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COOPER, James Fenimore
Escritor norteamericano. 1789-1851. Nació en Burlington, Nueva Jersey, el undécimo de doce hermanos de una rica familia. Su juventud, en paralelo con el nacimiento de su nación, se desarrolló en un ambiente de cazadores y tramperos. Más tarde fue marino y viajó por toda Europa. Falleció en Cooperstown, Nueva Jersey.

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El último mohicano
(The Last of the Mohicans, 1826)
Madrid: Espasa, 1981; 286 pp.; col. Austral; trad. de F. de Casas; ISBN: 84-239-1409-7.
Otra edición en Madrid: Anaya, 1996; 444 pp.; col. Tus libros; ilust. de Elviro M. Andriolli y otros; trad. apéndice y notas de Vicente Muñoz Puelles; ISBN: 84-207-5760-8.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
1757. Lucha entre franceses e ingleses por la posesión del Canadá. Uncas, el último mohicano, acompañante del veterano trampero Ojo de Halcón, también llamado Carabina Larga, le ayuda en la protección de las hijas del comandante inglés. Deben salvar las trampas de los malvados indios hurones encabezados por el taimado Zorro Sutil.
Las novelas de Cooper reflejan, de modo idealizado, el estilo y el ambiente de la frontera. Por su interés en retratar el pasado aún reciente de su país, se le ha llamado el Walter SCOTT norteamericano (aunque tenga poco que ver con él). Los héroes de Cooper se mueven en paisajes grandiosos, siempre atravesados por largos ríos que se recorren en canoas mientras hay ojos que acechan tras la maleza. En ocasiones abusa de los efectos teatrales, y sus héroes aparecen oportunamente para salvar a chicas en peligro, pero sin duda sabe comunicar tensión al relato, poner rasgos de humor, describir combates dramáticos, dibujar protagonistas generosos y caballerescos. En otro nivel, con sus novelas trata de un mundo que se extingue: hombres blancos solitarios y solidarios (que sólo cazan para comer), que aman la libertad de la naturaleza, y que lamentan el deterioro causado por los avances de la civilización; indios como Chingachgook, Larga Serpiente, que, sin llegar a la perfección aplastante de su descendiente literario Winnetou, representan las mejores cualidades de su raza; comerciantes de pieles, leñadores, soldados...
Otras novelas

La novela que le abrió a Cooper las puertas del éxito como escritor fue El espía (The Spy, 1821) y luego pasó a las novelas protagonizadas por Natty Bumpoo, explorador que, con distintas edades y apelativos, protagoniza la serie de novelas a la que pertenece El último mohicano. Escrita con anterioridad a El último mohicano es Los Pioneros (The Pioneers, 1823), donde Natty Bumpoo es un antiguo explorador de 60 años; en La Pradera (The Prairie, 1827) tiene unos 80; en El buscador de sendas o El guía (The Pathfinder, 1840) unos 35; y 23 en El cazador de ciervos (The Deerslayer, 1841), novela editada en Madrid: Espasa, 1998; 325 pp.; col. Misterio y Aventura; trad. de Ángel Cabrera; ISBN: 84-239-9291-8. En ella se indica el origen de los distintos apelativos del protagonista: «Mataciervos», «Larga Carabina», «Calzas de Cuero» y «Ojo de Halcón», el nombre más usado en El último mohicano. A lo largo de los numerosos sucesos, unos reales y otros inventados, que ocurren en todas ellas, Cooper compone como una historia inmediata de su país y graba en la imaginación de muchos una serie de estereotipos —el trampero, el viejo indio sabio, el joven indio valeroso...—, que más tarde serían pintados por ilustradores como N. C. WYETH, y que serían enriquecidos por las novelas y el cine posterior.
Un hombre acostumbrado a toda clase de penalidades y fatigas

Ojo de Halcón es el arquetipo de cazador y trampero, amigo de todos, un imperturbable hombre blanco con corazón de indio, modelo de valor, justicia y sencillez. Servirá de modelo a Karl MAY para su personaje Old Shatterhand, igual que Uncas inspirará la figura de Winnetou. Cuando es joven, en El cazador de ciervos, se nos dirá que «su estatura, con los mocasines puestos, era de unos seis pies, pero sus formas eran relativamente esbeltas y ligeras, aun cuando mostraba músculos que prometían desusada agilidad, ya que no una fuerza extraordinaria». Años después, en El último mohicano, se lo describe así: «Parecía un hombre acostumbrado a toda clase de penalidades y fatigas desde su primera juventud. Llevaba un sayo de cazador, de paño verde con vivos amarillos casi desteñidos, y tocaba su cabeza con un gorrillo de pieles, del que ya no quedaba sino el cuero. [...] Llevaba un cuchillo en su cinturón de cuentas de madreperla [...]. Sus mocasines o abarcas, de piel de gamo, los llevaba calzados al uso de los indios, y la única parte de su atavío que se podía ver bajo el sayo de caza eran unas altas polainas de piel de gamo, cerradas por lazos a los lados y atadas por encima de la rodilla con nervios de corzo. Un cuerno para la pólvora y una bolsa para las municiones completaban su atavío, amén de un largo rifle [...]. Sus ojos eran pequeños, vivos, inquietos, de mirada aguda, y no cesaban de moverse y mirar en todas direcciones mientras hablaba, como si buscara piezas que cazar o su desconfianza le anunciase la proximidad de un enemigo que le acechase. A pesar de estos síntomas de constante intranquilidad, su aspecto [...] no sólo no tenía nada de artificioso, sino que era la completa expresión de la más sana honradez».

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