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La propuesta de Harold Bloom


C. S. Lewis describió hace tiempo una clase de críticos que se ven a sí mismos como a perros vigilantes obligados a perseguir y denunciar la vulgaridad y la superficialidad dondequiera que se oculten. Harold Bloom afirmó rotundamente su militancia en ella cuando, hace unos años, publicó un polémico artículo en el Wall Street Journal declarando equivocado el juicio de millones de lectores sobre los libros de Harry Potter, asegurando su falta de calidad y sosteniendo que su éxito era un síntoma más de la infantilización y empobrecimiento cultural que padecemos. Ante declaraciones así se puede recordar al mismo Lewis cuando decía que, del mismo modo que uno no sabe mucho de Shakespeare porque sea un buen crítico, tampoco es un buen crítico de todo porque sepa mucho de Shakespeare.

Las elecciones

En cualquier caso, y quizá para demostrar su sabiduría en cuestión de libros para niños, después de aquello Bloom publicó un libro en el que agrupaba una serie de lecturas con la calidad que, a su juicio, falta en la Literatura infantil de hoy, «una máscara para la estupidización que está destruyendo nuestra cultura literaria». Después de una introducción, en la que Bloom revela su talante, declara sus intenciones y da unas pocas pistas acerca de sus elecciones, su libro contiene cuarenta relatos y ochenta y cinco poemas que van reunidos en bloques que se corresponden un poco con las cuatro estaciones.

En ella figuran varias fábulas de Esopo y algunos cuentos clásicos como Los zapatos rojos de Andersen, La niña de los gansos de los hermanos Grimm, El Rey del Río de Oro de John Ruskin... Aparecen cuentos literarios muy conocidos como Rikki-Tikki-Tavi de Ruyard Kipling, El diablo en la botella de R. L. Stevenson, El horla de Guy de Maupassant, La nariz de Nikolai Gógol... Se incluyen relatos de Thomas Hardy, Herman Melville, O. Henry, Leon Tolstoi, Charles Dickens, Stephen Crane, Alexander Pushkin, Iván Turguéniev, Edith Wharton... No faltan poemas anónimos populares, otros del «nonsense» de Edward Lear y de Lewis Carroll —el autor más citado, no por casualidad—, y otros de William Blake, de William Shakespeare, H. W. Longfellow, A. C. Swinburne, Lord Tennyson, Christina Rossetti, Walt Whitman...

Los reparos

Esta incompleta relación de autores indica que, sin duda, esta selección tiene gran valor y utilidad para el mundo anglosajón pues a él pertenece Bloom y, dado que su categoría como crítico está contrastada, su criterio es fiable a la hora de proponer textos valiosos: que merezcan ser leídos y releídos independientemente de la edad; que sirvan para entretener, reflexionar, aprender. Es más dudoso el interés de la versión castellana: aunque sea valiosa la selección de relatos cortos, al margen de la total ausencia de autores españoles y de la casi completa de latinos, la poesía más o menos infantil y los textos del «nonsense» que se ofrecen no conservan ni de lejos el sabor original, pues se requieren unas referencias que los lectores españoles no tienen.

De todos modos, los reparos a la propuesta de Bloom no se refieren a la inadecuación de su selección para otros mundos distintos al suyo, ni tampoco a las que suele recibir de ambientes con los que a él le gusta polemizar —excesiva presencia de autores varones, que se centra sólo en la tradición literaria occidental, que incluye textos de autores con la etiqueta de imperialistas como Kipling...—.

El primer reparo es que los destinatarios de su edición no son los niños. Formalmente no es apropiada para ellos: una cosa es que todos los textos escogidos sean del XIX o anteriores, y otra es editar un libro para niños como si estuviéramos en el XIX. Además, el nivel de los textos pide un lector ya un tanto maduro. Por eso podría decirse que los compradores naturales de su libro son padres que deseen compartir algunos textos con sus hijos, y dejar el libro en sus estanterías para que, cuando crezcan, ellos mismos tengan acceso a los relatos que contiene.

