un acto pedagógicamente absurdo».

El libro tiene magníficos momentos de reivindicación del buen profesor —algunos son incluso emotivos— y sus aciertos compensan de sobra el que haya pasajes algo enfáticos o disquisiciones menos claras. Tampoco es del caso ponerse a discutir sobre cuestiones a las que no entra, pues el libro ha de ser juzgado por lo que dice y por lo que propone. Al final, Pennac subraya que, para comprender al mal alumno, el adulto ha de fomentar la capacidad de imaginarse a sí mismo sin saber lo que sabe, y afirma que la palabra clave, que nadie se atreve a pronunciar nunca en ningún sitio porque resulta peligrosa, es... amor.

Y, precisamente, una de sus manifestaciones, una de las líneas de fuerza que recorre toda la obra, es la necesidad de la tenacidad, de no rendirse nunca, de no dar por supuesto que las cosas van a ir a peor. Así, a una madre preocupada por lo que será de su hijo en el futuro, le dice:

«—¿Sabe usted el único modo de hacer que se ría el buen Dios?
Vacilación al otro extremo del hilo.
—Cuéntele sus proyectos.
En otras palabras, no pierda la cabeza, nada ocurre como está previsto, es lo único que nos enseña el futuro al convertirse en pasado».

Daniel Pennac. Mal de escuela (Chagrin d’ecole, 2007). Barcelona: Mondadori, 2008; 255 pp.; col. Literatura; trad. de Manuel Serrat Crespo; ISBN: 978-84-397-2129-1.

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domingo, 12 de octubre de 2008

Una de las cuestiones por las que La diferencia prohibida merece la pena ser conocido es por cómo Tony Anatrella se refiere a la respuesta social ante las cuestiones que trata.

En general, dice, vivimos en «una sociedad que crea ella misma sus propias enfermedades para buscar después los medios de curarlas». Sin duda, la total falta de análisis y de comprensión con la que la mayoría de los políticos hacen frente a los retos educativos, así como el hecho frecuente de que su visión sea corta y sus mentes sean estrechas, añaden confusión a la confusión e irritan mucho por su esterilidad. Pero el fracaso de la educación es global y, aunque esté agudizado por tanta demagogia social y tanto idealismo sentimental, no adelantamos nada culpando a otros. El autor subraya que la voluntad de «no levantar olas», tan común, es anestésica; que la «inocencia gazmoña» que pretende que nada dependa del individuo y todo de la sociedad se llama irresponsabilidad; que los problemas se incuban y se desarrollan cuando no tenemos presente la fragilidad psíquica de los niños y adolescentes, y echamos sobre sus espaldas responsabilidades que no son las suyas, y más aún si «nuestros modelos actuales consisten en decir a los jóvenes: no os identifiquéis con nosotros, no tenemos nada que proponeros».

Son clarificadoras las páginas que dedica el autor a la pederastia, en las que afirma que, «al mismo tiempo que nuestra sociedad pone en guardia contra la pederastia, crea las condiciones» para que prolifere. También lo son las que dibujan una breve historia de cómo los adultos han ejercido su «derecho de vida y de muerte» sobre los niños de corta edad: si antiguamente los recién nacidos rechazados por sus padres eran abandonados en los bosques o en la plaza pública para dejarlos «al arbitrio de las adopciones con vistas a la esclavitud», o simplemente para que murieran, «con los progresos técnicos, la edad de su eliminación ha sido adelantada a los comienzos de la gestación» y, además, lo asombroso es que «las leyes protegen estas prácticas». Al final, concluye, «no es extraño que la violencia que pesa sobre el nacimiento del niño reaparezca en las conductas violentas de los niños y de los adolescentes en relación con la sociedad».

Al respecto pueden leerse:  Semana negra, Los niños siguen siendo noticia, Cuánta razón.

Tony Anatrella. La diferencia prohibida. Sexualidad, educación y violencia: la herencia de mayo de 1968 (La différence interdite, 1998). Madrid: Encuentro, 2008; 336 pp.; trad. de Lázaro Sanz; col. Ensayos; ISBN: 978-84-7490-875-6.

