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Ficha del autor 'GÁRDONYI, Géza' :: bienvenidosalafiesta ::    
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GÁRDONYI, Géza
Escritor húngaro. 1863-1922. Nació en Agárd, Hungría. Fue profesor de escuela y periodista, hasta que se hizo famoso como escritor de novelas históricas. Falleció en Eger.

El esclavo de Atila
(A láthatatlan ember, 1902)
Madrid: Valdemar, 1998; 303 pp.; col. histórica; trad. de Jacobo Rodríguez; ISBN: 84-7702-223-2.
15 ańos: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
El narrador es Zeta, vendido como esclavo cuando tiene diez años, y convertido después en escribiente de un poderoso y bondadoso señor de Constantinopla. Su amo es enviado a negociar la paz con Atila y, en su campamento, Zeta no sólo se familiariza con los hunos y sus costumbres sino que se enamora de Emöke, la hija de un jefe. Por amor a la chica, Zeta se queda con los hunos y participa en la batalla de los Campos Cataláunicos. Por último, asiste a la imprevista muerte de Atila.
Los hechos principales ocurren en los años 451 y 452, en vísperas de la gran invasión del Imperio Romano por los hunos. El título original de la novela, El hombre invisible, se refiere a la personalidad de Atila, verdadero centro del relato. Con una visión favorable a los hunos, cuya epopeya histórica admiraba, el autor emplea como hilo narrativo el amor de Zeta por Emöke. Son inolvidables las intensas escenas de la batalla final, las descripciones de las embestidas de los hunos montados a caballo, del ambiente repleto de alaridos de guerra en medio de una espesa nube de polvo: «Hoy no consigo recordar sin estremecerme aquellas masas de guerreros, los muertos y moribundos, los chorros de sangre que corrieron por aquellas llanuras. Aunque yo todavía no era un hombre, mataba a mis adversarios como si mi pecho albergase el corazón de una bestia feroz, a diestro y siniestro y casi sin mirar. Derribé a muchos, sin pensar un instante en mi propia muerte. En esos momentos me creía invencible, y de ese modo continué peleando fieramente hasta que noté...». Aligeran la narración toques de humor, ciertamente leves, pero sabrosos: «Sucumbir por un ideal —religioso, o por la Humanidad, o la Ciencia— todavía tenía sentido. ¡Pero morir por una joven tan salvaje que ni siquiera conocía el alfabeto, tan bárbara que se alimentaba de tocino en el desayuno...!»

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