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La magia de Harry Potter


A lo largo de los últimos años se ha discutido mucho acerca del mérito de la obra de Joanne K. Rowling, debate que sin duda proseguirá en los próximos. Sin duda, sus partidarios son millones, pero también tiene adversarios: los que desconfían de un best-seller por el hecho de serlo; los que no digieren la literatura de fantasía, ni la infantil ni la que podríamos llamar seria; quienes consideran deformantes estos libros, y otros, menos drásticos, que afirman su inutilidad; y no faltan, en fin, los que recelan de ficciones que presentan con luces positivas a seres como las brujas y a ocupaciones como la magia.

Para empezar cabe decir que no todos los «best-seller» son malos; que a veces los relatos de fantasía sirven para enseñar y aprender cosas básicas; que ningún buen libro es anti-formativo si unos padres educan con acierto; que si una novela no hace daño y divierte ya consigue muchísimo; y que no siempre los símbolos tradicionales se cambian con intenciones torcidas, ni a veces importa tanto cambiarlos.

Tras Lewis y Tolkien

Harry Potter y la piedra filosofal, el primer libro de la serie, no fue uno de tantos productos confeccionados para llenar huecos en las colecciones de libros juveniles. Después de unos años como profesora de inglés en Portugal, de regreso en Inglaterra con una hija de pocos meses, redactó su libro mientras cobraba el paro y estaba esperando encontrar trabajo. (Por cierto, también El libro de la selva, el mejor relato de iniciación-fantasía, fue redactado por Kipling poco después de haberse arruinado por bancarrota de su banco y cuando su primera hija estaba recién nacida).

Una vez en el mercado, la novela subió como la espuma inesperadamente, hasta el punto de que Rowling dejó su empleo como profesora de francés para dedicarse sólo a escribir. A estas alturas, sus libros no sólo han batido todas las marcas de ventas en la literatura infantil y juvenil, sino que también han ocupado durante meses los primeros puestos entre los más vendidos de todas clases, algo que no había ocurrido antes con novelas dirigidas a chicos. Como además son relatos intemporales, están destinados a ser grandes «long-sellers».

Al margen de las circunstancias de su composición y de su éxito, son novelas estructuradas con atención, sus personajes están cuidadosamente dibujados, y sus tramas atrapan al lector. Rowling siempre ha manifestado que Harry Potter protagonizará siete novelas, una por cada curso académico en Hogwarts, quizá por ser siete las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Pero si Rowling admira y en parte sigue a Lewis, parece tener a Tolkien como modelo: su objetivo es contar unas historias con sentido que se desarrollan en un mundo propio cuya lógica interna se respeta siempre, y en donde están minuciosamente trabajados los más pequeños detalles.

Fantasías lentas y fantasías trepidantes

Los relatos de fantasía se han usado siempre como medios para proyectar esperanzas y temores, como puentes hacia realidades invisibles. Con ellos nos preguntamos acerca de lo que nunca hemos visto y procuramos entablar relaciones con lo que no conocemos. Si esas son las pretensiones, está claro que hacerlos creíbles requiere dar con el tono y la construcción apropiada para cada tipo de historia.

Así, un autor que quiera dar verosimilitud a un mundo de hobbits y elfos, como Tolkien, ha de llevar la narración a un ritmo pausado, ha de ser preciso y convincente, no puede saltarse ningún paso (y de ahí que los lectores apresurados suelan abandonarlo pronto), y sólo cuando las bases están puestas puede pisar un poco el acelerador.

Las cosas cambian cuando el público está ya familiarizado con vocabulario, personajes y ambientes. En estas ocasiones se puede ir más rápido pero sin olvidar que para un público advertido es necesario escribir con estilo y con inteligencia. Es el caso de Carroll cuando en Alicia usa rimas y personajes de juegos populares conocidos por los niños ingleses. E igual ocurre con las trepidantes aventuras de Harry Potter, repletas de referencias literarias y culturales del mundo anglosajón, y donde cada nombre tiene unas resonancias que no siempre se pueden conservar en las traducciones.

