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Ficha del autor 'WOLFE, Thomas' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
WOLFE, Thomas
Escritor norteamericano. 1900-1938. Nació en Asheville, Carolina del Norte. Estudió composición dramática en Harvard. Fue profesor de inglés en la Universidad de Nueva York. Sus novelas y relatos tienen una fuerte componente autobiográfica. Falleció en Baltimore, Maryland.

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Del tiempo y el río. Una leyenda sobre la ansiedad del hombre en su juventud
(Of Time and the River, 1935)
Barcelona: Montesinos, 1996, 2ª ed.; 713 pp.; trad. de Maruja Gómez Segalés; ISBN: 84-89354-24-3.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
1919. Con 19 años, Eugene Gant abandona su ciudad natal sureña, Altamont, para ir a la universidad de Harvard, al Norte, «rumbo a la vida, lejos de las colinas perdidas en el tiempo, lejos para siempre del corazón oscuro y del misterio lastimero del Sur». En la universidad le aguardan años de «anhelos, de deseos, de todo lo que constituye el delirio de la vida de un joven. Y ¿para qué? ¿Para qué?». Años de alumno, años de profesor, y un viaje a Europa por último. El narrador va detallando la vida de su protagonista, cuyas ambiciones de saber y comprender, siempre insaciables, le reconcomen por dentro.
Del tiempo y el río salió a la luz gracias al editor de Wolfe que, consciente de hallarse ante un grandísimo escritor, organizó su producción desmesurada, podó un poco su escritura caótica y torrencial, y le fue pidiendo páginas que unieran los episodios inconexos. A lo largo de la obra de Wolfe desfilan, descritos con los menores detalles, los sucesos de su vida y los vaivenes de su mundo interior. Entre ellos, también su incapacidad de contener y ordenar su escritura: durante una estancia en Tours, Eugene se ve asaltado por unos deseos irrefrenables de escribir, y el narrador cuenta que «sentado a la mesa del pequeño cuarto que daba al patio empedrado, escribía incesantemente desde el alba hasta el anochecer, y algunas veces desde un ocaso hasta el otro, y se arrojaba después sobre el lecho, en un estado de comatosa vigilia, a soñar escenas locas y terribles, a alentar visiones extrañas, a contemplar un desfile de imágenes que le abrasaban el cerebro. Las palabras salían de él como una exudación sanguínea; vertidas por la punta de sus dedos, lanzadas de su garganta como culebras retorcidas. Las escribía con el corazón, con su cerebro, su cuerpo, su sudor: las escribía con su sangre, con su espíritu, arrancadas de la raíz secreta y de la sustancia de su vida».

La escritura de Wolfe es poderosa y hasta magnética. Hace comentarios agudos, presenta descripciones vivísimas, e incluso cuando cae en excesos retóricos y resulta patente su falta de control narrativo, conserva la capacidad de arrastrar al lector. Es posible que nadie como él haya tratado con tanto vigor los choques dramáticos que un joven experimenta entre los inmensos anhelos de saber y de vivir que le consumen, y las realidades pobres que consigue; entre la «intolerable adivinación de triunfo y de descubrimiento» y la soledad y el desamparo que tantas veces le inundan como una marea; entre la nostalgia inefable de su tierra y de los suyos y el rechazo áspero y hasta violento hacia gentes que juzga como mediocres.
Voces que nos hablan en la noche

Dominándolo todo está una desesperada búsqueda de sentido. Wolfe-Gant vuelve una y otra vez a «la vieja pregunta, en su desnuda desolación: "¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde iré ahora? ¿Qué haré?" Como un ahogado que se aferra a una tabla, buscaba afanosamente una meta o algún propósito en su vida, alguna justificación a sus vagabundeos, algún punto de mira para su feroz deseo». De ninguna manera quiere pertenecer «a la gran colonia de los norteamericamos sin rumbo», y es consumido por su ansia de «saberlo todo, tenerlo todo, ser todo; ser uno y muchos, asir el enigma de esta tierra vacía y palpitante y que el enigma fuera tan tangible en su mano como una moneda de oro». En medio de su prosa, siempre brillante y tantas veces conmovedora, Wolfe da con claves que le podrían ayudar a remediar su confusión: el «agnosticismo, ese obstáculo latente en su cerebro, no tanto como una convicción sino como algo que le servía para justificarse a sí mismo»; esas voces que «nos hablan en la noche y nos dicen que moriremos, sí, pero que más allá existe un conocimiento mayor, un amor mayor, una vida mayor, un cielo más amable que nuestros hogares, un lugar donde están enterrados los pilares de la tierra, hacia el cual tienden los espíritus, se tensan las conciencias, se levantan los vientos y fluyen los ríos».

