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CAPRIOLO, Paola
Escritora italiana. 1962-. Nació en Milán. Desde su primer libro, en 1988, ha publicado varias novelas y libros de relatos.

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Con mis mil ojos
(Con i miel mille occhi, 1997)
Madrid: Siruela, 1998; 88 pp.; col. Las Tres Edades; trad. de Romana Baena Bradaschia; ISBN: 84-7844-393-2.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Fantasía.
Para la Mitología griega, Eco es una de las ninfas Oréades que —según una de las varias leyendas que cuentan su personificación en el eco— vagó lamentándose por valles y barrancos tras haber sido rechazada por Narciso, del que se había enamorado apasionadamente. Acabó consumiéndose de dolor de amor, y sus huesos se transformaron en rocas. Sólo su voz se conserva y contesta débilmente cuando se le llama en lugares solitarios... Esta historia de pasión infeliz es continuada idealmente, y de un modo suave y romántico, por Con mis mil ojos. Eco, pasado mucho, mucho tiempo y ayudada por los mil habitantes del bosque, vuelve a encontrarse con el amor. Esta vez se trata de un pintor solitario que se ha internado en la maravillosa naturaleza que circunda la mágica y maligna fuente que acabó encantando al apuesto Narciso en aquella época ya lejana.
La historia la va relatando Floresta, la de «tupida sombra» y «lugares secretos eternamente fecundos», y lo hace con acierto descriptivo y acentos evocadores, como en voz baja y como en un cuento de acariciante fantasía. Con ironía y numerosas referencias a mitos y cuentos clásicos, Capriolo habla mucho y bien del amor, de la belleza, del arte, de la vanidad y el apasionamiento de los hombres. Floresta explica qué fácil es perderse en los encantamientos de la fuente «y olvidarse casi de cualquier cosa e incluso de uno mismo; casi como si en el pequeño círculo que encierran sus orillas estuviese concentrado todo aquello que en el mundo tiene sentido y finalidad, significado y belleza. Todos creen encontrar en esas aguas transparentes lo que siempre habían buscado y se acercan con una mezcla de satisfacción y atormentada nostalgia, sorprendiéndose al ver el objeto de sus deseos tan cerca y a la vez inalcanzable. Así que, aun cuando se la contemple, aun cuando en ella se sumerjan brazos y manos o sobre ella se incline el rostro hasta rozarla, la fuente no concede nada de sí misma, de su propia esencia oculta y prodigiosa, sino que se limita a responder a quien la mira con un juego de imágenes fugaces que revelan su inconsistencia apenas se intenta aferrarlas». Pero también la fuente se defiende de los reproches de Floresta: «No soy yo la que le tiene prisionero. Tú también lo has visto; es él mismo quien se tiene prisionero, él mismo es el cazador y la presa, la víctima y el perseguidor».

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