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Criterios para la elección de buenos libros


Las personas que desean escoger buenos libros de Literatura infantil y juvenil (LIJ) siempre se plantean cómo discernir, entre la gran producción actual, cuáles pueden ser los mejores o los más apropiados para un lector concreto. En la opinión que acaban formándose pesa la idea que se hacen del libro antes de leerlo, e influyen luego las actitudes con las que lo leen y, sobre todo, las armas críticas que poseen para juzgarlo. Podríamos decir que, tanto para un padre o un profesor que tienen la preocupación de acertar con las lecturas que proponen a sus hijos y a sus alumnos, como para el crítico que desea facilitárselo, las preguntas son: ¿cómo es la crítica real de LIJ?, ¿cómo sería una crítica ideal de LIJ?

El ruido del sistema

Un libro, y antes la noticia sobre un libro, nos acaba llegando después de un largo proceso en el que han intervenido escritores, editores, traductores, libreros, publicistas, profesores, periodistas, críticos, lectores, instituciones... Todos sabemos que los engranajes entre todas estas piezas no están siempre igual de limpios. Así, la escritora es colaboradora del suplemento donde se reseña su libro, el crítico más renombrado es quien comenta la novelita que ha preparado en sus ratos libres el consejero delegado de la empresa, el autor premiado fue hace pocos años el presidente de la institución que otorga el premio... O bien, los propietarios del periódico donde se informa tan positivamente de los méritos del libro, lo son también de las editoriales que lo publican o de la red de colegios donde se recomienda en las clases... También los denuestos contra un libro quizá obedecen a que su autor o su contenido no sintonizan con la dirección política del medio o del crítico, o el silencio en torno a él puede deberse a que no interesa promocionar lo más mínimo a los del pueblo de al lado...

Dejando de lado que todo este laborioso entramado de motivos —de amistad, comerciales, ideológicos...— no siempre da resultados nefastos, y subrayando que no es un buen camino cuestionar las intenciones de nadie, es evidente que hay distintos talantes a la hora de hablar de un libro. A unos les interesa subrayar su valía objetiva, los hay que son puros intermediarios irreflexivos que se conforman con opiniones ajenas, a otros no les importa si el libro tiene o no algún mérito con tal de que dé dinero... Tal vez en un mundo ideal deberíamos ignorar el alboroto del sistema cultural —premios, presentaciones, publicidad, polémicas...—, y podríamos evitar el influjo de factores ajenos al valor del libro mismo —la extravagancia del escritor en una entrevista, la moda del momento...—. Pero, además de que no estamos en un mundo ideal, quizá sin propaganda no conoceríamos muchos productos, y es seguro que parte del discernimiento que hoy hace falta es, justamente, saber filtrar los ruidos de fondo.

Las reseñas de libros

Las primeras orientaciones acerca de los libros empiezan en las reseñas meramente informativas, necesarias si se quiere contar con un primer avance de las novedades. Contando con que no todos los periodistas pueden tener una formación completa y con que la estructura de su trabajo no suele permitirles la pausa conveniente, este trabajo será digno si se abandona cualquier tono publicitario, si no se habla de oídas, si se advierte al lector cuando se reproduce acríticamente la nota de prensa que distribuye la editorial. También el bombo a una obra o un autor debido a que, por alguna razón, es noticia, puede darse con más o menos equilibrio: los elogios sólo tienen valor cuando quien los concede tiene peso, no es un favor recibir alabanzas de los ignorantes.

Quien busca una crítica de más nivel espera datos sobre la calidad objetiva del libro y que se valore cuál puede ser su posible recepción. En ese trabajo caben distintos grados de acierto, según la cercanía mental del crítico a los lectores potenciales, y distintos grados de profundidad, según el conocimiento que tenga de asuntos tales como la historia de la LIJ, las tendencias de la producción actual, los estudios de los especialistas, etc.

En general cabe decir que, si un criterio práctico es no fiarse de la publicidad y pedir consejo a quien está en condiciones de darlo, más aún en la LIJ, donde además del conocimiento de primera mano de los libros es básica la conexión con los niños. Desde ópticas muy distintas en ese caso pueden estar padres muy lectores, bibliotecarias, profesores, algunos libreros...