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sábado, 11 de octubre de 2008

La diferencia prohibida,
de Tony Anatrella, me ha parecido un libro de los que ayudan a comprender un poco mejor en qué mundo vivimos. El autor elabora «un discurso de observación, de balance y de perspectiva» acerca de los problemas psicológicos y sociales que se derivan del trastocamiento de las relaciones entre sexos, y entre adultos y niños, que se ha producido en las últimas décadas. Sus observaciones, referidas a la Francia de hace unos años, siguen teniendo vigencia. Tal vez el texto podría estar más pulido pues hay repeticiones innecesarias y tampoco la traducción es brillante a veces.

Es particularmente lúcido su análisis sobre la devaluación de la figura paterna, y sobre las consecuencias que se derivan de ahí para el desarrollo psicológico equilibrado de los hijos. Señala que se ha perdido en nuestra sociedad el sentido de la educación como acto de transmisión, y subraya que «la educación es esencialmente una actitud, antes que una técnica y unos medios», que depende de la personalidad del adulto más que de la multiplicación de medios pedagógicos.

Dedica luego capítulos a mostrar las patologías de la interioridad, a las consecuencias psicológicas y sociales de algunas formas de comprender y vivir la sexualidad, y a la violencia juvenil como resultado natural de los errores educativos previos. Resalta que poner énfasis en la prevención no resulta eficaz sin un verdadero trabajo educativo que ayude a «los individuos a tomar conciencia de lo que viven» y que les dé «los medios de educar el sentido de su comportamiento».

Tony Anatrella. La diferencia prohibida. Sexualidad, educación y violencia: la herencia de mayo de 1968 (La différence interdite, 1998). Madrid: Encuentro, 2008; 336 pp.; trad. de Lázaro Sanz; col. Ensayos; ISBN: 978-84-7490-875-6.

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sábado, 24 de mayo de 2008

George Steiner: «Nací con una grave limitación en el brazo y la mano derechos, limitación que mi madre se negó a aceptar y contra la que luchó toda su vida. En nuestros días se permite a un niño ser zurdo. El tratamiento que me reservaron no tenía comparación posible con las actuales prácticas. Me ataban, recuerdo, la mano izquierda a la espalda y aprendía a escribir y a pintar con mi mano derecha, que estaba prácticamente paralizada. Tardé seis meses en aprender a atarme los cordones de los zapatos, algo que dejaba muy desolada a mi madre. No se advierte que para hacer un nudo es necesario utilizar ambas manos. Finalmente conseguí vencer aquella dificultad y agradezco a mi madre haberme insuflado todo lo que hay en mí de voluntad y autoridad. Le debo también mis vacilaciones ante todas las terapias llamadas modernas».

George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo (George Steiner-Ramin Jahanbegloo. Entretiens, 1992). Barcelona: Mario Muchnik, 1994; 226 pp.; trad. de Manuel Serrat Crespo; ISBN: 84-7979-187-X.

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domingo, 16 de septiembre de 2007

Jean Guitton: «Los espíritus demasiado amigos de la unidad son sistemáticos y tiránicos. Los que practican demasiado la distinción son escolásticos, preciosistas y casuísticos: sus sutilezas les extravían. Los amigos de los contrarios son escépticos, paradójicos y artificiales: lo pueden justificar todo. Es por esto por lo que el arte de juzgar que yo propongo debe permanecer al servicio de un arte superior, el de juzgar, que no tiene reglas. Es necesario poder dominar y regir sus operaciones. Y el error más sutil de la gente de pensamiento es el de llegar a ser esclavos de sus procedimientos».

Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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miércoles, 12 de septiembre de 2007

Dos comentarios tomados de Puck de la colina Pook, de Rudyard Kipling.

Uno, cuando Parnesio, el centurión romano, le dice a Dan que, cuando sea mayor, debe recordar que su suerte dependerá del primer amigo verdadero que haga, entonces Puck le aclara: «Quiere decir —dijo Puck sonriendo— que si te propones ser un tipo decente cuando seas mayor, entonces harás amigos más bien decentes. Pero si, cuando crezcas, te has hecho un bestia, tendrás unos bestias de amigos».

