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El fin de los cuentos


Son muchos los relatos infantiles que se componen hoy con la intención de transmitir valores (pacifismo, tolerancia...), o con el propósito de favorecer la maduración personal (combatir miedos, adquirir autoestima...). Y como los mejores cuentos tradicionales consiguen excepcionalmente bien ambas cosas, se multiplican los estudios que los analizan: tanto para ver cómo lo hacen, como para recomendar su empleo con esos fines. Esta es la interesante pero limitada perspectiva que usa Sheldon Cashdan, profesor emérito de Psicología de la Universidad de Massachusetts, en La bruja debe morir, un libro en el que se detallan las diferencias entre las distintas versiones de algunos cuentos clásicos, incluidas las cinematográficas de Disney.

Cuentos de advertencia y maravilla

En general se puede decir que, más allá de su interés informativo y documental, las ficciones de calidad nos enseñan modos de mirar la vida y de orientar la conducta pues nos enriquecen con el contraste de distintos sentimientos y nos facilitan hacer nuestras otras experiencias humanas. Con ellas vamos desmontando o ajustando nuestros prejuicios, nos hacemos más conscientes de la relatividad de unas cosas y de la importancia de otras, adquirimos una mayor capacidad de dar respuestas reflexivas a las cuestiones que se nos plantean. Sería excesivo decir que podemos encontrar en las ficciones el sentido de la vida, pero no lo es en absoluto señalar que contienen claves para llegar a él. Podemos verlas por eso como piezas de un puzzle de las que va surgiendo poco a poco un dibujo que, al final, debería enseñarnos las cosas como son.

También las mejores ficciones infantiles son para sus destinatarios un modo de saber, pues les desvelan y clarifican la realidad, les permiten comprender mejor a los hombres, les dan visión de conjunto y, por tanto, mayores posibilidades de juzgar y actuar con acierto en el futuro. Para componerlas, sus autores usan, entre otros, dos ingredientes que pueden mezclar más o menos: uno, de advertencia y enseñanza; y otro, de sentido de maravilla y descubrimiento. Fábulas como La lechera y el cántaro o La zorra y las uvas utilizan sólo el primero. Los mejores cuentos clásicos contienen ambos: La Cenicienta habla de la envidia pero también de los deseos profundos de felicidad, Pinocho combate la holgazanería y a la vez recrea la parábola del hijo pródigo.

Cuentos medicinales

Por ese poder a la vez instructivo y fascinador, las mejores historias encierran la capacidad de aumentar los recursos emocionales e intelectuales de los niños para determinar qué modos de actuar están bien y cuáles mal. Y de ahí que haya educadores que propugnen emplearlas con un sentido medicinal: como modos de ayudar a los chicos a «resolver los combates internos entre fuerzas positivas y negativas». En esa línea, Cashdan plantea Blancanieves como un cuento sobre la vanidad, Hansel y Gretel sobre laBlancanieves (Grimm). Ilust. de John Batten. glotonería, Juan y la planta de judías (o Las habichuelas mágicas) sobre la codicia... Y detalla el modo en que tales historias y otras semejantes sirven para reconocer y combatir «los pecados capitales de la infancia», y cómo sus orientaciones tienden a inculcar un conjunto de principios para enfrentarse a la vida.

Hace notar que los cuentos tradicionales terminan bien..., después de grandes crueldades, de maldades inimaginables y de castigos terribles. Y, aunque no lo diga expresamente, resulta obvio que, de un modo u otro, la esperanza se abre y el desenlace feliz llega después de la confesión y de la sanción. Esto debe ser así porque los niños tienen un fuerte sentido de la justicia: es sabido que si a los niños no se les riñe cuando se portan mal, acaban con un sentimiento inconsciente de culpa por no haber «pagado», y con la sensación de que realmente no importan a sus padres. Y, como es lógico, esperan que lo mismo suceda en los cuentos.

El núcleo de los cuentos

Además, explica Cashdan que «la bruja debe morir» en estas historias también para indicar al niño que determinadas inclinaciones internas han de morir. La madrastra de Blancanieves quiere matarla por vanidad, y Blancanieves cae una y otra vez en las trampas de su madrastra empujada también por la vanidad... El cuento termina bien cuando muere la madrastra: momento de alivio para el lector que al mismo tiempo le indica que para vencer también él debe matar el culto a las apariencias dentro de sí mismo... De aquí concluye Cashdan que la muerte de la bruja es el núcleo de los cuentos, afirmación que se contradice con que hay muchos en los que no muere y con que la tendencia interior al mal tampoco desaparece nunca.

Ciertamente, cuando después de angustias continuas, de persecuciones trepidantes, de salvaciones en el último momento, vencen los buenos y muere la malvada bruja, el lector sufre un subidón emocional que lo deja exhausto y satisfecho. Pero ni la descarga de adrenalina ni el mensaje implícito que pueda encerrarse ahí constituyen el núcleo de tales historias, lo esencial a todas ellas. Esto más bien hay que buscarlo en el combustible que alimenta todos estos argumentos y en el poso que al final dejan en los lectores: en la esperanza.