Actitudes equivocadas

Situado ya delante de un libro de LIJ lo primero que debe decirse al lector es que lo lea con un planteamiento mental abierto, algo incompatible con pensar que un libro «debe ser» de una determinada manera. Es el error de Roald Dahl cuando, a través de su personaje Matilda, dice que un libro para niños debe siempre tener pasajes cómicos y, en cierto modo, descalifica las obras de Tolkien y de Lewis por no tenerlos. En positivo sólo se puede afirmar algo tan vago como que cada libro ha de tener los rasgos formales y de fondo, la dosis de humor o de realismo o de fantasía, que pretenda y necesite tener.

Por el contrario, si no es posible establecer unos criterios acerca de lo que un libro debe ser, sí se puede pensar con más claridad en lo que «no debe ser». Aquí sucede igual que con los preceptos morales: los únicos que tienen una validez universal e incondicionada son los negativos pues la experiencia nos dice que determinadas actuaciones y líneas de conducta llevan siempre al fracaso. Del mismo modo se puede afirmar que también hay trampas y talantes en los que nunca debe caer un autor, sean cuáles sean sus aspiraciones, tanto si desea ganar dinero y prestigio como si sus intenciones de ayudar al niño a ser bueno son rectísimas.

Tres ejemplos

Astrid Lindgren da una pista cuando rechaza los libros que hacen guiños a los adultos por encima de los niños. Por ejemplo, explica la escritora sueca, parodiar el acta de una reunión oficial no tiene sentido cuando ningún niño ha leído nunca un acta de sesiones. Se pueden incluir cosas que diviertan a niños y mayores, se puede tener en cuenta que cada uno entiende más o menos en función de muchas cosas, pero nunca se ha de intentar ser más pícaro de la cuenta en busca de sonrisas y aplausos... del adulto, pues eso es una desfachatez con el niño y, por tanto, es siempre fraudulento en la LIJ.

Un segundo ejemplo lo pone Tolkien cuando pide respeto hacia la inteligencia del niño y que se use un vocabulario preciso, incluso por encima de su nivel, pues todos necesitamos una literatura que nos sobrepase y nos eleve. Obviamente, a cada chico hay que tratarle según su edad y su madurez, y cada tipo de relato tiene unos objetivos y unas leyes propias. Hay una edad para los cuentos de ardillitas y hay una edad para los relatos de iniciación: lo que importa es que lenguaje y contenido formen un conjunto armónico, y que se trate con respeto la capacidad del lector.

Y podemos recurrir para un tercero a Borges cuando, a propósito de Alicia en el país de las maravillas, comenta el peligro de puerilidad que corren los autores de libros infantiles. Obviamente, la puerilidad no está en la poesía infantil de Gloria Fuertes, que se dirige a lectores pequeños con el objetivo de abrir pasillos hacia los significados y hacia la sensibilidad a través de los sonidos y los ritmos. Está más bien en los escritores que se dirigen a los niños con el espíritu del turista que piensa que cualquiera le puede comprender si habla muy alto y despacio, y que no saben «emplear palabras corrientes y decir cosas extraordinarias», receta de Schopenhauer que Astrid Lindgren repetía.

Aciertos y desaciertos

De todos modos, aunque los ejemplos del apartado anterior sean importantes y podrían ser más, el rechazo a cualquier falsedad de fondo en un libro debe provenir de una valoración sobre lo que la obra es y no sobre lo que la obra no es: a quien mira como a través de sus preferencias personales quejándose de lo que falta y de las posibilidades desperdiciadas, hay que animarle a que se ponga él mismo a escribir. Y esto no es sarcástico: grandes libros para niños han nacido cuando sus autores no encontraban en el mercado lo que veían o creían que necesitaban sus hijos.

En ese juicio sobre un libro debe atenderse primero a características formales tales como el vocabulario, la estructura, las connotaciones... Los fallos en este nivel se sitúan también dentro de lo que «no debe ser» un libro, aunque puedan darse otros méritos que los compensen: vigor narrativo, interés del argumento, definición acertada de personajes, etc. Además, juzgar la calidad objetiva del libro también significa considerar en qué tradición se sitúa y qué contenidos tiene, por un lado, y a qué público se dirige y con qué propósitos se presenta o se nos dice que fue concebido, por otro.

