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RELATOS PARA LECTORES DE UNOS DIEZ AÑOS


1905. La princesita, Frances Eliza Hodgson Burnett. Sara Crewe, cuyo padre está en India, es internada en un colegio de Londres cuando tiene siete años. Los medios económicos de su padre le permiten llevar un alto tren de vida. Además, es popular entre sus compañeras por su bondad y su don para contar historias. Pero cuando se sabe que su padre está enfermo y arruinado, es convertida en una sirvienta más del colegio. Tal vez Sara sea la niña-protagonista más atractiva y conmovedora de tantas novelas semejantes (a la que algunos le ven la pega del «clasismo inconsciente» de fondo).

1908. El viento en los sauces, Kenneth Grahame. Libro que el autor compuso para su hijo y que, probablemente, sea la obra mayor entre los relatos de fantasía cuyos personajes son animales humanizados. Con un lenguaje fluido y musical, que resulta ser un envoltorio perfecto para tratar sobre comprensión, amistad y convivencia, el autor presenta un atolondrado y vanidoso Sapo a quien ayudan a salir de los líos en que se mete, sus sensatos y amables amigos, la Rata de río, el Topo y el Tejón.

1911. Peter Pan, James Matthew Barrie. En el País de Nunca Jamás, un niño volador conduce a unos chicos a la lucha contra unos piratas cuyo jefe es el malévolo capitán Garfio, un obseso de la «buena educación». Nadie debería engañarse acerca del carácter infantil de Peter Pan: Barrie habla de muchas cosas y, entre otras, de que hay anhelos que son contradictorios, de que ser adulto exige sujetarlos y acoger las responsabilidades que la vida echa encima. Es un libro que requiere cierta madurez lectora.

1927. El árbol de los deseos, William Faulkner. Relato que el autor escribió para una niña, en 1927, en regalo por su octavo cumpleaños. Es una obra menor pero vale la pena conocerla pues su autor plantea bien la importancia de no tener deseos egoístas. Cuando se despierta el día de su cumpleaños, Dulcie ve a Maurice, un chico especial, que la conduce, junto con su hermano Dick, su niñera negra Alice y su amigo George, al Árbol de los Deseos, en realidad un anciano muy alto con una larga barba blanca cuyas hojas son pájaros de todas clases y colores que, al arrancarlas, conceden los deseos.

1929. Emilio y los detectives, Erich Kästner. Durante un viaje a Berlín en tren, un señor le roba a Emilio Tischbein el dinero que llevaba. Ya en Berlín, su prima Pony y unos chicos le ayudan a recuperarlo. Primero de los relatos detectivescos protagonizados por una pandilla. Atraen la resolución del caso y la simpatía y la naturalidad con la que se mueven Emilio y sus amigos. El lenguaje es sencillo y directo, aunque insultos como «majadero» o «bribón del demonio» no estén de moda. Kästner subraya la ejemplaridad de sus pequeños detectives: «Un chico como es debido hace lo que debe», nos dice.

1932-1939. LA CASA DE LA PRADERA, Laura Ingalls Wilder. De los diez libros que componen esta saga, los que pueden interesar más aquí son La Casa del Bosque, La Casa de la Pradera, A orillas del río Plum, En las orillas del lago de la Plata. El primer libro se sitúa en 1870, en los grandes bosques de Wisconsin. Se cuenta la vida ordinaria de la familia de pioneros Ingalls, formada por los padres Charles y Caroline, o Pa y Ma para los niños, Mary, Laura y el bebé Carrie. A través de la narración de una de las hijas, Laura, tenemos un retrato de las vidas de pioneros en varios estados de los EE.UU., en donde la bondad y el sentido positivo de la narradora quedan más que compensadas con la dureza de los sucesos que narra.

1952. Marcelino pan y vino, José María Sánchez Silva. Un niño recogido y educado por unos frailes, se hace amigo y charla con el Cristo de un crucifijo abandonado en el desván. Es un cuento perfecto, de gran calidad literaria, de una densidad filosófica y teológica fuera de lo común que logra pasar como inadvertida, que se podría calificar de «realismo sobrenatural».