Un mundo paralelo convincente

Por el contrario, no hay modo de forzar al lector a enfrentarse a cosas imposibles cuando fallan el talento narrativo y la claridad de ideas. La ficción literaria se rompe por exceso cuando las explicaciones derivan en una especie de pseudociencia, algo frecuente en la ciencia-ficción. Sucede lo mismo cuando se formula una construcción teórica demasiado solemne o barroca, algo habitual en la fantasía para mayores, o cuando se concentran los significados y se abusa de frases enigmáticas. El defecto más común de los relatos dirigidos a chicos jóvenes, sin embargo, es la ruptura por defecto: caer en lo arbitrario, personajes y trama sin consistencia, discrepancia entre contenido y tono del relato.

Rowling no pisa ninguna de las minas y llega por igual a jóvenes y adultos. El lector joven conecta con unas aventuras que discurren con rapidez, es enganchado por el anzuelo de dulces apetitosos como las «bolas de helado levitador» o la «crema de menta en forma de sapo (“¡realmente saltan en el estómago!”)», disfruta con un humor cercano a su vida ordinaria y esto incluye bromas con sustancias como bombas fétidas y polvos para eructar. Resulta convincente para el lector adulto porque, aunque Rowling no pierde de vista que se trata de narrar bien una historia, en el mundo paralelo en el que viven Harry y sus amigos se dan muchas pistas acerca de cómo debe ser una educación correcta.

Choques entre los libros y la vida

Esto último puede sorprender a quienes sepan que hay Estados de Norteamérica donde se han prohibido estos libros en los colegios con el argumento de que predican la falta de respeto, el odio... A mi juicio, las bases para estas condenas pueden estar en una notable incomprensión de cómo afectan las ficciones a los jóvenes, o en una muy defectuosa lectura de las novelas.

La influencia más fuerte en el niño procede no de lo que se le dice sino de lo que ve, y por eso la educación se potencia cuando las cualidades que promueven los libros coinciden no con las que proclaman sino con las que viven los educadores, y puede frustrarse cuando chocan los mensajes. Por tanto, lo terrible no es una novela donde aparezca una bronca familiar o un profesor odioso, sino una discusión real entre los padres delante de los hijos o un educador que no sabe rectificar sus equivocaciones.

Como los chicos no son tontos y saben de sobra salvar la distancia entre la vida real y las sub-creaciones de la fantasía, cuando su entorno es «normal», de las historias de peleas no hay que temer que inciten a un niño a maltratar a su hermanita, sino que no les enseñen un código de honor para defenderla. Por eso, si Harry Potter no se comporta siempre bien, lo que importa es que siempre tiene la referencia del director de su colegio, Albus Dumbledore, una especie de nuevo Gandalf, a quien todos respetan por su equidad y sabiduría, y con cuyos consejos Harry madura y actúa con acierto. Visto así, sus aventuras son formativas cuando los educadores procuran parecerse a Dumbledore y explosivas si se asemejan a Severus Snape...

Símbolos invertidos

Aún así, algunos recordarán que hay escuelas inglesas de las que se ha desterrado a Harry Potter porque sus libros presentan como inofensivos a gentes con actividades sospechosas. Esto resulta estúpido para quien no crea en las brujas ni en la magia. Pero quizá no tanto para quien piense que los poderes del mal son reales, los que recuerden Auschwitz, por ejemplo. En este sentido, las dificultades son dos: que las historias desdibujen en la mente de los niños qué es bueno y qué es malo, que no les hagan notar el carácter ambigüo de la magia.

Ciertamente, tendría fundamento desconfiar de unas historias de fantasía cuyos protagonista y argumento fueran una graciosísima serpiente que se propone la humanitaria tarea de tentar a los niños para que desobedezcan a sus padres y profesores de modo que, cuando le hacen caso, se van convirtiendo en chicos más sabios e independientes... O, por poner un ejemplo literario real, se justifican cuando Mark Twain en El forastero misterioso cuenta la historia de Philip Traum con la obvia intención de “desdemonizar” al demonio al convertirlo en una persona excelente por un lado, y al decirnos por otro que sólo es un sueño, significado de Traum en alemán. Y es interesante notar que aquí nos hallamos ante relatos que son alegorías explícitas que no dejan opción a otras interpretaciones.

