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Novelitas de terror - Para qué se nos ha dado el miedo


Los niños no leen el suplemento sobre literatura infantil y juvenil del New York Times, ni mucho menos las revistas especializadas del sector. Si lo hicieran sabrían que no han publicado críticas favorables o positivas sobre las novelitas de “terror para niños”, minisubgénero que ha vendido cientos de millones de ejemplares en las décadas de los ochenta y noventa, si creemos los datos que vienen en los periódicos. Los autores y editores que las escriben y publican sí leen las críticas, pero les importan poco el juicio de los expertos y los temores de los adultos, y menos aún cuando comprueban que son leídos con fruición: no hay más que ir a las bibliotecas infantiles y juveniles para comprobarlo.

Estos libros de terror actuales son, sin duda, productos de diseño... que han crecido sobre un terreno bien abonado. Desde Poe y Lovecraft hasta Stephen King; desde Psicosis y A sangre fría, novelas primero y películas después, hasta El silencio de los corderos y Seven; y desde Jack el destripador y el estrangulador de Boston hasta las matanzas de Charles Manson y de otros alucinados más recientes, hemos recorrido un largo camino. De alguien son hijos y alumnos los niños que leen las novelitas de terror que asustan a sus padres y profesores. Pero vaya por delante que no son para tanto en muchos casos. Por supuesto, suelen ser mucho peores los telediarios.

Publicidad y marketing

Entre los sumandos para el éxito, uno es la elección de los destinatarios: un público específico y numeroso, formado por preadolescentes de clase media y alta, sin preocupaciones urgentes en su vida, que desayunan tazones de cereales, tienen el frigorífico repleto y decoran sus habitaciones con pósters de Tom Cruise, Brad Pitt o Leonardo di Caprio, según el año. Esos lectores potenciales conectan con relatos que, sobre una reproducción de sus hábitos diarios y sus conflictos cotidianos, fantasean sucesos extraños, y cuyos protagonistas tienen dos o tres años más que ellos, pues normalmente los chicos siempre leen mirando “hacia arriba”.

Otro factor es un lanzamiento publicitario y comercial eficaz, que se apoya en referencias a películas y series televisivas bien conocidas, y que no tiene en cuenta para nada los cauces educativos o culturales donde se recomiendan lecturas a los chicos, pero que asegura la presencia de estos libros en los puntos de venta masivos más importantes: grandes superficies, quioscos, etc. La publicidad de las colecciones y el diseño externo de los libros también cuenta: cubiertas llamativas con estética de cómic que a veces muestran cuchillos ensangrentados o adolescentes en peligro; portadas fosforescentes que brillan en la oscuridad; titulares y encabezamientos de capítulos chorreantes de sangre; lemas desafiantes del tipo «¡no podrás dormir!», «¡no lo leas por la noche!», «¡te pondrá los pelos de punta!»...

Costumbrismo juvenil

Más decisiva, sin embargo, es la confección de los relatos. Los autores emplean resortes semejantes a los que, en su momento, utilizaron Enid Blyton o los libros norteamericanos equivalentes producidos por la factoría Stratemeyer, pero teniendo en cuenta que se dirigen a chicos empapados de cine y televisión.
Las tramas cumplen algunas condiciones invariables: los adultos están ausentes o desempeñan un papel secundario, el comportamiento juvenil se refleja de modo convincente aunque sin actitudes de pandilla propias de las novelas del pasado, existe un misterio en el que se meten o se ven involucrados los protagonistas.

La acción discurre con dinamismo y giros argumentales frecuentes, las frases son cortas, abundan los diálogos y los puntos y aparte. Los capítulos son breves y acaban en punta, jugando con las bromas y equívocos entre amigos y hermanos, hasta que llega un momento en que las cosas se ponen serias. La secuencia de sucesos y escenas es clarísima: el lector ve, oye y siente lo que ocurre, y sabe los pensamientos del principal protagonista, que normalmente es el narrador.

El lenguaje puede ser más o menos descarado, pero el tono siempre es desenfadado, o con un humor distanciado e irónico al modo de la novela negra, si la novela se dirige a chicos algo más mayores. El lector busca y el autor entrega un miedo controlado: sucesos espantosos junto con los resortes para enfrentarse a ellos.

Los protagonistas son chicos y chicas como los de las series y películas, hijos únicos o con un solo hermano; ellos son las víctimas y los que resuelven las dificultades; están lo suficientemente definidos y a la vez son lo bastante unidimensionales para que una gran mayoría de lectores pueda identificarse con ellos. Los enemigos son secuestradores de niños, profesores que tienen secretos, vecinos raros... y los consabidos científicos-locos, muertos-vivientes, hombres-lobo, alienígenas perversos, etc.