Pero es como si su mente y su corazón fueran sepultados por una incontrolable avalancha: «¿Dónde hallarán la paz los viajeros fatigados? ¿En qué puerto encontrará por fin refugio el viajero vagabundo? ¿Cuándo cesarán la marcha a tientas, las ambiciones estériles que se vuelven despreciables tan pronto como son alcanzadas, la vana lucha contra los fantasmas, la locura y la agonía del cerebro y del espíritu en el apresuramiento y la presión de la vida cotidiana, en el tumulto y en el polvo, la labor sobrehumana, los gritos, la repetición estúpida de las calles, la abundancia estéril, la glotonería enfermiza y la sed no saciada?»
El poder y el dolor de la juventud

Al comienzo del capítulo cincuenta y uno, el narrador habla sobre la juventud en unos párrafos magistrales:

«Plena de anhelos y de misterio, la juventud es algo maravilloso. Desafortunadamente, sólo la llegamos a conocer tal como es cuando ya nos ha abandonado para siempre. El hombre no se resigna a perder; su desaparición se mira con infinito dolor. Esa pérdida, no obstante, se recibe con triste y secreta alegría, un sentimiento que ningún hombre volvería a vivir voluntariamente si algún milagro pudiese recuperarlo.

¿Por qué es así? Porque el milagro extraño y amargo de la vida no es nunca tan evidente como en la juventud. ¿Y cuál es la esencia de ese milagro que sentimos de manera tan aguda e inexpresable? Es ésta: que siendo ricos, somos en realidad muy pobres; que siendo poderosos, no logramos nada; que, viendo, respirando, gustando la riqueza y la gloria inalcanzables de la tierra que flota a nuestro alrededor; sintiendo con lacerante certidumbre que toda la magia de la existencia —la existencia más afortunada, poderosa, buena y feliz que el hombre pueda conocer— es nuestra, no bien nos decidimos a dar un paso, a extender la mano, a decir una palabra, sabemos que lo que realmente podemos mantener, conservar, asir y poseer para siempre, es... nada. Todo pasa; nada perdura. Apenas tocamos algo, se deshace como humo, se desvanece para siempre, mientras la serpiente nos devora el corazón; entonces vemos lo que somos y en qué acabará nuestra vida.

Todo hombre joven es extraordinariamente fuerte, loco, seguro y vagabundo. Esgrime eternamente el baluarte poderoso de su fuerza contra impedimentos imaginarios; es como la ola cuyo poder estalla en los mares perdidos, bajo los cielos sin tiempo; es como el que se esfuerza por atrapar las emanaciones de un fluido imaginario; todo lo desea, de todo siente la angustia y el poder; y, por último, no consigue nada, lo destruye su propia fuerza, lo devora su propio anhelo, lo empobrece su propia riqueza.

Despreocupado frente al dinero o ante la acumulación de bienes materiales, no por eso se siente al fin menos vencido por su propia codicia; codicia que hace que la avaricia del rey Midas parezca en comparación generosidad.

Pero cuando la juventud se va, el hombre mira hacia atrás con pena infinita. Es el dolor amargo y el remordimiento del hombre que sabe que alguna vez fue poseedor de un gran talento y lo desperdició, del hombre que sabe que tenía la fuerza suficiente para todo y nunca la utilizó.

Toda juventud está expuesta al desperdicio; existe algo en su propia naturaleza que la empuja a ello; luego, los hombres lo lamentan. Y ese remordimiento se hace más agudo cuando nos llega la certidumbre de que el enorme desgaste de la juventud fue completamente innecesario, cuando descubrimos, con amarga ironía, que la juventud es algo que solamente los jóvenes poseen y que solamente los viejos saben usar; y por esta razón, cuando los años pasan, los miramos con tristeza, viendo la riqueza que hubiéramos obtenido de haberlos usado bien».

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