Pero salvo estos casos extremos, en un entorno cultural occidental donde algunos símbolos tradicionales, como son el dragón y las brujas representando al diablo y a sus aliados, han sufrido ya unos largos procesos de “lightización”, resulta excesivo asegurar que quien los usa hoy de modo favorable pretende atacar los valores morales cristianos (aunque no faltan ejemplos que permiten sospechar esos propósitos en la confección de tantas ficciones, sea en el planteamiento de conjunto o sea en pequeños toques del guión: las películas que firma Disney proporcionan muchos ejemplos). Lo cierto es que llevamos ya muchas décadas de cuentos sobre dragones amiguetes y brujas simpáticas, con lo que tanto para los fabricantes como para los consumidores de historias se ha perdido buena parte del poder simbólico que aquéllas y otras figuras pudieron tener en el pasado.

Por otro lado, muchos símbolos no son inalterables y si alguien se desconcierta cuando, por ejemplo, C. S. Lewis hace amable al fauno Tummus en sus Crónicas de Narnia, el problema no está en Lewis sino en el lector. Sin embargo, hoy como ayer, cualquier educador cuidadoso debe tener en cuenta que si se invade la imaginación del niño con símbolos invertidos puede disminuirse su capacidad de reconocer la verdad y de percibir lo bueno como bueno y lo malo como malo: cabe suponer que relatos como los de Harry Potter, contados en entornos donde sí hay arraigadas creencias y prácticas mágicas, pueden tener un efecto dañino en algunos lectores jóvenes.

¿Varitas mágicas o mandos a distancia?

Por lo que se refiere a la ambigüedad de la magia, se puede comenzar por recordar que la base indispensable de cualquier creación literaria es la vida real, y eso se aplica también a las ficciones de fantasía, sean del tipo que sean. Los mitos antiguos querían dar una explicación de cuestiones como el origen y las fuerzas cósmicas del mundo que observaban, las fábulas clásicas pretendían ilustrar aspectos del comportamiento humano, las leyendas que magnificaban el valor de los héroes querían incitar a los pueblos a seguir sus ejemplos...

Muchos cuentos de hadas tradicionales compuestos por personas y en ambientes que tenían una visión cristiana del cosmos, querían mostrar la lucha permanente entre el bien y el mal. En ellos, algunos seres y poderes mágicos son usados para dar una forma visible a presencias reales del mundo invisible, como los ángeles y los diablos. La magia de los buenos sería como una metáfora de las intervenciones de Dios en las vidas de los hombres, bien a través de sus enviados, bien cuando suspende las leyes naturales gracias a un acto de autoridad espiritual con el que se además se refuerza el orden moral. La magia de los malos sería como una metáfora de las acciones de los enemigos de Dios en las vidas de los hombres con el fin de arrastrarlos hacia el mal. La magia buena refuerza el sentido de generosidad y entrega que debe presidir la vida, la mala busca realizar unas ansias desordenadas de dominio y posesión. Este concepto de magia, heredero de los grandes cuentos de fantasía europeos del pasado, es el que usa Tolkien en El Señor de los anillos. Y nos situamos en un contexto diferente si hablamos de actividades en las que actúan o algunas personas quieren hacer que actúen poderes malignos ocultos, caso en el que usamos la expresión “magia negra”, que puede aparecer en relatos realistas y también en algunos de fantasía, en los que corre bastantes riesgos de ser tan inofensiva como ridícula.

Como se indicó arriba, lo mágico en las ficciones de fantasía va cambiando de signo a lo largo de los siglos XIX y XX según va creciendo la producción de relatos expresamente destinados a un público infantil, y según progresa la ciencia y el mundo se va “desencantando” al ir lográndose tantos avances técnicos. En los relatos humorísticos de Frank Stockton en Norteamérica y Edit Nesbit en Inglaterra, ejemplos representativos de la mejor fantasía de finales del XIX y principios del XX, se puede ver el arranque de una línea bromista e irónica en el uso de lo mágico. Esta magia, que podríamos llamar práctica, ha ido aumentando su presencia en las ficciones infantiles a lo largo de todo el siglo XX y, seguramente, ha llegado a su cumbre con la serie de Harry Potter.

