Explica
C. S. LEWIS que, aunque Haggard tiene claros vicios en el estilo, por ejemplo sus personajes hablan de un modo muy literario, y tiende a colocar jocosidades inoportunas y reflexiones insulsas, su enorme talento para la construcción de las tramas nos hace perdonarle sus defectos pues consigue atrapar por completo al lector. A diferencia de
VERNE y
SALGARI, que apoyaron sus obras en un conocimiento enciclopédico y en una portentosa imaginación, Haggard, igual que
Conan DOYLE, conoció de primera mano los pueblos y tierras africanas que noveló.
Las minas del Rey Salomón es un prototipo de novela épica de aventuras, de una odisea humana en busca de lo desconocido a través de incesantes peligros, y narrada con un lenguaje colorista que intenta transmitir la grandiosidad de la naturaleza. Como en tanta literatura inglesa de la época victoriana, es destacable el racismo teñido de paternalismo imperialista y exaltación de lo inglés, si bien en este caso está un poco matizado: «He conocido nativos que son caballeros [...] y también he conocido blancos con montones de dinero y de buena familia que no lo son». En Haggard sobresale también la nostalgia por la libertad salvaje y por una vida menos materializada, en la que desempeñe un papel mayor el amor por la lucha. Lo dice así en Allan Quatermain: «Así es como somos los ingleses, aventureros hasta la médula; y toda nuestra magnífica lista de colonias, cada una de las cuales se convertirá en una gran nación, es el testimonio del extraordinario valor del espíritu de aventura que a primera vista puede parecer una especie de manía lunática».
Las minas del Rey Salomón contiene constantes que llegarán a ser habituales en muchas novelas de aventuras. Así, conoceremos a un inalterable cazador inglés —«traje de mezclilla marrón, con sombrero a juego y unas polainas impecables, [...] muy bien afeitado, el monóculo y la dentadura postiza en perfecto estado»—; a Umbopa, el nativo con porte magnífico, comportamiento principesco y gran sabiduría —«la verdad es una lanza afilada que acierta en el blanco»—; a la bruja Gagool —«una mujer sabia y terrible que no muere nunca», con un aspecto como el de un «cadáver secado al sol»—. Entraremos en cuevas como catedrales y en cámaras repletas de tesoros. Veremos danzas guerreras —«se encendieron miles de hogueras y en medio de la oscuridad oímos el sonido de muchos pies en movimiento y el vibrar de cientos de lanzas»—. Presenciaremos batallas homéricas —en las que «los hombres caían en profusión como las hojas con el viento otoñal»—, y espantosos combates hombre a hombre —«giró el hacha sobre su cabeza y le acometió con todas sus fuerzas. Un grito de expectación surgió de mil gargantas y he aquí el resultado: la cabeza [...] salió rodando y rebotando por el suelo [...] durante unos momentos, el cadáver se mantuvo en pie, con la sangre saliendo a borbotones de las arterias cercenadas...»—.
El narrador no perderá el sentido del humor ni en los momentos más críticos: «La perspectiva de una muerte tan espantosa (de sed) no es agradable, pero ni siquiera esa idea pudo impedir que me durmiera»; o se referirá a «las amistosas intenciones de liquidarnos», por parte de la tribu kukuna; o aclarará que, para prevenir a los bueyes de una enfermedad es necesario cortarles el rabo, y entonces precisa: «Parece cruel privar al animal de su rabo, especialmente en un país en el que hay tantas moscas, pero es mejor sacrificar el rabo y quedarse con el buey, que perder rabo y buey, porque un rabo sin buey no es muy útil, a no ser para sacudir el polvo».
Allan Quatermain contiene los mismos ingredientes: largas descripciones, acción trepidante, cruelísimos combates «sólo para encontrar la muerte como el oleaje en los acantilados», y donde las voces humanas no pueden ser oídas «en medio del clamor de los aceros y de los aullidos de furia y de agonía». No faltan tampoco consideraciones, de interés aunque un tanto infladas, acerca de cuestiones como el amor a «la Naturaleza tal y como era en el tiempo en que se completó la Creación, sin haber sido profanada por ninguna sentina de abrasadora humanidad»; o sobre los indígenas, «salvajes a los que adoro, aunque algunos de ellos son tan crueles como la Economía Política»... Y entre sus personajes esta vez Haggard incluye a un cocinero francés, Alphonse, «un consumado cobarde».