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Ficha del autor 'WAUGH, Sylvia' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
WAUGH, Sylvia
Escritora inglesa. 1935-. Profesora de Literatura Inglesa. Madre de tres hijos. Cuando se jubiló se dedicó de lleno a escribir. Vive en Gateshead, norte de Inglaterra.

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La extraña familia Mennym
(The Mennyms, 1993)
Madrid: Alfaguara, 1998, 4ª impr.; 214 pp.; col. Alfaguara infantil-juvenil, serie azul; trad. de Javier Franco Aixelá; ISBN: 84-204-4901-6. A la derecha, portada de una edición inglesa.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
Los Mennym son una familia de muñecos de trapo de tamaño natural que fueron fabricados hace varias décadas por una modista muy hábil llamada Kate Penshaw. Está formada por el abuelo Magnus, 70 años, la abuela Tulip, el hijo Joshua y su esposa Vinetta, y los nietos: el intelectual Soobie, la sarcástica Appleby, los gemelos Poopie y Wimpey, chico y chica, la pequeña Googles, la señorita Quigley que no es más que una visita que normalmente está en el armario del vestíbulo, y Pilbeam, una nueva adolescente a la que logran componer a base de piezas sueltas a lo largo del relato. Cuando la modista murió y la casa quedó vacía, los muñecos cobraron vida y fueron ocupando la casa y, poco a poco, fueron buscando modos de ganar dinero y de acomodarse como una familia más en el barrio. Eso sí, tuvieron que ir desarrollando distintas estrategias para no ser descubiertos. Sin embargo, comienzan a temblar cuando reciben la carta de un australiano, lejano descendiente de los antiguos propietarios de la casa, que les anuncia su próxima visita.
Relato bien escrito y construido que añade un eslabón más a la cadena de historias sobre muñecos que cobran vida. La pequeña intriga del argumento capta el interés y, con las peculiaridades que tienen los personajes, están bien captados muchos matices de la convivencia familiar: relaciones entre padres e hijos y entre hermanos y hermanas. De todas formas, lo que más atrae al lector son los numerosos detalles que revelan de qué modos los Mennym logran disimular sus peculiaridades, como sus orejas de fieltro o los brillantes ojos de botón, para pasar inadvertidos en el vecindario.

Esa sensación de amenaza continua que tienen los Mennym no es el único parecido con Los Incursores de Mary NORTON: también la definición del personaje principal, que allí era la joven Arrietty y aquí es Soobie, el hijo mayor, el único que quiere mirar la realidad de frente y que se lamenta de su falta de adecuación al mundo real: «Me cuesta aceptar que soy un muñeco de trapo en un mundo que está evidentemente pensado para los seres humanos». Ese fuerte deseo de pertenecer al mundo humano les hace imitar a los hombres en todos sus comportamientos y gestos, pues eso les proporciona seguridad, y les acaba también enseñando las desventajas de no envejecer nunca y de verse atrapados en el tiempo.

No han sido editadas en castellano las otras novelas que continúan la serie: Mennyms in the Wilderness (1994); Mennyms Under Siege (1995); Mennyms Alive (1996); Mennyms Alone (1996).
No sé si creo en ti ni si tú crees en mí

Algo característico de la novela son las consideraciones de los propios personajes sobre su propia realidad. Así, cuando Soobie está buscando a su hermana desaparecida, entra una iglesia y reza: «No sé quien ha hecho la parte de mí que piensa. No sé quién soy de verdad ni qué soy en realidad. Nunca me ha gustado fingir. No puedo fingir que tú me estés escuchando. Sólo puedo ofrecerte el beneficio de la duda. Y es una duda muy grande; de eso puedes estar seguro. ¡No sé si creo en ti ni, lo que es peor, si tú crees en mí; pero necesito ayuda y no hay nadie más a quién acudir. Las personas de carne y hueso que vienen aquí tienen algo a lo que llaman “fe”. Por favor, si escuchas a un muñeco de trapo con la cara azul, deja que la fe de los demás te baste para ayudarme. Tengo que encontrar a mi hermana, porque si no mi madre será la primera de nosotros en morir. Querido Dios, ¡si ni siquiera sé qué significa lo que acabo de decir!

Eso fue todo lo que pudo expresar. Después de esto, se le ocurrieron dos cosas. Primero, que únicamente ahora había comprendido por qué tenía que encontrar a Appleby. Segundo, que tenía la sensación, aunque no era más que eso, una sensación, de que alguien, en alguna parte, había oído su plegaria».

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