Por tanto, hay que forzar mucho las cosas para decir que tiene algo que ver con lo religioso o lo trascendente, más allá de que se hable de una lucha entre buenos y malos. Tal como se plantea, y viene bien recordar que tenemos delante una novela escolar, la magia que aprenden Harry y sus compañeros podemos vincularla más bien con el poder que proporciona tener conocimientos y adquirir la necesaria destreza, física y moral, para saber aplicarlos. La situación de Harry y sus compañeros de Hogwarts se asemeja del todo a la de los estudiantes que, cuanto más estudien y más sepan y mejor aprendan el uso de todos los medios que tienen a su alcance, más posibilidades se les abren, tanto para realizar lo bueno como para llevar a cabo lo malo. En esta perspectiva de la equivalencia magia-tecnología, hablamos de la magia como de un modo de control del mundo que no es diferente al que proporciona la tecnología y no hablamos por tanto de magia buena y mala, sino de un uso bueno o malo de los mismos poderes. En la «cultura del clic», mandos a distancia y teléfonos móviles son productos más alucinantes que varitas mágicas y lechuzas mensajeras, y las zapatillas-casi-voladoras que promociona la última mega-estrella de la NBA son equiparables a cualquier escoba último modelo... Los alumnos de la escuela Hogwarts aprenden que para manejar algunos poderes que tienen a su alcance deben cultivar una cierta desconfianza de sí mismos, pues tales fuerzas «sobrenaturales» (y también podríamos considerar así el mando a distancia) son un dominio infestado de trampas, y reparar en que la magia-tecnología, como cualquier riqueza o privilegio, ha de usarse con responsabilidad.

Juicio provisional

Es quizá prematuro elogiar la obra de Joanne Rowling pues aún tiene que salvar obstáculos no pequeños, como es el de mostrar los noviazgos de Harry Potter con elegancia y sin caer en la complicidad tonta con el lector adolescente. Pero, de momento, lo ha hecho pasar genial a millones de lectores, y ha mostrado de paso que la fantasía es el género por excelencia para enfrentar a los jóvenes con el sentido de misterio y de peligro de la existencia humana. Sus novelas no incitan a la violencia sino a la reflexión sobre nuestro mundo, hablan de la lucha entre el mal y el bien con un uso correcto de los medios, no recurren a ningún gnosticismo blando y ridículo como el de la Guerra de las Galaxias, y subrayan, como siempre han hecho las grandes aventuras, que usar medios malos para vencer siempre supone auto-derrotarse.


NOTAS

Una versión algo más corta de este artículo fue publicada en ACEPRENSA n. 64/00, 10 de mayo del 2000. Ha sido revisado en junio de 2007, a la espera de que salga el séptimo y último libro de la serie.

Algunas ideas, y en particular la equiparación magia-tecnología, están tomadas de Harry Potter´s Magic,artículo publicado en enero el año 2000 en First Things firmado por Alan Jacobs.


Algunas referencias a los peligros de invertir los símbolos en la mente de los niños y a la ambigüedad de la magia, son deudores del libro de Michael D. O´Brien, anterior al «fenómeno Potter», titulado A landscape with Dragons - The Battle for Your Child´s Mind; San Francisco: Ignatius Press, 1998. Con el punto de vista de un padre católico que se dirige a otros padres católicos, el autor habla de la visión neo-pagana de muchas ficciones de fantasía que se dirigen a los niños. El planteamiento combativo, y en mi opinión algo exagerado a veces, no impide que muchas de sus consideraciones sean clarificadoras, tanto las más generales como las referidas a películas y novelas norteamericanas muy populares.