Los ambientes son, por una parte, los de las mismas vidas de los lectores: las propias casas o colegios, centros comerciales, campamentos de verano...; y, por otra, los típicos faros lejanos, casas abandonadas, bosques misteriosos, pueblos fantasmagóricos que existen en otra dimensión...

El atractivo del espanto

Pero conviene no simplificar la cuestión: el éxito de estos libros no se debe sólo al acierto en la confección, en el diseño o en la publicidad.

A los niños siempre se les han contado cuentos... que a veces son terroríficos: Caperucita es devorada por el lobo, a Blancanieves la envenena la madrastra, en la historia de Pulgarcito hay antropofagia y descuartizamientos... Desde siempre, los miedos infantiles se han encauzado con la ficción, y los educadores han visto con buenos ojos ese recurso: si es la voz de la madre quien evoca al lobo, en la paz y seguridad de la situación familiar, el niño puede desafiarlo sin temor. Puede “jugar a tener miedo”, un juego que tiene su sentido en la construcción de los mecanismos de defensa, dice Gianni Rodari en Gramática de la fantasía. Al ir venciendo sus miedos (a la oscuridad, a ser separado de los padres), el niño experimenta una sensación placentera, como el vértigo del tobogán: es atractivo e incluso divertido asomarse al peligro sin sufrirlo, o con la certeza de que no va a pasar nada. Otra cosa es, sin embargo, el recurso a lo que se ha llamado una pedagogía del terror: poblar de monstruos la mente de los niños amenazando con hombres del saco... Y peor aún es el efecto que le puede producir presenciar escenas de tensión o crueldad ininteligibles para él, cuando aún no está en condiciones de separar lo ficticio de lo real, o cuando no tiene criterio para discernir razones que ignora.

Los temores de crecimiento son de otro tipo. Los chicos viven con sufrimiento, a veces muy intenso, las confrontaciones con sus hermanos, con sus padres, con sus profesores, con sus compañeros, con los exámenes, con lo desconocido...; y les inquieta su aspecto, su peso, su sexualidad... Tarde o temprano, en sí mismos o en otros, les golpea la desgracia, el dolor y la muerte. La falta de respuestas o las respuestas engañosas o incorrectas de los adultos, junto con la natural curiosidad de la edad y también con la posible frivolidad de quien se ocupa en exceso de sí mismo, pueden abrir las puertas a una penosa credulidad. En estas situaciones, cuyo inicio coincide con los primeros años lectores, los relatos de miedo pueden emplearse como evasión pero también, inconscientemente, para exorcizar miedos reales con miedos ficticios.

Además, la búsqueda de la propia identidad hace aflorar el espíritu de contradicción, pues oponerse provoca la ilusión de tener opinión propia. Por eso, el hecho de que estos relatos de terror sean para niños y no para padres, que su recomendación llegue de un amigo y que los adultos los rechacen, es un punto a su favor. Llegados aquí, conviene aclarar que, pese a las apariencias, una mayoría de estos relatos son inocuos e incluso ingenuos; que da igual llenar la imaginación con monstruos tecnológicos que con ogros y brujas medievales; y que no pocas veces los personajes aparentemente más crueles han sido ya engullidos por una estética pop que los hace triviales.

¿Aperitivo y alternativa?

Algunos expertos niegan a estos libros la entrada en la literatura “infantil y juvenil”, y no se la conceden ni siquiera a los que están bien escritos, pues rechazan un planteamiento comercial tan descarado. Quienes las defienden insisten en que tienen el mérito de atrapar al lector, y que con los chicos no sirven los libros excelentes que ninguno lee. Si no son obras excelentes, dicen, hay que reconocer su carácter de alternativa y de aperitivo: mejor leer esto que nada, un chico lector de estos libros se verá atraído hacia literatura de más calidad. Este argumento es dudoso: muchos adultos adictos a los «thriller» y a las novelas rosa no sienten ningún tirón hacia la verdadera literatura. Del mismo modo, la lectura masiva de estos relatos también estraga el gusto y conduce o a los juegos de ordenador y a las series de televisión, o a relatos más escabrosos, que los mismos autores y editoriales ponen delante del lector enganchado.

No obstante cabe pensar que un chico descubra en estas novelitas el gusto por la lectura y se vea impulsado a leer libros mejores... Esto sucede cuando los educadores no caen en la trampa de descalificarlas gratuitamente, sino que procuran conocerlas para ponerse en la mente del lector, y con ese punto de partida realizan un esfuerzo de animación a la lectura continuo, paciente y animoso que comienza por ofrecer relatos variados de calidad.