1954. El valor de Sarah Noble, Alice Dalgliesh. Siglo XVIII, Connecticut. Sarah Noble, ocho años, va con su padre a unas tierras inexploradas en las que van a construir su casa. El padre de Sarah se lleva bien con los indios, y cuando tiene que volver a por su familia, deja con ellos a Sarah. Relato sencillo que mete al lector en el interior de una niña que, abrumada y temerosa pero valiente y decidida, continuamente se va dando ánimos a sí misma. Ejemplo de narración que transmite coraje y calor humano.

1961. Orzowei, Alberto Manzi. Mohammed Isa, el «Orzowei» (abandonado), es un chico blanco que crece dentro de una tribu bantú: los Swazi. La novela cuenta su paso a la madurez según los ritos de su tribu. Es una historia de aventuras en la selva, pero, sobre todo, es un libro de amistad y generosidad, de valentía y de solidaridad entre razas. De los hombres del «Pequeño pueblo», los pigmeos, Isa aprenderá que «no se preocupan del color de un hombre, pero se fijan en las acciones de ese hombre». Y uno de los boers que huyen de los ingleses, de nombre «Flor de Maíz», le protegerá.

1960 y 1962. Jim Botón y Lucas el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, Michael Ende. A Lummerland, un país diminuto con escasos habitantes, un día llega en un paquete un chico negro, al que ponen de nombre Jim y apellidan Botón más tarde; debido al poco espacio en la isla, Jim y el maquinista Lucas con su locomotora Emma emprenden un viaje y les suceden toda clase de aventuras tan surrealistas como ellos mismos. Libros originales que revelan el ingenio y el dominio de los mundos imaginativos que tenía el autor. No faltan en ellos puntadas irónicas hacia la burocracia y hacia los modos de gobierno tiránicos pero el autor aquí se deja llevar por la historia sin añadir demasiados simbolismos y significados.

1964. Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl. Charlie, cuya familia tiene dificultades económicas, gana un premio para visitar la enigmática fábrica de chocolates WONKA. Lo acompañan otros cuatro niños que han ganado el mismo premio: el glotón Augustus Gloop; la mimada Veruca Salt; una chica que masca chicle todo el día llamada Violet Beauregarde; y Mike Teve, un niño que no hace más que mirar la televisión continuamente. El autor es ingenioso, caracteriza bien a sus personajes, sabe crear situaciones divertidas y ataca ferozmente la glotonería y el mal uso de la televisión.

1965. Aventuras de «La mano negra», Hans Jürgen Press. Cuatro historias protagonizadas por «la mano negra», la pandilla formada por Félix, Rollo, Adela y el pequeño Kiki y su ardilla. En cada una descubrirán a un malhechor y lo entregarán a la policía, y todas ellas se desarrollan según el mismo esquema: texto en la página izquierda y dibujo en la página derecha, en el que hay algún detalle revelador de lo que sucede. Al margen de su valor literario, que al menos en castellano no es mucho, las historias son ingeniosas y se siguen con interés por lo que tienen de acertijo. En este sentido de captar al lector y de «obligarle» a seguir el argumento con atención el libro es un gran acierto.

1965. El polizón del Ulises, Ana María Matute. El protagonista es un huérfano llamdo Jujú, un chico solitario que vive con unas tías mayores cuya vida cambia después de tener un encuentro extraordinario en el desván de casa. Relato que resulta como un inteligente calco de Marcelino pan y vino en otras circunstancias.

