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CASTRESANA, Luis de
Escritor español. 1925-1986. Nació en San Salvador del Valle, Vizcaya. En su juventud desempeñó muchos oficios. Periodista, corresponsal y enviado especial; novelista, dramaturgo. Premio Nacional de Literatura. Falleció en Bilbao.

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El otro árbol de Guernica
(1967)
Madrid: Ediciones El Arenal, 1967; 221 pp.; ilust. y letras capitulares de Elizabide. Nueva edición en Barcelona: Eiunsa, 2007, 35ª ed.; 256 pp.; col. Cita de letras; ISBN: 978-84-84691594. [Vista del libro en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
A principios de la Guerra Civil española, Santiago Celaya y su hermana Begoña son enviados a Francia, junto con otros niños vascos. Después de unos meses en la isla de Olerón, una especie de colonia de verano, son repartidos por distintos lugares. Santi vive primero con el matrimonio Dufour, en Bruselas, pero a causa de un incidente, es enviado a Alsemberg, al «Fleury», un medio colegio, medio pensionado, medio orfanato, donde al principio es el único español pero al que después llegan más chicos y chicas. Allí «llamaban el árbol de Guernica al roble que había en el patio», y junto con la biblioteca y el orfeón que constituyeron, fueron los tres grandes nexos de unión de todos los chicos españoles, aunque «no faltaban, de vez en cuando, pequeños conatos de guerra civil entre ellos». Cuando la guerra termina, vuelven a sus hogares.
Mostrando sólo la separación de sus casas y el dolor por la lejanía de los padres y de la tierra en la que han crecido, El otro árbol de Guernica es un alegato conmovedor contra la guerra. Pocas novelas dejan un poso de rechazo y de dolor tan fuerte, también por la declarada intención del autor de hacer no «un libro de restas, sino de sumas», de narrar lo ocurrido desde la serenidad «de lo que ayer fue dolor en carne viva y hoy es historia [...] y con la esperanza de lo que une y no con la pasión de lo que separa».

Es también, dice Castresana en su prólogo, «una declaración de amor a Vizcaya: una Vizcaya entrañable, evocada y sensibilizada por la lejanía, la guerra y la añoranza, y que adquiere en el desarrollo argumental la dimensión de protagonista». Una y otra vez, Santi vuelve con la cabeza y el corazón a Ugarte, su aldea, Baracaldo, su pueblo, y Bilbao, su ciudad. Y cuando finalmente regresa, el narrador indica que «sólo quería sentirse a sí mismo en Baracaldo, sentir sus pies pisando las calles de Baracaldo, sentir su mirada depositada sobre gentes y casas y cosas de Baracaldo».

Es, además, una modélica novela de maduración en circunstancias difíciles. Se alternan los episodios divertidos con las tensiones propias de la vida entre chicos, narrados con elegancia formal, verosimilitud y penetración psicológica. Se muestra cómo Santi va ampliando «paulatinamente, casi insensiblemente, su campo geográfico emocional»; va creciendo en su interior una «pérdida de fe en las personas mayores», una silenciosa rebeldía contra las guerras; va descubriendo en sí mismo unos sentimientos hacia las chicas que desconocía... Y con doce años, Santi descubre su futura vocación de ser escritor, algo «mucho mejor que ser pelotari, que ser aviador, que ser tornero, que ser médico y que cualquier cosa», gracias a un Quijote para niños en un tomo de CALLEJA: «Cada palabra, cada frase y cada párrafo estaban como tocados por la gracia de Dios y todo el libro le parecía a Santi que era algo vivo, fresco y jugoso como la hierba cuajada de rocío». (Se puede concluir, pues, que también las «versiones para niños» de los clásicos, por más que a muchos no les terminen de gustar, pueden cumplir con eficacia su misión.)
Gamberradas de otra época

Santi recuerda cuando salía con sus amigos los domingos y Sabino les hacía jugar a «lo que haga el primero». «Lo decía, echaba a correr y los demás tenían que hacer lo que hacía Sabino. Y Sabino, infaliblemente, tiraba del pelo a una chica. Como los demás tenían que hacer lo mismo y la chica los venía venir, cuando se acercaban Santi o el Pecas o Joaquín a tirarla del pelo, la chica y sus amigas empezaban a soltar bofetadas o empujones o patadas o a pegarles con los paraguas. Siempre se armaba un guirigay porque ninguno de ellos quería parecer cobarde ante los demás. A veces, alguna chica mayorcita y seria les miraba moviendo la cabeza con desaprobación y les gritaba: “Maleducados. Vergüenza os debería dar”; y entonces Sabino, que era gordo y tenía cara de buena persona y daba el pego, porque era bastante descarado, se la quedaba mirando y la decía: “Calla, tía cursi”. Cuando ella le reprendía: “Mocoso, sinvergüenza; voy a llamar a un alguacil”, Sabino la gritaba: “Anda ahí, fea, que te vas a quedar soltera como tu madre”.»
Hombres-árboles y hombres-mástiles

Un chico español, Agustín, no muestra interés en unirse a los demás chicos evacuados como él. A propósito de tal incidente, el narrador dice que «Santi había pensado más de una vez, confusamente, sin poner palabras a sus pensamientos, que él era como un árbol y que cada criatura humana necesitaba tierra propia en la cual echar raíces muy hondas para crecer y desarrollarse. Tal vez por eso le gustaban tanto los árboles; aunque no estaba muy seguro de que esa fuese la razón. De lo que sí estaba seguro es de que le entristecía ver talar árboles. Una vez, cuando estuvo en La Naval y cayó en la cuenta de que los mástiles de los barcos habían sido antes árboles y ahora eran una cosa distinta, unos mástiles sin vida, apuntalados por remaches sobre una cubierta metálica, le entró a Santi un gran desconcierto cuyo origen no acertó nunca a expresarse del todo. Ahora pensaba vagamente, al observar que Agustín ya no volvía a visitarles, que aquel chico había dejado de ser un árbol y se había convertido en un mástil y se había hecho a la mar. Y se sintió triste por Agustín y por todos los Agustines del mundo.

Esa idea del hombre-árbol la tenía Santi tan adentro, era tan sustancial con su naturaleza, que cuando veía a alguien que no sabía qué hacer con su vida, que no distinguía entre el sí y el no y que lo mismo le daba ocho que ochenta, decía de ese alguien que era un “desarbolado”. Y de súbito, cavilando sobre el árbol y el mástil, le entró a Santi un temblor angustioso al imaginar la tragedia de los hombres y de las mujeres y de los niños que no querían o que no podían crecer sobre su propia tierra».
Bibliografía:
Varios autores. Homenaje a Luis de Castresana. Bilbao: Caja de Ahorros Vizcaínos, 1987; 63 pp.; col. Temas Vizcaínos, n.150; ISBN: 84-505-6005-5.

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