Aunque la bibliografía sobre la cuestión ha crecido abrumadoramente, merece ser destacado el estudio sobre la serie que en su momento firmaron Celia Vázquez García y Dolores González Martínez, titulado J.K.Rowling y Harry Potter: el éxito de la magia o la magia del éxito. Vigo: Universidade de Vigo, 2001; 146 pp.
Este estudio baraja con acierto mucha información y opiniones entonces disponibles. Algunos encontrarán muy útil toda la parte en la que, después de intentar fijar el concepto y la evolución de la literatura fantástica, se colocan las novelas de Harry Potter como el último escalón, dentro de la literatura fantástica infantil, de los subgéneros de los mundos imaginarios, de las novelas escolares, de las de niños-detectives. La mayoría quizá disfrutarán más con todo lo dedicado expresamente al tema: influencias que se detectan en Rowling, descripción de cada libro y de los personajes, características de las palabras que usa la escritora y los motivos de su elección, el fenómeno de la pottermanía y las críticas que ha recibido desde distintos ámbitos, y el apartado sobre las acusaciones de plagio. Como corresponde a un trabajo académico, los textos de las novelas van en el original inglés.
Quizá falte un poco de orden y sobre exhaustividad a la hora de recoger toda clase de opiniones: algunas demuestran tanta ignorancia que no merecerían ni mencionarse, por ejemplo indicar como una reminiscencia de la Trinidad al trío formado por Harry, Hermione y Ron; otras merecen ser conocidas aunque a veces tengan, o precisamente porque tienen, el enfoque (o desenfoque) propio de los tiempos, como algunas críticas feministas al papel de Hermione. Las autoras insisten varias veces en que consideran lamentable que, ya que ha dibujado un colegio de magos, Rowling no haya sido más original para presentar propuestas educativas innovadoras, y no les gusta que toda su descripción se quede «en una mera paráfrasis del sistema educativo y social británico». Pero, como las autoras aclaran bien cuando hablan de las feministas que reprochan a Rowling haber escogido un chico y no una chica como protagonista de su obra, no parece lógico criticar lo que no se ha hecho ni se ha pretendido hacer.
En conjunto, el juicio final que la obra de Rowling merece a las autoras es positivo pero, influidas quizá por tantos comentarios como han leído en su contra y por su gran conocimiento de los antecedentes literarios, parecen preocupadas por guardar cierta distancia. Así, al concluir su análisis, se indica que son «libros conservadores tanto temática como técnicamente», que Rowling «se nutre de la literatura clásica apropiándose de elementos variados que después enlazará con ligeras modificaciones para obtener un resultado firme y entretenido», que «no crea nuevos modelos de comportamiento sino que mantiene los estereotipos de género», ni «tampoco realiza un esfuerzo lingüístico ni nos impresiona con su originalidad y creatividad». «Definitivamente, (...) no son un dechado de imaginación pero podemos señalar otros aspectos por los que merecen reconocimiento», pues «se pueden encontrar mensajes profundos y éticos en las cuatro novelas (...) como el sacrificio personal, el intento de hacer lo correcto y justo, el respeto hacia los que son diferentes, o la posibilidad de mejora y redención personal».
A estos comentarios cabe oponer algunas observaciones. Dejando de lado que habría mucho que precisar sobre qué significa «conservador» en este contexto, olvidando que la dependencia que tiene Rowling de tantísimas fuentes la tiene también Cervantes, por ejemplo; sin entrar a discutir tampoco si comparte estereotipos de género con muchas obras cumbre; sin insistir mucho en que a mí y a muchos sí nos impresiona bastante la tensión narrativa que consigue así como su originalidad y su creatividad en multitud de detalles, estoy de acuerdo en que los libros de la escocesa no tienen comparación literaria posible con la obra de Tolkien. Pero, si estamos hablando de libros infantiles, no es lógico disminuir su mérito: hay que decir claramente que, por comparación con el resto de lo que se publica hoy y también de lo que se ha publicado en el pasado, el conjunto de los libros sobre Harry Potter es la serie más atractiva con diferencia y, en algunos aspectos, también la más valiosa. No se puede atribuir su éxito a una campaña de publicidad, cuando es obvio que la publicidad puede hacer que un padre compre a su niño un libro de setecientas páginas pero de ninguna manera sostendrá el esfuerzo del niño, página tras página, si el libro no le gusta. A mi juicio, la verdadera lección es ésta: si los niños no leen más es porque muchos otros libros que se les intentan dar son un verdadero rollo y, por tanto, el desafío para los adultos está en hacerles conocer y enseñarles a valorar otros libros que les pueden atrapar tanto como los de Harry Potter.


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