1966. ROWAN, Emily Rodda. Cinco libros. Pueblo de Rin, ambiente paramedieval. Cuatro tipos de gente: los habitantes de Rin, descendientes de antiguos esclavos de los Zebak; los Zebak, gente violenta que vive más allá del mar; los Maris, gente que ocupa las tierras costeras, fronterizas con Rin; los Viajeros, comerciantes y cómicos que van de un lugar a otro. El protagonista es Rowan, un chico asustadizo de doce años con un don para cuidar y curar los animales. Todos los relatos tienen un esquema semejante: un peligro al comienzo; una visita de Rowan a la impertinente Bruja Sheba que le dice unos versos proféticos y, a veces, le da un amuleto para los momentos difíciles; una expedición con algunos compañeros que, cada uno de los cuales cumplirá un papel importante hasta que, al final, será Rowan quien habrá de hacer frente a la última dificultad. Cada libro se desarrolla en un escenario diferente. Gran narración, con acentos de lo más clásico en las cualidades y aventuras del héroe, muy bien pensada para un público infantil.

1978. De profesión, fantasma, Hubert Monteilhet. Escocia, 1900. John, doce años, huérfano y fugitivo, se cuela con la gente que visita el castillo de Malvenor. Al principio por accidente, y después con la colaboración del joven heredero, Winston, acaba cumpliendo a la perfección el papel de Arthur el fantasma, lo cual acaba revalorizando mucho el castillo. En la tradición de relatos humorísticos sobre fantasmas, esta historia paródica ocupa un buen lugar: los sucesos están bien engarzados y unas cosas llevan a otras con naturalidad; los personajes están lo suficientemente dibujados para sostener el argumento; los acentos del narrador, el propio John cuando ya es un anciano, aumentan la comicidad.

1986. No era el único Noé, Magolo Cárdenas. Cuando terminó el diluvio, Itzá y los suyos vieron aproximarse varias barcas: el viejo Madú desde África, Eke del Polo, Noé de Asia, y, finalmente, un tipo despistado llamado Ipu o Upi, él mismo no lo sabe bien, que llega con todos los animales fantásticos: sirenas, dragones, pegasos, etc. Y, a la espera de que las aguas bajen, Upi entretiene a todos con sus historias que cada pueblo conservará para siempre al volver a sus tierras.

1988. Matilda, Roald Dahl. La protagonista es una niña gran lectora a la que sus padres no prestan atención. Un día descubre que tiene ciertos poderes extraordinarios con los que puede ajustar cuentas con su odiosa profesora y sus repelentes padres. Relato gracioso que ataca el autoritarismo en la educación y defiende, incluso agresivamente, la lectura frente a la televisión.

1989. Historia del pequeño ganso que no era bastante rápido, Hanna Johansen. Una lección para el futuro como la de El patito feo. Es fácil suponer lo que ocurrirá en la bandada de gansos donde viaja el protagonista. Pero el que ya sepamos que lo que parece un defecto se acabará convirtiendo en un beneficio no impide saborear la simpatía y viveza con que se describen los comportamientos y costumbres de los animales que desfilan por la historia.

2008. Kenny y el dragon, Tony DiTerlizzi. Relato que recrea El dragón perezoso, de Kenneth Grahame. Su protagonista es un joven conejo llamado Kenneth, Kenny. La narración comienza cuando, después de que su padre viera una criatura espantosa en sus tierras, Kenny, un bibliófilo empedernido, va a verla y se hace amigo del dragón, de nombre Grahame, que resulta ser un tipo de lo más pacífico e irónico. El autor hace intervenir a más personajes, con guiños a El viento en los sauces. Todo está bien contado y resulta simpático, gracias también a los estupendos dibujos a lápiz del autor.

2009. Tania Val de Lumbre, Maria Parr. Relato deudor de Heidi, que además es un libro que lee la protagonista. Esta es Tania, de diez años, entusiasta y muy activa, que vive con su padre, granjero, en un valle de Noruega, y tiene un amigo y vecino mayor que cae enfermo, y un enemigo en el propietario de un camping cercano. Narración con encanto en la que, de fondo, como en tantos libros nórdicos, quedan claros los sufrimientos de los niños ante los comportamientos desleales o de falta de afecto de sus padres.



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