Ella es la que impregna todas las acciones de los héroes, la que dirige y alienta su búsqueda, la que los induce a enfrentarse a enemigos superiores con grandeza de ánimo, la que los anima en los momentos peores, la que les da confianza en fuerzas más poderosas... Se puede afirmar que sin esperanza no existirían estas historias, que los relatos que no tienen ese combustible y que no transmiten un impulso esperanzador no son infantiles o juveniles. Y, por tanto, más allá de que si leo El maravilloso mago de OzEl mago de Oz (Baum). Ilust. de W.W.Denslow. puedo darme más cuenta de lo conveniente de aceptarme a mí mismo como soy, y cosas así, la capacidad curativa profunda que puedan tener los cuentos sólo puede deberse a que la esperanza que transmiten tiene verdadero fundamento: de no ser así, actuarían como quien te da el falso anuncio de que te ha tocado la lotería.

Después de los cuentos

Las limitaciones del análisis de Cashdan se derivan de no tratar los cuentos como lo que son: simplemente cuentos, a los que hay que dejar que cumplan su función sin excesivas interpretaciones y tal como vemos que actúan cuando se narran. Si es cierto que «los cuentos de hadas resuelven los combates ofreciendo a los niños un escenario sobre el que pueden representar los conflictos internos», también lo es que presentar las mejores historias como «pretextos-para» es un reduccionismo que puede ser tramposo.

Por un lado, quien trata los cuentos como si en ellos se contuviese una revelación de lo que debe o no debe hacerse está en peligro de quedarse colgado de la brocha. Por otro, darles un excesivo valor intrínseco, como a veces hacen los estudiosos de la literatura o del folclore (los más críticos con el libro de Cashdan), con facilidad conduce al olvido de que no son el tesoro sino una pala más para desenterrarlo. Engrandecer los cuentos más allá de lo que son en sí mismos no los prestigia sino que los ridiculiza y los empobrece.

Dylan Thomas recordaba con ironía que cuando era niño recibía en Navidad «libros que lo explicaban todo sobre las avispas, excepto por qué». Y algo así pasa con propuestas como la de Cashdan, que ofrece muchos «cómos» y sólo «porqués» o «paraqués» de corto alcance. Esa falta de base sólida para las recomendaciones morales es muy obvia en el uso utilitarista del término «pecado», que se identifica con «lo que me traerá malas consecuencias». La endeblez se hace patente muy pronto: mientras por un lado se ironiza en torno al supuesto comentario de Nixon, «la sinceridad es la mejor política..., pero no es la única política», por otro se afirma que los cuentos enseñan que «lo que cuenta es la intención de la mentira más que la mentira en sí», que «puede haber situaciones en las que la mentira está justificada». Y es que para tener dónde anclar la esperanza, para que los cuentos sirvan de verdad, es necesario tener unas buenas respuestas para después de los cuentos.


El valor educativo de las buenas historias

Lo anterior nos conduce a fijarnos en dos posiciones enfrentadas a la hora de hablar de los cuentos de hadas o, en general, de los relatos de fantasía. En un extremo se colocan aquellos a quienes les parece inconcebible que algún adulto sensato pueda creerse tales argumentos absurdos con ridículos finales felices, sólo explicable por el deseo de procurarse una evasión de las realidades de la vida, propia de inmaduros. En el otro, más numeroso, se alinean quienes no desean más ficciones que las que distraen y no soportan más que los finales felices, cuanto más mejor incluso aunque sean falsos. Para pensar en la base de tales posturas, en realidad la misma, resultan clarificadores unos textos de Tolkien.

Hay que hacer una distinción inicial obvia: si todos los cuentos literarios son relatos, no todos los relatos son cuentos literarios. Estos últimos son historias bien armadas, que no manipulan al lector y le dejan deducir por sí mismo las consecuencias, que sencillamente conectan con los sentimientos humanos esenciales y enseñan del mejor modo posible: sin imponer, por la fuerza interior de su belleza. Tolkien (que siempre rechazó todas las alusiones políticas, psicológicas o religiosas que algunos querían ver en su obra, pues opinaba que un cuento no debería tenerlas), explicaba en una carta de 1947 a su editor que «cuanto mejor y más coherente es una alegoría, tanto más fácilmente puede leerse “sólo como una historia”; y cuanto mejor y más estrechamente entretejida es una historia, más fácilmente pueden encontrar en ella una alegoría los que tengan propensión a hacerlo. Pero ambas cosas parten de extremos opuestos. Podéis convertir el Anillo en una alegoría de nuestro tiempo, si queréis: una alegoría del hado inevitable que aguarda a todos los intentos de derrotar el poder maligno mediante el poder. Pero eso es sólo consecuencia de que el poder, sea mágico o mecánico, tiene siempre ese mismo funcionamiento». En ese modo de construir una historia, evitando toda clase de «contrabando» de ideas y buscando su plena coherencia interna, está la explicación de que tantísimos millones de lectores puedan disfrutar de los relatos de Tolkien sin necesidad de compartir sus creencias filosóficas y teológicas, por muy fundamentales que sean en la concepción de su obra. Y por el mismo motivo hay determinadas historias que tienen validez universal, en el tiempo y en el espacio.

