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Ficha del autor 'PYLE, Howard' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
PYLE, Howard
Ilustrador y escritor norteamericano. 1853-1911. Nació en Wilmington, Delaware. Ilustrador de libros y revistas, pronto se dedicó a escribir y a ilustrar sus propios libros. Fundó y dirigió una escuela de ilustradores, que tuvo su sede en Pensilvania, y en la que tuvo importantes discípulos como Maxfield PARRISH y N. C. WYETH. Falleció en Florencia, Italia, durante un viaje.

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Las alegres aventuras de Robin Hood
(The Merry Adventures of Robin Hood of Great Renown, in Nottinghamshire, 1883)
Madrid: Anaya, 1989; 384 pp.; col. Tus libros; ilust. del autor; trad. apéndice y notas de Juan Manuel Ibeas; ISBN: 84-207-3521-3.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Aventura.
«Un país con un nombre muy famoso, en el que no existen nieblas heladas que opriman el espíritu, y donde la lluvia es tan suave que se desliza como la lluvia de abril sobre el lomo de un pato; [...] donde todo el mundo tiene encuentros felices por el camino y donde la cerveza y el vino (que nunca llegan a ofuscar el entendimiento) fluyen como el agua en un arroyo». Robin Hood es un campesino originario de un pueblo llamado Locksley. Perseguido injustamente, se refugia en los bosques de Sherwood y, desde allí, hace la vida imposible al sheriff de Nottingham.
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El Rey Arturo y sus caballeros
(The Story of King Arthur and his Knights, 1903)
Madrid: Anaya, 1996; 368 pp.; col. Tus libros; ilust. del autor; trad. de María Ulloa; apéndice de Juan Tébar; ISBN: 84-207-6963-0.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Aventura.
Al igual que con las leyendas y noticias de Robin Hood, Pyle recopiló las informaciones acerca del Rey Arturo para contar sus andanzas con lirismo e ironía ingenuas.
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El libro de los piratas
(The Book of Pirates, 1921)
Madrid: Valdemar, 2001; 256 pp.; col. Avatares; ilust. del autor; trad. de José María Nebreda; ISBN: 84-7702-351-4.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
Ocho relatos que compuso el autor a partir de historias que le fueron contadas, o que leyó a lo largo de su vida, sobre las andanzas de legendarios piratas caribeños.
Walter SCOTT transformó en un justiciero rebelde al protagonista de los viejos poemas y leyendas que trataban sobre un héroe bandido. Con una visión jocosa y optimista, Pyle toma la versión de Scott y, a la vez, refunde e intenta dar coherencia a los antiguos relatos: convierte a Robin Hood en un campesino despojado injustamente y transformado en un ladrón simpático y fanfarrón que lleva tras de sí a unos compañeros siempre dispuestos a la pelea y a la juerga, que para ellos es lo mismo. Este Robin Hood no tiene inquietudes sociales, no es un ladrón de los ricos que protege a los pobres, caza ciervos sin preocupaciones ecológicas y tiene una gran devoción a la Virgen. Su rebeldía va contra los poderosos, clérigos o nobles, que se aprovechan de su posición para su propio enriquecimiento. Por eso, «de vez en cuando Robin Hood secuestraba a un barón, un terrateniente, un obispo gordo o un abad, los llevaba al bosque y allí los agasajaba hasta que aflojaban sus bolsas».

Con tono bromista, Pyle va contando los distintos episodios en diálogo constante con el lector, con una forma de narración antigua propia de los viejos cuentos orales: cómo Robin va conociendo a sus distintos compañeros, el salvamento de uno a punto de ser ajusticiado, la interrupción de una boda en la misma iglesia, los concursos de arqueros... La confortable vida en los bosques transcurre entre frecuentes comilonas y peleas, que son casi siempre inocentes escaramuzas..., mientras Pyle salpica la narración con numerosos refranes o sentencias: «Sucede a veces que la mala suerte se ceba con una persona de tal manera que, como suele decirse, todos los gatos cazan moscas en su cara»; «las buenas palabras son tan fáciles de pronunciar como las malas, y con ellas se ganan amistades y no golpes»...

Quien disfrute con el estilo de Pyle, lo hará también con El Rey Arturo y sus caballeros. Afirma Juan Tébar que «el sentido trágico de toda gran historia, se cubre de inocencia en el estilo Pyle. Y nos encontramos ante unos cuadros que —como los que dibujaba— son discretos paseos campestres sin complicaciones reales. Esa es su carencia, y seguramente ése es su encanto».

El libro de los piratas no es tan importante por los argumentos como por las magistrales ilustraciones en color y en blanco y negro que acompañan la edición: con trabajos como éste, la influencia de Pyle y sus discípulos llegó mucho más allá del impacto directo en los lectores, pues inspiraron el trabajo de los directores y guionistas del cine clásico de aventuras. Estas ilustraciones realistas se diferencian de las que Pyle pone a libros como el de Robin Hood, cuyo estilo es más como el de un Walter CRANE. En cualquier caso, como él, también Pyle se preocupaba de todo el aspecto del libro y de la página. No tuvo la oportunidad de trabajar con impresores como Edmund Evans, y por eso publicó poco en color, pero sí pudo beneficiarse de métodos de impresión más modernos que permitían reproducir sus ilustraciones con mayor calidad.
Héroes de otros tiempos

Cuando Will Stutely, el compañero de Robin Hood, está siendo conducido a la horca, «contempló el campo que se extendía más allá, con las lomas y cañadas cubiertas de verdor, y a lo lejos la línea borrosa de los bosques de Sherwood. Y cuando vio la luz del sol poniente que se derramaba sobre campos y barbechos, arrancando reflejos rojizos en los tejados de granjas y pajares, y cuando oyó a los pájaros cantando al atardecer y a las ovejas balando en las laderas, y vio a las golondrinas que volaban a baja altura, experimentó una especie de plenitud y se le saltaron las lágrimas, haciéndole ver todo borroso y obligándole a inclinar la cabeza para que la gente no pensara, al ver lágrimas en sus ojos, que lloraba de miedo».

Y a la cabeza de un espíritu tan audaz como ejemplarizante se coloca el mismo Robin Hood, que alecciona con toda seriedad a sus compañeros: «Siempre resulta de gran provecho escuchar las andanzas de aquellos héroes de otros tiempos. Cuando uno escucha estos relatos, siente en su alma una voz que dice: “Mídete por este rasero, y procura hacer tú lo mismo”. Ciertamente, jamás lograremos comportarnos de manera tan noble, pero sólo con intentarlo ya nos hacemos mejores. Recuerdo lo que solía decir el viejo Swanthold: “El que salta queriendo atrapar la luna, aunque no lo consiga, salta mucho más alto que el que se agacha a recoger un penique en el fango”».

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