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RELATOS PARA LECTORES DE UNOS OCHO AÑOS


1920–1929. DOCTOR DOLITTLE, Hugh Lofting.
Siete libros. El primero lo compuso el autor durante la primera Guerra Mundial, en cartas a sus hijos. Dolittle es un médico bondadoso que, cuando aprende los lenguajes de los animales, adquiere un prestigio mítico entre ellos. Lofting remezcla elementos distintos: un científico verniano en escenarios exóticos, la inventiva propia del nonsense, rasgos de los relatos de animales, tanto los de aventuras como los confeccionados con intenciones educativas. Ejemplo de serie que mejora, literariamente, con el paso de los libros.

1926. WINNIE THE POOH, A. A. Milne. Dos libros. En una edición española fueron titulados Historias de Winny de Puh. Son veinte pequeños episodios protagonizados por el hijo del autor, Christopher Robin, y por sus animales de trapo con el osito Pooh a la cabeza. Estas historias están en el origen de tantas otras acerca de cómo las relaciones afectivas de los niños con sus juguetes pueden marcar sus personalidades futuras.

1938. Los pingüinos de Mr. Popper, Richard y Florence Atwater. Manual sintético de cómo montar un circo de pingüinos en casa, cuya popularidad inicial también se fundó en unas graciosas ilustraciones de Robert Lawson.

1945–1948. PIPPI CALZASLARGAS, Astrid Lindgren. Tres libros. El primero lo escribió la autora para contentar a su hija enferma. Pippi es una superniña de nueve años, con recursos inagotables y una fuerza descomunal, que vive sola con un caballo y un mono, y tiene unos chicos vecinos que disfrutan con su compañía y la secundan en los juegos que les propone. Pippi, la primera niña rebelde de la literatura — o, más bien, la primera con ese tipo de rebeldía — , resultó subversiva para algunos padres y pedagogos porque trituró el molde de las narraciones sobre «niñas buenas y educadas». En realidad, sin embargo, era una crítica inteligente a los excesos de una educación formalista sin argumentos de peso para justificar las reglas de conducta que manda.

1959-1964. EL PEQUEÑO NICOLÁS, René Goscinny. El más permanente de todos los niños inocentes y traviesos. En sucesivos libros —cinco en vida del autor, tres publicados póstumamente— que contienen varios episodios, las observaciones del mundo adulto, de abajo-arriba, que hacen Nicolás y sus amigos están impregnadas de un humor irónico y agudo, pero no hiriente ni ácido, que los magníficos dibujos de Jean Sempé acentúan inteligentemente.

1958. Un oso llamado Paddington, Michael Bond. Primer libro de una serie de libros populares sobre un oso pequeño que vive, como uno más, en una familia inglesa, y se comporta como un niño bondadoso y amable pero que comete monumentales travesuras, unas inconscientes y otras no tanto.

1960. Un grillo en Nueva York, George Selden. Relato compuesto con sensibilidad, buen humor y naturalidad. En Nueva York, el canto del grillo Chester logra, incluso, un momento mágico en el que «Times Square permaneció tan silenciosa como una pradera al atardecer».

1962. La colina que canta, Meindert Dejong. El autor norteamericano de origen holandés construye aquí un delicioso relato sobre la vida en una granja en la que todo se ve a través de la mirada del pequeño Ray, que va curioseándolo todo y haciéndose amigo de un caballo.

1974. El paquete parlante, Gerald Durrell. El viaje de unos chicos a Mitología es una sucesión de aventuras tan sorprendentes como hilarantes. La imaginación que derrocha Durrell se desborda en la creación de desternillantes personajes y en las descripciones de paisajes imposibles.

1991. El secreto de Lena, Michael Ende. Lena es una niña que quiere que sus padres la obedezcan a ella y acude a un hada para que le conceda sus deseos. Pero, al ponerlos en práctica, Lena entiende la otra cara de la moneda. Relato ingenioso, en su planteamiento y en su desarrollo, y muy certero en su mensaje para padres e hijos.

1992. El gato al que le gustaba la lluvia, Henning Mankell. A un chico de seis años se le pierde su gato un día de lluvia. Narración calmosa, con excelentes momentos descriptivos del interior del niño. Tiene buen humor de fondo pero también transmite al lector su sufrimiento. Se reflejan bien los comportamientos de los padres, amables siempre, y del hermano mayor, harto por momentos del pequeño.

1992. C. El pequeño libro que no tenía nombre, José Antonio Millán. En esta historia sencilla e ingeniosa, una delicia para los enamorados de los libros, un cuentecito pequeño que sólo consiste en «Érase una vez» y «Fin», busca las causas de por qué no ha sido capaz de crecer más, preguntando a sus hermanos de una gran biblioteca.



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