En cuanto a la selección en sí misma hay que señalar qué sorprendente resulta que Bloom sólo cite textos o libros anteriores a la primera Guerra Mundial: o bien no conoce otros, o bien considera que no se ha escrito nada valioso desde entonces, o bien se ciñe a textos que recuerda de su infancia, o bien sólo ha usado textos libres de derechos de autor... Como Bloom no da ninguna explicación al respecto le corresponde al lector suponer los motivos. En cualquier caso, parecería más lógico recomendar aquellos libros íntegros que se pueden conseguir con facilidad, tales como los de Alicia, en vez de que incluir trozos, por respeto a la obra literaria y sobre todo cuando su amor por la obra de Carroll es tan grande. Salvo por afán de ocupar espacio, no veo claro por qué se ha de incluir un caso de los protagonizados por Sherlock Holmes... O, al menos, de un crítico como Bloom cualquiera esperaría y agradecería una explicación de las razones para elegir justo ése. Y no estaría de más justificar algunas opciones, frente a otras de los mismos autores, como El insigne cohete de Oscar Wilde, William Wilson de E. A. Poe, o En la oscuridad de E. Nesbit... Aunque haya quienes agradezcan conocer algunos relatos menos populares, si nos dirigimos a niños y jóvenes parece más lógico apostar por los que la gran mayoría considera y parecen ser los mejores... En general también hay que decir que Bloom manifiesta cierta preferencia por los relatos más o menos góticos y fantasmagóricos, muy acusada en el bloque «Invierno».

Las inconsecuencias

Tampoco es práctico ni justo el talante con que Bloom aborda la cuestión. Cualquiera que conozca el paño le puede dar la razón en su desprecio a una buena parte de lo que ahora se ofrece comercialmente como literatura para niños. Pero a quien tiene la categoría de Bloom se le debe pedir un talante más abierto y que no saque consecuencias injustificadas de su constatación. Bloom parece ignorar que los puntos de partida desde los que comienza un niño su itinerario formativo son muchos, dependen de factores diversísimos, y no tienen que ser necesariamente los suyos. Su propuesta de un itinerario de lecturas para niños, siendo recomendable para quien pueda seguirla, recuerda el viejo ejemplo de quien quiere conducir mirando sólo por el espejo retrovisor: los chicos de hoy no crecen en los ambientes de ayer.

Y aquí viene bien recordar una obviedad. Si, frente a otros productos literarios, la literatura infantil y juvenil se caracteriza específicamente porque sus destinatarios son niños y jóvenes, eso implica que los libros para ellos son escalones: un padre quiere que ayuden a convertir a sus hijos en mejores personas, un profesor quiere que lleven a sus alumnos a la mejor literatura... Esto quiere decir, además de que no tienen por qué ser todos excepcionales sino cumplir bien esas funciones, que si unos niños de aquí y ahora no pueden soportar ni entender a unos magníficos autores del pasado, sus textos no sirven como puntos de partida.

Por eso resulta contraproducente que alguien instalado en las alturas de la crítica literaria se dedique a reprochar su ineptitud a quienes están abajo. Cualquiera diría que parece querer alejarlos de aquello que dice amar tanto, actitud tan inconsecuente como la del que se pone a talar la rama en la que se sienta. Aún así podemos agradecer a Bloom que nos ofrezca textos de gran categoría literaria y, por tanto, pasar por alto su arrogancia. Al margen de cualquier opinión sobre lo que falta o lo que sobra, cualquiera estárá de acuerdo en que «si los lectores han de abrirse camino hasta Shakespeare y Chéjov, Henry James y Jane Austen, les será más fácil si antes han leído a Lewis Carroll y Edward Lear, Robert Louis Stevenson y Ruyard Kipling».


NOTAS

Una primera versión de este artículo fue publicada en ACEPRENSA, en marzo del 2003. Ha sido revisada en junio de 2007.

Los datos del libro de Harold Bloom son: Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades (Stories and Poems for Extremely Intelligent Childen of All Ages). Barcelona: Anagrama, 2003; 705 pp.; trad. de Damián Alou; ISBN: 84-339-6991-9.

Las citas de C. S. Lewis están tomadas de La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental (An Experiment of Criticism, 1961). Barcelona: Alba, 2000; 142 pp.; trad. de Ricardo Pochtar; ISBN: 84-8428-037-3.


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