Señalar cómo encaja un libro en la tradición es imprescindible. Quien ignora los precedentes puede considerar bueno un libro que, realmente, repite y no mejora lo ya dicho. Por eso la fecha es importante, llegar el primero es distinto que llegar el quinto, el ingenioso no lo es tanto si sabemos que nos está contando como suyo un chiste copiado... Informar en relación a esto es básico para llevar a los jóvenes a la mejor literatura: conocer que algunos «best-seller» de Michael Crichton y sus películas consecutivas son en realidad meras puestas al día de clásicos de aventuras, ha cambiado la perspectiva de algunos lectores que conozco.

Otro aspecto a tener en cuenta es qué conocimiento de la realidad nos aporta un libro, si nos hace comprender mejor a las personas, si nos descubre alguna novedad o algo viejo con una perspectiva nueva... Siempre, pero quizá más en el caso de la LIJ, esto va unido al impacto que la obra causa en el lector: los elementos de aprendizaje y los modelos que se proponen pueden ser útiles para unos y desalentadores para otros, determinados mundos fantásticos pueden ser luminosos para unos e incomprensibles para otros... Esa recepción subjetiva no puede ignorarse y ha de intentar explicarse: un libro tan divertido y revelador como Cosas de Ramón Lamote, por ejemplo, puede hacer poca gracia y decir mucho menos a un lector no gallego.

El valor de las limitaciones

Y el propósito del autor o de las editoriales, que por algo presentan los libros por edades, también ha de considerarse. Como no es lo mismo dirigir un libro a niños de 6 años que a jóvenes de 18, es importante aclarar si el autor consiguió lo que pretendía u otra cosa. Meter un gol por casualidad no debe ser aplaudido como si fuera una muestra de talento. En esta dirección hay argumentos que son para mayores pero van escritos con lenguaje infantil pobre. O tramas elementalísimas escritas en prosa poética que sólo algunos adultos pueden apreciar. O tantas novelas críticas con errores educativos: si algo está mal hecho debe ser criticado, e incluso si se hace descompensadamente se podrá señalar que la crítica como tal es casi siempre preferible al silencio; pero a la vez conviene advertir que algo deja de ser correcto si está fuera de lugar: hay cuestiones cuyo sitio no es una novela infantil o que a ciertas edades, o para ciertos lectores, se deben plantear de otra manera. En definitiva la cuestión es que quien acepta el reto de dirigirse a un público determinado, en este caso infantil o juvenil, acepta una limitación más que no va contra la categoría de su obra sino al contrario: a un artista le gustan sus limitaciones, la esencia de toda pintura es el contorno, decía muy bien Chesterton.

Por tanto, la crítica particular de LIJ ha de considerar que, para dar en el blanco, un libro debe gustar a los destinatarios antes que al adulto. Y, segundo, que como los niños y los jóvenes son personalidades en formación, un libro puede cumplir de modo diferente las distintas funciones que se le pueden asignar: aumentar la destreza lectora; desarrollar la imaginación y, por tanto, la capacidad de pensar «creativamente»; mejorar la calidad del tiempo de ocio... Ahora bien, si cualquier libro infantil ha de ser un escalón hacia la mejor literatura, cuyo listón lo fijan obras como El Quijote o la Divina Comedia y autores como Shakespeare y Dostoievski, ya se ve que no estamos hablando sólo de recursos lectores y literarios sino de contenidos humanísticos y de comportamiento ético.

Lectores sinceros

Este aspecto, tan importante a la hora de juzgar el interés de un libro para un niño concreto, se ilumina con una jugosa digresión chestertoniana. El autor inglés divide a la humanidad en Pueblo, Poetas y Profesores o Intelectuales. Para nuestro tema donde dice Pueblo podríamos decir Niños y donde dice Poetas podríamos poner Autores de LIJ. El Pueblo tiene presunciones, designadas «lugares comunes», tales como la de que la infancia es encantadora o que un hombre luchando contra tres es un hermoso espectáculo. Estas ideas sutiles que el Pueblo experimenta pero no sabe expresar, son las que los Poetas pueden formular de tal manera que parecen ser las cosas profundas que realmente son: donde un hombre común oculta la emoción más original diciendo «Excelente abuelo», Víctor Hugo habría escrito «L´art d´être grand-père». Pero si los Poetas elevan los sentimientos populares al grado más alto, debemos recordar siempre que sólo son sus guardianes. Ningún hombre pudo jamás escribir una buena poesía para demostrar que la infancia es repulsiva o que resulta despreciable que un hombre cruce su espada contra otros tres. Los individuos que pueden sostener este tipo de cosas son los Profesores o Intelectuales majaderos. Son Poetas quienes se alzan sobre el Pueblo entendiéndolo, como hizo Dickens por ejemplo. Son Intelectuales majaderos quienes se alzan sobre el Pueblo rehusando comprenderlo, diciendo que sus turbias y extrañas preferencias son prejuicios y supersticiones. Los majaderos hacen que el Pueblo se sienta estúpido, los Poetas hacen que el Pueblo se sienta sabio.