¿Prisioneros o desertores?

Tolkien sostiene que los mitos, los grandes relatos, son la mejor y quizá la única manera de poner de manifiesto verdades que de otro modo serían inefables. Los mejores cuentos de hadas o relatos de aventuras, aunque sean inadecuados e incompletos en sí mismos, «ofrecen un atisbo de la verdad mayor de la que proceden o hacia la que fluyen», contienen «un súbito destello de la verdad o realidad subyacente». De ahí que se pueda decir que los relatos de fantasía más valiosos son una escapatoria en busca de una realidad elevada, de una libertad mayor. Y por eso explica Tolkien que acusarlos de ser una huida de la realidad revela una incomprensión notable: «La Evasión es una de las principales funciones de los cuentos de hadas y, puesto que no los desapruebo, está claro que no acepto el tono peyorativo o condescendiente con el que tan a menudo se emplea hoy en día el término Evasión. (...) Nos enfrentamos a un uso erróneo de las palabras y al mismo tiempo a una confusión de ideas. ¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y, en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársela si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas? El mundo exterior no ha dejado de ser real porque el prisionero no pueda verlo. Los críticos han elegido una palabra inapropiada cuando utilizan el término Evasión en la forma en que lo hacen; y, lo que es peor, están confundiendo la Evasión del prisionero con la huida del desertor». Y cualquier lector de «thriller» que también haya probado El señor de los anillos puede traer a su memoria si los primeros le han dejado alguna vez el mismo poso de impulso y añoranza y renovación que seguramente le proporcionaron las aventuras de Frodo y sus amigos.
En La isla del tesoro (Stevenson). Ilust. de N. C. Wyeth.
Verdaderos finales felices

O, si alguien lo prefiere, puede hacer la misma comparación con la obra de Stevenson La isla del tesoro. No es sólo que sea un relato magníficamente narrado y con personajes inolvidables, sino que su autor supo transmitir también todo el atractivo apasionante de la vieja historia de quien descubre un tesoro escondido, vende cuanto tiene para ir en su busca, y se juega toda su vida a esa carta... ¿A qué suena todo esto? De nuevo es Tolkien quien da una jugosa respuesta: que el Nuevo Testamento es un relato de un género más amplio, «que abarca toda la esencia de las historias de fantasía»; que después de los sucesos que se narran en él, «la Leyenda y la Historia se han encontrado y fusionado». O, dicho de otro modo, «el Evangelio no ha desterrado las leyendas: las ha santificado, en particular “el final feliz”». Esta última observación (al margen de sugerir dónde se cifra el atractivo de fondo de tantas historias «adultas» que hoy hablan de «perdedores»), puede servir a muchos para distinguir entre finales felices verdaderos y finales felices engañosos. Y es que la cuestión que no se puede de ningún modo esquivar es que si todas las esperanzas pequeñas, incluidas las que despiertan las ficciones, no son escalones de una esperanza mayor, no son nada.


NOTAS

Este artículo fue publicado en ACEPRENSA n. 49/01, el 4 de abril del 2003, y está revisado en junio de 2007.

Sheldon Cashdan. La Bruja debe morir – De qué modo los cuentos de hadas influyen en los niños  (The Witch Must Die, 1999). Madrid: Debate, 2000; 271 pp.; col. Temas de Debate; trad. de Martín Sacristán; ISBN: 84-8306-333-6.
Dentro de una valoración general positiva, pues los análisis sobre muchos cuentos son apropiados y el autor señala los excesos ridículos de algunos venerados análisis freudianos, me parecen reductivos los comentarios en torno al cuento de Andersen La sirenita, y no comparto la defensa que hace Cashdan de la versión de Disney. Aunque los cuentos de hadas sean productos de la época y puedan adquirir nuevas formas, el mismo autor dice que «la historia de Andersen se desvía notablemente de la fórmula habitual en los cuentos de hadas»: por tanto, lo justo es respetarla.

Las opiniones de J. R. R. Tolkien sobre los cuentos de hadas están recogidas en Árbol y Hoja (Tree and Leaf: including the poem “Mythopoeia”). Barcelona: Planeta, 2002; 145 pp.; col. Biblioteca Tolkien; trad. de Julio César Santoyo y José M. Santamaría y Luis Domènech; ISBN: 84-395-9786-X.

La primera ilustración de Blancanieves, de John Batten, está tomada de Surlalunefairytales.com. La segunda, de El maravilloso Mago de Oz, es de W. W. Denslow. La tercera, de La isla del tesoro, es de N. C. Wyeth.



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