Y otro, de Hal, el pintor y dibujante, que recuerda su vida y comenta: «Yo vine aquí, no a servir a Dios como debe hacerlo un artesano, sino a demostrar a la gente que era un gran artista. Y a la gente le importó un bledo mi arte y mi grandeza, y me estuvo bien empleado».

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domingo, 11 de marzo de 2007

Cuenta Zagajewski una escena que presenció en un tren, cuando un chico hablaba a su padre de los nuevos modelos de coches «con un increíble fanatismo, con amor y conocimiento de causa». La voz del chico «dejaba entrever el doloroso deseo de esos vehículos, legendariamente bellos; hablaba de ellos como del unicornio. De cuando en cuando se volvía hacia su melancólico padre, arredrado por la euforia del chico, y le hacía la pregunta: “¿Comprarías ese coche si tuvieras dinero? Di, ¿lo comprarías?”.

“Pues sí, claro que sí”, respondía el padre con fingido desdén, procurando calmar la inquietud de su hijo. Al mismo tiempo, una y otra vez intentaba —sin resultado alguno— distraer la atención del hijo de los vehículos rápidos y le señalaba los indistintos paisajes del mundo nocturno que se hallaban tras la ventanilla. Mira qué bosque más alto. Son pinos, magníficos, soberbios, como mástiles de un barco. Mira la luna, hacía mucho que no la veía tan enorme. Mira, estamos llegando seguramente a una ciudad grande.

Pero con el enardecido muchacho aquello no funcionaba en absoluto; en un murmullo dramático —no podía hablar a plena voz, porque otros pasajeros dormían (yo no)—, seguía dirigiéndose a su padre, cada vez más cansado: ¿Comprarías este coche? ¿Este modelo? ¿Un Ferrari o un Jaguar? ¿Preferirías la carrocería roja o azul? Di, ¿te lo comprarías, si tuvieras dinero?

Seguro, por supuesto que me lo compraría, pero mira cómo brillan las estrellas, mira el mundo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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viernes, 5 de enero de 2007

Muchos padres y profesores pueden apreciar las consideraciones que figuran en Silas Marner, de George Eliot, sobre las consecuencias de la educación recibida por el joven Godfrey Cass. Su padre, se nos dice, «como muchos hombres violentos e implacables, dejaba crecer el mal a la sombra de su propio descuido, y cuando aquel se fortalecía y le molestaba, lo perseguía con una saña y una dureza indefinibles». Godfrey, sigue más adelante, «siempre había sabido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había ansiado vagamente cierta disciplina que frenase sus tendencias descarriadas y fomentase sus mejores instintos».

Con esas premisas, cuando llega el momento de hablar a su padre, Godfrey no se atreve y huye «a su refugio de costumbre, el de esperar que algún cambio de suerte imprevisto, alguna oportunidad favorable, le salvara de las consecuencias desagradables: tal vez hasta pudiera justificar su falta de sinceridad poniendo de manifiesto su prudencia». Y aquí emprende la escritora una de sus jugosas y características digresiones para explicarnos que «la tendencia de Godfrey a confiar en los datos de la fortuna no podría llamarse anticuada», y para poner distintos ejemplos de lo mismo, de cómo un hombre «que no cumple con los deberes de su cargo, confía en que no tendrá importancia aquello precisamente que ha dejado de hacer», o de cómo aquel «que traiciona a un amigo adorará la misma complejidad astuta llamada Suerte, y esperará que el amigo no llegue nunca a enterarse»... En fin, concluye, Godfrey practicaba una clase de religión «que desprecia el proceso ordenado que produce frutos como la semilla que los engendra».

George Eliot. Silas Marner (1861). Madrid: Valdemar, 2000; 286 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Ana D’Aumonville Alegría; ISBN: 84-7702-308-5.