Los niños como lectores no son naturalmente sabios pero sí tienen la ventaja de que son siempre sinceros: si un libro les gusta lo leen y si no lo dejan. La historia de la LIJ va dejando un rastro de libros que los niños han leído y siguen leyendo siempre «con previo fervor y una misteriosa lealtad», como decía Borges de los clásicos. En ellos se ve claramente cómo los buenos autores conectan con los niños y, al hacer que se sientan sabios y tratarles como a sabios, los hacen sabios de verdad. Los malos autores, aunque no dejan sus obras en la historia, sí actúan en el presente haciendo que sus lectores se sientan estúpidos y convenciendo a no pocos adultos de que a los niños en realidad les gustan otras cosas de las que dicen que les gustan. Dicho de otro modo: desconfíen de un cuento para niños que no diga claramente que un pirata es siempre un pirata, por más que tenga su corazoncito y pueda ser un extraordinario navegante.


NOTAS

La primera versión de este artículo fue publicada en ACEPRENSA, en marzo del 2003, y lo he revisado en junio de 2007.

Lo escribí antes de conocer Siete llaves para valorar las historias infantiles, de Teresa Colomer y otros autores; Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002; 239 pp.; ISBN: 84-89384-39-8. Este es un un libro que, cualquier interesado en ver con detalle cómo ha de ser una crítica de un libro infantil y juvenil, agradecerá conocer. En él, con ejemplos de obras concretas, cada capítulo trata un aspecto diferente: el álbum ilustrado, cómo se organiza una historia, cómo es la voz narrativa, la calidad del texto y de las imágenes, definición de personajes, cómo amplía la narrativa los horizontes del lector, la tradición literaria o los préstamos que unas obras toman de otras... Al final de cada capítulo se añaden útiles observaciones señalando los problemas más comunes en cada uno de estos apartados.

La cita de Astrid Lindgren está tomada del jugoso Breve diálogo con un futuro autor de libros infantiles, contenido en Mi mundo perdido (Samuel August frán Sevedstorp och Hanna i Hult, 1975). Barcelona: Juventud, 1985; 93 pp.; trad. de Herminia Dauer; ISBN: 84-261-2118-7.

La mención a Tolkien se refiere a un texto de sus Cartas (Letters of J. R. R. Tolkien). Selección de Humphrey Carpenter, con la colaboración de Christopher Tolkien, editada en 1981. Barcelona: Minotauro, 1993; 539 pp.; trad. de Rubén Masera; ISBN: 84-395-9737-1.

La primera cita de Borges acerca de Alicia está en Prólogos con un prólogo de prólogos, Madrid: Alianza, 1998; 270 pp.; col. Biblioteca Borges, El Libro de Bolsillo; ISBN: 84-206-3343-7.

La segunda cita está tomada de una conferencia de Carlos García Gual titulada El viaje sobre el tiempo o la lectura de los clásicos, pronunciada en un ciclo de conferencias organizado en 1998 por el Grupo Santillana bajo el título genérico «La educación que queremos». Fue publicada en la revista Primeras Noticias – Literatura infantil y juvenil, y está disponible en www.indexnet.santillana.es/rcs/_archivos/documentos/general/garciagual.doc.

La cita de Chesterton, al final de «El valor de las limitaciones», está en «El suicidio del pensamiento», capítulo de Ortodoxia (Orthodoxy, 1908); Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN: 84-86556-53-8.

La otra cita de Chesterton, en «Lectores sinceros», está tomada de «Las tres clases de hombres», uno de los ensayos contenidos en Alarmas y digresiones (Alarms and Discussions, 1910); contenido a su vez en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp.; trad. de Teresa Reyles.


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