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Ficha del autor 'ALCOTT, Louise May' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
ALCOTT, Louise May
Escritora norteamericana. 1832-1888. Nació en Germantown, Pensilvania. Fue alumna de Thoureau y Emerson, entre otros. Estas influencias y las de su propio padre, Amos Alcott, que también era profesor, determinaron el carácter pedagógico de sus libros. Enfermera en la Guerra de Secesión. Periodista. Publicó numerosos relatos cortos y novelas baratas con seudónimo antes de publicar Mujercitas, un éxito que le dio la estabilidad económica; la primera novela de niños estadounidense con categoría de «best-seller» que ha llegado a ser un clásico; y un relato que inaugura el subgénero de las «historias familiares». Después publicó varias secuelas que también tuvieron gran aceptación. Murió en Boston.

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Mujercitas
(Little Women, or Meg, Jo, Beth and Amy, 1868)
Madrid: Gaviota, 2004, 1ª ed., 2ª impr.; 256 pp.; col. Biblioteca universal de clásicos juveniles; trad. de Tradutex; ISBN: 84-392-0901-0. Otras ediciones en:
—Madrid: Anaya, 1995, 4ª impr.; 304 pp.; col. Tus libros; ilust. de Violeta Monreal; trad. de Almudena Lería; presentación de Pilar Miró; apéndice de Constantino Bértolo Cadenas; ISBN: 84-207-6547-3.
—Barcelona: Lumen, 2004; 761 pp.; col. Narrativa; ilust. de Frank T. Merryll; trad. y prólogo de Gloria Méndez; ISBN: 84-264-1460-5.
—Madrid: Anaya, 2010; 304 pp.; col. Tus Libros Seleccion; ISBN: 978-8466793155. [Vista del libro en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
La autora vuelca muchas experiencias autobiográficas en su optimista y sentimental relato sobre la vida durante un año de las cuatro hermanas March, Jo, Meg, Amy y Beth, bajo la vigilante y cariñosa mirada de su madre.
Mujercitas sigue conmoviendo también ahora a pesar del estilo azucarado que puede parecer excesivo para ciertas sensibilidades; y a pesar de los evidentes objetivos pedagógicos de inculcar amor al trabajo, tolerancia, necesidad de ayuda mutua, etc. Se la puede calificar como una novela de «buenos sentimientos», que no suenan a falso porque sabemos no sólo que bien pueden ser reales sino que lo son en muchos casos. Y más aún cuando van acompañados de un comportamiento enérgico cuando es necesario: la autora, por boca de la madre, rechaza con fuerza los métodos autoritarios en la enseñanza, tan frecuentes entonces.

Por otra parte, la descripción precisa y detallada de los caracteres de las hermanas es convincente. Y la sencillez, la espontaneidad, el sentido común y el optimismo que se respira en toda la novela, tiene tanta capacidad de arrastre hoy como ayer. Nos puede hacer sonreír leer que «Beth cantaba como una pequeña alondra», pero a pesar del énfasis asentimos al escuchar que «en el mundo hay muchas Beth, temerosas y pacíficas, refugiadas en sus rincones hasta que se las necesita, que viven para los demás con tanta alegría que nadie cae en la cuenta de sus sacrificios hasta que deja de oírse el laborioso zumbido de la hacendosa abeja y se esfuma el reconfortante rayo de sol, dejando sólo la sombra y el silencio».

Reprocharle a la escritora que no tuviera objetivos feministas más modernos, que presente de buen grado la realidad tal como era y asigne a las hermanas March papeles femeninos tradicionales, es ilógico e injusto. Entre otras razones porque ella no tuvo la culpa ni del siglo que le tocó vivir, ni de la educación que recibió... Además, si una novela que no alcanza la excelencia literaria ha llegado a ser inmortal es, quizá, porque acertó a tocar teclas más profundas y menos circunstanciales.

En la última de las ediciones citadas arriba se contienen algunas páginas que se suprimieron cuando el texto se imprimió las primeras veces, también figura la segunda parte de la historia y, además, incluye las ilustraciones de la primera edición.
La espontaneidad que brota del cariño

Si algo caracteriza Mujercitas es lo que se podría llamar «calor familiar». En las descripciones ambientales: «Un atardecer de diciembre, mientras fuera estaba nevando apaciblemente y crepitaba en el hogar una lumbre reconfortante»; en las escenas de interior: «Hubo abundancia de risas, besos y comentarios, con aquella espontaneidad que brota del cariño, propia de las celebraciones familiares, con una satisfacción tan duradera que se recuerda por mucho tiempo y ahuyenta las preocupaciones»; y, sobre todo, en la omnipresencia de la señora March: «Su madre siempre se asomaba a la ventana para decirles adiós con la mano y sonriendo, como si no pudieran pasar el día sin aquella postrera visión del rostro materno, que les producía el efecto reconfortante de un rayo de sol».

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