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jueves, 23 de febrero de 2006

No es fácil, a veces, saber si algunos libros infantiles que muestran deficiencias educativas tienen como destinatarios a los niños. En general son ciertas dos cosas: que los niños no tienen la visión de conjunto que les permite dar a cada cosa su verdadero valor y eso les hace más frágiles, y que ser pequeño no es ser tonto y eso les hace comprender más de lo que parece. Dicho de otro modo: lo más importante no suelen ser los libros en sí mismos sino las condiciones personales del lector unidas a su concreto entorno familiar y social. Por eso, hablando desde lejos y en general, no es fácil juzgar sobre la conveniencia de que algunos relatos sean apropiados o no para niños: en ocasiones pueden presentarles situaciones que ellos no entienden y crearles problemas que no tienen, otras veces pueden darles luces que les ayuden a juzgarse mejor a sí mismos y a comprender mejor a los demás. De todas maneras, no está de más recordar que la misión educativa de cualquier ficción literaria es sólo indirecta.

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sábado, 17 de diciembre de 2005

«Nos reímos del honor y nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y apostamos a que el caballo castrado sea fértil».

C. S. Lewis. La abolición del hombre.

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domingo, 4 de septiembre de 2005

Hace días mencionaba un texto de Hannah Arendt en el que, a propósito de la educación de los niños, decía que «precisamente por lo que es nuevo y revolucionario en todo niño, la educación debe ser conservadora». Puedo apoyar la idea desde otro punto de vista recordando unos comentarios de Robert Hugues sobre la planificación arquitectónica que se hizo de Brasilia, «un ejemplo abrumador de lo que sucede cuando se diseña para un futuro imaginado en vez de para el mundo real», una ciudad que con el paso de pocos años «dejó de ser la ciudad del mañana para convertirse en la ciencia-ficción de ayer». Y es que, dice Hughes, hay ámbitos en los que resulta necesario pensar siempre en términos de necesidades humanas y no en términos de aspiraciones políticas. Por eso, afirma, «en la vida de las ciudades, sólo el conservadurismo es la sensatez. Llegar a una conclusión así ha costado casi un siglo de afirmaciones y contraafirmaciones modernistas».

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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sábado, 3 de septiembre de 2005

Daniel Goleman:
 «Los programas educativos concebidos para la prevención de un problema concreto —como, por ejemplo, el abuso de drogas, los embarazos juveniles o la violencia— han proliferado en la última década, creando una miniindustria dentro del mercado educativo. Pero la mayor parte de estos programas, incluyendo los más hábilmente promocionados y difundidos, han demostrado ser completamente ineficaces, e incluso hay algunos de ellos que, para desazón de los educadores, parecen agravar los mismos problemas para los que fueron destinados». Y es que lo primero no es saber cómo se va sino a dónde se va: sin eso el dinero y los medios sólo se malgastan (excepto para quienes cobran los sueldos correspondientes).

Daniel Goleman. Inteligencia emocional (Emotional Intelligence, 1995). Barcelona: Kairós, 1996, 59ª impr.; 523 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora; ISBN: 84-7245-371-5.

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domingo, 31 de julio de 2005

Cuando en los Estados Unidos comenzó a imponerse jurídicamente la integración racial, Hannah Arendt protestó vehementemente señalando que hacer de los niños la vanguardia de la integración era una flagrante abdicación de la responsabilidad de los padres: ¿cómo podemos tener la cara dura de cargar sobre las espaldas de los niños el cambio del mundo?, venía a decir. Y, señalando que la educación no debe ser ni la única ni la más importante fuente del cambio político y social, atacaba ese sistema educativo que destruía la autoridad natural de los maestros e imponía un comportamiento de pequeños adultos a los niños, que les privaba de tener su propio tiempo y espacio prepolíticos en la escuela y de poder gozar de un periodo protector de maduración que tan necesario es para que puedan llegar a estar en el mundo como en su casa. Y, con otra manera de decir la famosa frase d´orsiana de que, por favor, los experimentos con gaseosa, comentaba: «precisamente por lo que es nuevo y revolucionario en todo niño, la educación debe ser conservadora».

Elisabeth Young-Bruehl. Hannah Arendt.