Un reto para los educadores

Otra cuestión son los efectos educativos de esta clase de novelitas. Se critica su carácter escapista, pero ¿son acaso los únicos libros que lo tienen? ¿Y es eso condenable? Se las acusa de inducir a la violencia, pero ¿no son mucho más violentas tantas noticias habituales? Se las reprocha trivializar asuntos serios, pero ¿no lo hacen más, por ejemplo, tantas novelas, películas, series y concursos de televisión que hacen de la frivolidad una bandera? Se subraya la banalidad de esa distracción, pero los hijos podrían responder a sus padres que no es mayor, ni necesariamente más nociva, que la de los culebrones o la de los insignificantes incidentes en torno al deporte.

Los mejores relatos fantásticos de terror siempre tienen un significado más profundo, como saben los nuevos moralistas que presentan la droga como el lobo de las nuevas versiones de Caperucita. Bromas aparte, no hay angustia, ni obsesión, ni conflicto de conciencia, ni drama humano que no haya sido tratado con esta forma literaria: Jekyll comprende que, aunque sus circunstancias «se presenten como singulares y extrañas, son los extremos de un dilema tan viejo y común como el mismo hombre»: la maldad está dentro de uno mismo, «el hombre no es verdaderamente uno sino dos»; el monstruo creado por  Frankestein enseña dónde está el origen de los comportamientos terroríficos: «ningún padre había vigilado mi niñez, ninguna madre me había prodigado sus cariños y sonrisas...».

Es decir, hay que ir más allá de si nos gusta leer relatos de miedo por el placer de experimentar la emoción artificial de sufrir algo terrible e inofensivo a la vez, algo así como la curiosidad de contemplar un monstruo muerto. Como los cuentos infantiles, también estas historias de terror deberían servir para profundizar en el proceso de maduración personal, pues están en juego emociones básicas. El reto educativo no es sólo fomentar una actitud crítica ante los relatos inverosímiles, ni enseñar a racionalizar y controlar los propios miedos, sino dar respuesta a unas preguntas fundamentales: ¿de qué horrores hay que huir? ¿para qué se nos ha dado el miedo?


NOTAS

Este artículo fue publicado en ACEPRENSA n. 1/99, 6 de enero de 1999, y ha sido revisado en junio de 2007.

Gianni Rodari. Gramática de la fantasía - Introducción al arte de inventar historias  (Grammatica della Fantasia, 1973). Barcelona: coedición de Hogar del Libro y Editorial Fontanella; 1985; 222 pp.; col. Reforma de la Escuela; trad. de Carlos Alonso y Adela Alos. Hay una nueva edición con el título Ejercicios de la fantasía, en Barcelona: Ediciones del Bronce, 1997, 2ª impr.; 108 pp.; col. Textos del Bronce; trad. de Clara García; ISBN: 84-89854-13-0.

El Stratemeyer Literary Syndicate, fundado por Edward Stratemeyer (1862-1930), publicó su primer libro en 1889. A lo largo del tiempo publicó series de chicos en la revolución americana, en la guerra contra los franceses, en la guerra india, en la guerra mexicana... Empezó también una serie de ficción detectivesca, los Rover Boys, y otras con toques de melodrama. Llegó a tener 25 series en marcha, de toda clase: ciencia-ficción, fantasía, viajes... Al morir el fundador, siguieron sus hijas con la empresa y, con el paso de los años, han ido actualizando sus personajes más conocidos: los Hardy Boys, jóvenes detectives creados en 1927 por Franklin W. Dixon, y su heroína más popular, Nancy Drew, que comenzó en 1930 Carolyn Keene.

El norteamericano Robert L. Stine, nacido en Ohio el año 1944, calificado como el Stephen King para niños, es el causante y el principal beneficiario de la explosión de libritos de terror. Sus años de trabajo como guionista de televisión sin duda tienen mucho que ver con su facilidad para producir relatos visuales y muy bien estructurados, uno cada quince días, y perfectamente desinfectados cuando se dirigen a los más pequeños: las colecciones «Fantasmas de Fear Street»  (Emecé) y «Pesadillas»  (Goosebumps - escalofríos; Ediciones B), que son las más vendidas y, sin duda, las mejores. La primera es más sencilla, tiene un aire humorístico, y su público ronda los 8-10 años; la segunda sube un peldaño en la edad, y es algo más seria, si, por ejemplo, se puede considerar así una ciudad poblada de muertos vivientes. «En busca de tus Pesadillas» es más de lo mismo con argumentos en los que se bifurca la acción a gusto del consumidor. «La calle del terror» y «Los Thrillers de R.L.Stine», son otras colecciones en las que el terror es más realista, psicológico o policiaco, abunda lo melodramático y Stine sube la violencia y la temperatura erótica para captar a sus jóvenes lectores.


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