Entre los estudiosos de la ciencia-ficción suele decirse que la saga de la
Fundación, y sobre todo la trilogía inicial, que Asimov empezó en 1951, es una obra clave del género, aunque entre los seguidores del autor son muchos los que piensan que su mejor obra es
El fin de La Eternidad. Pero si a obras mayores de ciencia-ficción del pasado como esas sólo vuelven los adictos al género, pues bastan pocos años para que inevitablemente queden desfasadas, no sucede lo mismo con relatos cortos como con los que componen
Yo, robot.Estas historias sobre robots de ojos fotoeléctricos que se ríen con risas inhumanas, mecanizadas, agudas y explosivas, pueden haberse quedado algo atrás en nuestros tiempos informáticos, pero su atractivo sigue manteniéndose porque no se apoya en el acierto de las predicciones científicas sino en el interés y en el ritmo de las narraciones. Son también una buena muestra de la notable capacidad divulgativa y del acusado sentido de la intriga del autor ruso-norteamericano quien, en su último relato, presenta como presidente del mundo a un robot: ¿quién mejor que una máquina perfecta puede mostrar el camino en un mundo caotizado?, parece sugerir Asimov.