Viajeros por las copas de los árboles
Para cualquier chaval sigue siendo un sueño poder crecer como Tarzán, que ya «desde la más tierna infancia se había valido de las manos para saltar de una rama a otra, a la manera que lo hacía su gigantesca madre, y durante toda la niñez se pasó horas y horas todos los días desplazándose con sus hermanos a toda velocidad por las copas de los árboles. Podía cubrir de un salto un espacio de siete metros, en las alturas de la selva sin sentir el menor vértigo y agarrarse con absoluta precisión y perfecta suavidad a una rama que oscilase impulsada violentamente por los vientos precursores de un inminente huracán. Era capaz de descolgarse y cubrir siete metros de una rama a otra, en veloz descenso hasta el suelo, y coronar con la ligereza de una ardilla la cima más alta del más alto gigante arbóreo de la selva tropical».
Hay que decir, sin embargo, que si Tarzán popularizó este sistema de desplazarse por la selva, otros novelistas lo habían mencionado antes.
AIMARD nos contaba cómo sus tramperos del Arkansas «subieron a un árbol y comenzaron a caminar entre cielo y tierra; manera de viajar mucho más usada de lo que se cree en Europa, en este país donde las lianas y los árboles forman tan tupida confusión que es imposible adelantar sin abrirse camino a hachazos». Y
LONDON nos decía en
La llamada de lo salvaje que, en los sueños de Buck, el primitivo hombre velludo «sabía trepar a los árboles y pasar de un árbol a otro, tan rápidamente como en tierra, saltando de rama en rama, separadas a veces hasta por doce pies de distancia sin caer jamás, sin errar jamás el cálculo. En realidad, parecía tan en su casa entre los árboles como en tierra...».