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jueves, 5 de mayo de 2005

George Steiner: «La memoria es la Madre de las Musas, el don humano que hace posible todo aprendizaje. (...) En general, lo que sabemos de memoria madurará y se desarrollará en nosotros. (...) Cuanto más fuertes sean los músculos de la memoria, mejor protegido está nuestro ser integral. Ni el censor ni la policía pueden arrancarnos el poema recordado (testimonio, la supervivencia, de boca en boca, de los poemas de Mandelstam, de los cuales no era factible ninguna versión escrita). Se sabe que, en los campos de exterminio, algunos rabinos y estudiosos talmúdicos eran "libros vivientes", cuyas páginas, que contenían la totalidad de sus recuerdos, podían "pasar" otros prisioneros en busca de juicio o consuelo. La gran literatura épica, los mitos fundacionales, comienzan a declinar con el "progreso" del paso a la escritura. Por todas estas razones, la eliminación de la memoria en la escolarización actual es una desastrosa estupidez».

George Steiner. Lecciones de los maestros (Lessons of the Masters, 2003). Madrid: Siruela, 2004; 187 pp.; col Biblioteca de ensayo; trad. de María Condor; ISBN: 84-7844-799-7.

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viernes, 29 de abril de 2005

Explica George Steiner en Lecciones de los maestros (Siruela, 2004) cómo «el judaísmo es inflexiblemente pedagógico», cómo en él se da una relación didáctica basada en un continuo diálogo, y cómo su supervivencia «ha dependido de este intercambio milenario en el aula o en la sinagoga, en la escuela talmúdica y en la tutoría». Esto se puede apreciar en las novelas de Chaim Potok, Los elegidos (agotado hace décadas, lamentablemente) y La promesa, publicado hace dos años en español. Son relatos que merecen ser conocidos por su extraordinaria calidad literaria, por la inusual categoría de sus personajes, y porque, al contrario de tantos novelistas judío-norteamericanos del siglo XX, Potok defiende a ultranza la fidelidad como norma de conducta.

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viernes, 8 de abril de 2005

He comprendido mejor a Rudyard Kipling después de leer la biografía que le dedica David Gilmour. Un pequeño texto: Kipling «se compadecía de los hombres y mujeres de puestos remotos que intentaban mantener su dignidad e incluso su cordura. La imagen de los victorianos en el trópico arreglándose para sus cenas solitarias provoca invariablemente regocijo; pero Kipling supo ver la importancia de tales ritos en la lucha contra el resquebrajamiento interior o "para no venirse abajo". En uno de sus cuentos un funcionario forestal que vive solo en un bungaló en medio del bosque, se pone cada noche una camisa blanca almidonada para "conservar su autoestima en la soledad". Kipling hacía lo mismo en la casa de Lahore, incluso cuando su familia estaba fuera, porque "uno sabía que si se rompía el ritual de arreglarse para la cena uno se desprendía de su ancla de salvación"».

David Gilmour. La vida imperial de Rudyard Kipling: la larga retirada (The Long Recessional. The Imperial Life of Rudyard Kipling, 2002). Barcelona: Seix Barral, 2003; 447 pp.; col. Los tres mundos; trad. de Diego Valverde; ISBN: 84-322-0875-2.

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jueves, 7 de abril de 2005

Ricardo Yepes: «El "Carpe diem!" no es aplicable a la vida profesional, donde impera la lógica de lo serio y de las tareas a largo plazo. Es, por tanto, un planteamiento incompleto de la vida, pues tampoco atiende al esfuerzo, al dolor, a la limitación y la enfermedad humanas, ante los que está amenazado de fatalismo. El hedonista, el hombre centrado en la consecución del placer, carece de respuestas ante el esfuerzo y el dolor. En el fondo, acaba viviendo siempre asustado, pues el presente sigue una sucesión imparable en el tiempo sobre la que él no tiene ningún dominio. Es la lógica de los inmaduros y los irresponsables».

Ricardo Yepes Stork y Javier Aranguren. Fundamentos de antropología – Un ideal de la excelencia humana (1996). Pamplona: Eunsa, 2003, 6ª ed.; 384 pp.; col. Filosófica; ISBN: 84-313-2109-1.

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